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    Cartas al Director (II)

    40 años del golpe de Estado (VI)

    Sr. Director:

    A propósito de las aseveraciones del senador Ope Pasquet en la Asamblea General del 27 de junio. Se equivoca el senador Pasquet al asumir responsabilidades que no le corresponde asumir por dos razones fundamentales: primero, porque no son ciertas; segundo, porque el señor senador no representa al Partido Colorado. Solo se representa a sí mismo o, quizá, al sector Vamos Uruguay.

    Las actitudes del Partido Colorado en esa coyuntura política, que derivó en la disolución de la Cámaras y en la dictadura que se instauró a partir del 27 de junio de 1973, quedaron muy claras a partir de la resolución de la Convención del Partido Colorado “Batllismo” de julio de 1973, y con las actitudes de los representantes partidarios en los meses previos y posteriores a esa fecha.

    Se equivoca tristemente el senador Pasquet cuando asigna responsabilidades personales, que le aconsejaron quizás intereses subalternos, a los hechos acontecidos hace 40 años, e intentó burdamente repetir situaciones que la historia y la vida de nuestro Partido Colorado han colocado en su justo lugar.

    Todos sabemos que el responsable, el traidor a la Constitución y a la República fue Juan Bordaberry.

    Juan Bordaberry, genéticamente mentiroso; Bordaberry, un mentiroso compulsivo.

    Bordaberry mintió cuando asumió la Presidencia de la República y juró por su honor defender la Constitución.

    Bordaberry mintió a la patria cuando convocó a los ciudadanos a la Plaza Independencia.

    Bordaberry mintió al partido que lo había llevado a la Presidencia de la República cuando manifestó que su proceder era para evitar que un militar asumiera el cargo.

    Bordaberry no accedió a la propuesta del partido para que renunciara y asumiera la Presidencia el Dr. Sapelli, quien convocaría de inmediato a elecciones libres.

    Bordaberry mintió nuevamente cuando se entronizó como dictador y llevó adelante las proscripciones de ciudadanos.

    Bordaberry finalmente traicionó al Partido Colorado; traicionó a los partidos políticos cuando propuso su desaparición; traicionó a los orientales que habían confiado en él para llevarlo a la Presidencia de la República.

    Y como todo cretino útil, luego que fue usado fue borrado del medio por quienes lo habían alentado y que desde las sombras le restaron su apoyo.

    Dante Nieves

    CI 3.340.822-3

    40 años del golpe de Estado (VII)

    Sr. Director:

    Ante una falsedad histórica. Por la presente solicito el derecho de respuesta a la nota recuadrada, en vuestro ejemplar del 27 de junio, “Arismendi y una señal a las Fuerzas Armadas”.

    Quiero desmentir enfática y tajantemente la afirmación, atribuida a un exiliado en Méjico, de que Rodney Arismendi habría comunicado a su padre “de proceder al levantamiento de la huelga en el transporte” durante la huelga general en respuesta al golpe de Estado, “como señal a las Fuerzas Armadas”.

    Primer error: su padre, el entrañable Alberto Altesor, “no tenía responsabilidades en el área sindical del PCU”.

    Sus atribuciones eran en el Frente de Organización del PCU y toda su actitud de rechazo a la dictadura fue transparente. Quiero destacar que la línea del PCU en la resistencia fue “no darle un minuto de tregua a la dictadura”. Y la cumplió al pie de la letra. ¡Doy fe!

    El odio de los mandos militares de la dictadura buscó emponzoñar la figura de Arismendi con falsedades y difamaciones. Jamás tuvo una actitud de blandenguería frente al despotismo militar. Por eso nunca le perdonaron su firmeza y consecuencia.

    Alberto, operado del corazón en la Clínica Favaloro, Buenos Aires, volvió clandestinamente al Uruguay para seguir luchando junto al resto de los compañeros y al conjunto de la sociedad democrática uruguaya. Sufrió maltratos y años de reclusión en el Penal de Libertad, con total entereza y dignidad singular.

    También quiero rescatar, en honor al apellido familiar, a su hijo Héctor, quien fallece en los combates finales que llevaron a la derrota de la siniestra dictadura de Somoza en Nicaragua.

    Afirmar que “Arismendi dio la orden de levantar la huelga de transporte como señal a las FFAA” es un desvarío o un delirio.

    No soy psicoanalista ni psiquiatra, pero afirmo radicalmente: esa afirmación es falsa y no tiene ningún viso de seriedad.

    El movimiento sindical, la CNT, Convención Nacional de Trabajadores, tenía su estructura directriz y nadie daba órdenes por encima de su organización.

    Solo quien no conoce al movimiento sindical puede afirmar que el partido podía dar “órdenes” salteándose los organismos sindicales. Eso es una ofensa a la autonomía del movimiento sindical uruguayo.

    Dejar pasar este dislate, no es solo una canallada contra Arismendi, sino una infamia contra el movimiento sindical y su autodeterminación.

    Por el contrario, y como afirma la nota al final: “El transporte fue sometido a fuertes presiones durante la huelga y motivo de discusiones durante y luego del levantamiento de las medidas de lucha. Incluso derivó en una sanción partidaria al principal de los dirigentes comunistas del gremio, por no haber estado ‘a la altura de las circunstancias’”.

    ¡Esto sí es verdad!

    Cuando conmemoramos los 40 años del golpe de Estado y del inicio de la huelga general de resistencia al golpe, reivindico la ejemplaridad y limpidez del movimiento sindical (Convención Nacional de Trabajadores) y su autonomía orgánica para adoptar decisiones. Tanto para resolver la aplicación de la resolución de “Huelga general y ocupación de fábricas y centros de trabajo”, adoptada desde 1964 a la sombra de las tentaciones golpistas emanadas de la dictadura brasileña, como la decisión de levantamiento, con una declaración que haría bien vuestro semanario en publicar.

    Fueron quince días que conmovieron al Uruguay y al mundo. Tanto es así que un corresponsal de la BBC de Londres afirmó en una nota que Montevideo se parecía a Londres en la resistencia a los bombardeos nazis.

    La figura de Rodney Arismendi, a 23 años de su desaparición, no puede ser empalidecida ni por tergiversaciones ni por falsedades.

    Recuerdo, con emoción, el homenaje que el Senado de la República, recientemente, con motivo del centésimo aniversario de su nacimiento en marzo de 1913, le tributó.

    Oradores de los tres partidos políticos, en conceptuosas palabras, recordaron a quien fue luchador ejemplar contra la dictadura y enjundioso parlamentario, que enalteció y honró al Parlamento uruguayo.

    A su vez, la democracia uruguaya al recordar los 40 años, debe tributar un reconocimiento a los trabajadores y en especial a su presidente de Honor, José D’Elía, por su noble y sacrificada resistencia a la dictadura.

    León Lev

    Nota de Redacción: La información publicada por Búsqueda fue divulgada en México, durante un coloquio público internacional, por Iván Altesor, hijo de Alberto Altesor. En esta instancia, Iván Altesor reveló por primera vez una conversación privada que dijo haber mantenido con su padre, de la cual deriva la información publicada. Después de publicada la noticia, desde México, Iván Altesor confirmó los términos de la información e hizo una precisión: la orden de Arismendi se refería a la empresa Amdet, entonces encargada de parte del transporte colectivo urbano de Montevideo.

    40 años del golpe de Estado (VIII)

    Sr. Director:

    En oportunidad de recordarse los cuarenta años que nos separan del golpe de Estado perpetrado por Juan María Bordaberry y los militares conjurados, volvieron a mencionarse nombres que no se merecen ser olvidados.

    El recuerdo fue útil para honrar a conciudadanos que hoy ya no están pero que en aquellos desgraciados momentos del quiebre institucional tuvieron la virtud y el coraje de estar donde había que estar: del lado de la ley.

    Entre los que fueron mencionados estuvo el Gral. César Augusto Martínez que, cuando comienzan a precipitarse los sucesos que culminaron el 9 de febrero de 1973, se desempeñaba como comandante en jefe del Ejército.

    Tuve el gusto de conocerlo. Me lo posibilitó mi condición de periodista.

    En junio de 1973 Antonio (“Manino”) Mercader era el secretario de Redacción de “El Diario” y quien suscribe formaba parte del equipo de sus periodistas que pasamos a integrarlo cuando la empresa SEUSA (propietaria entonces de “La Mañana” y “El Diario”) compró el vespertino “Hechos” que dirigió Zelmar Michelini. En los primeros días de junio, Mercader me plantea que había pensado hacer una serie de reportajes a figuras que pudieran incidir en la opinión pública con el propósito de contribuír a evitar el golpe que ya todos preveíamos. Me encargó los reportajes y trabajamos en definir ciertos nombres. El primero que me sugirió fue el de Wilson Ferreira Aldunate de quien “Manino” era un fervoroso admirador. Wilson me recibió en el apartamento que entonces ocupaba en uno de los primeros edificios de Avda. Brasil casi la Rambla, fácilmente distinguible por la forma hexagonal de la fachada de sus balcones. La entrevista fue atrapante. Wilson dijo mucho y todo muy bueno. “El Diario” la publicó en su última página con una foto imponente de Wilson de cuerpo entero en la tapa donde se promocionaba el reportaje.

    Otro de los reporteados fue el Dr. Carlos María Penadés, ex consejero nacional de Gobierno y ex senador, alejado para entonces de toda actividad política. De un muy fino humor cuando lo llamé me dijo: “¿Cómo sabe usted que estoy vivo?”. Y para fundamentar su pregunta me contó una anécdota: “Hace un tiempo —me dijo—, con el Dr. Héctor Paysée Reyes intentamos hacer público un manifiesto dentro del Partido Nacional. Y cuando repasábamos la lista de los posibles firmantes, más de una vez nos preguntabamos: ¿y vive? De pronto a usted le pasó lo mismo”, terminó diciéndome con una sonrisa.

    El último de los reportajes fue al mencionado Gral. César Augusto Martínez.

    El Gral. Martínez vivía en un edificio sobre 21 de Setiembre frente a la sede del Club Sporting, institución que, años después, Eduardo Arsuaga fusionaría con Defensor.

    Había tenido siempre una actitud de lealtad a la institucionalidad, propia de un militar que durante toda su vida había demostrado tener arraigados valores democráticos. Me contó muchísimas anécdotas y ya entonces sus reflexiones me ayudaron para empezar a conocer al Ejército. Treinta años después en el Ministerio de Defensa, más de una vez recordé esas reflexiones.

    Tuvo una pésima relación con el presidente Bordaberry, de quien fue su comandante en jefe del Ejército, y fueron muy duros, diría durísimos, los conceptos que sobre él tenía y que omito referirlos porque esos comentarios estaban fuera del reportaje. Sí puedo decir que, sobre la democracia, Bordaberry y el Gral Martínez tenían concepciones totalmente antagónicas. El Gral. Martínez se inspiraba en los valores liberales y Bordaberry sostenía visiones absolutamente opuestas que él mismo se encargó de definirlas públicamente.

    Sus discrepancias con el presidente eran frontales y permanentes, las que terminaron trascendiendo. Ahí se generan las sucesivas visitas que recibe de dirigentes políticos de todos los partidos. En esos encuentros privados, unánimemente le expresaban su respaldo a lo que él pudiera “hacer”. Unos reclamándole la sustitución de Bordaberry pero llamando a elecciones en seis meses. Otros fueron más audaces: adelantaron simplemente su apoyo total a lo que pudiera decidir para quitar de la Presidencia a Bordaberry. En todo momento el Gral. Martínez sostuvo que para el caso de vacancia por renuncia, el presidente Bordaberry no tenía otro sustituto que el que indicaba la Constitución de la República: el vicepresidente Sapelli.

    En la inminencia del 9 de febrero asumió que era imposible cualquier plano de razonamiento con Bordaberry y que sus diferencias eran insalvables. Pidió su pase a retiro con un claro mensaje a sus camaradas y a la ciudadanía, de lealtad a la democracia, de compromiso con las instituciones a la vez que ratificaba como soldado su vocación republicana.

    Por eso en junio su opinión tenía un valor especial.

    Era un hombre que transmitía serenidad e inteligencia. Narraba los hechos pausadamente pero con mucha certeza. El reportaje se publicó también en la última página de “El Diario” el día 25 de junio.

    La repercusión internacional fue grande. Junté los cables que llegaban a la redacción y en la tarde del día siguiente lo llamé para comentárselos. “Creo que llegamos tarde”, me dijo. “En pocas horas, agregó, va a entender por qué le digo esto”. Las circunstancias aconsejaban no seguir hablando de esas cosas por teléfono.

    En la madrugada del otro día, el Parlamento fue disuelto, se estableció la censura y se prohibió llamar dictadura a la dictadura.

    El Gral. Martínez estaba triste. Pero con una enorme tranquilidad de conciencia. En su momento había honrado el juramento que sus camaradas, el 9 de febrero y ese 27 de junio, habían vilipendiado.

    Por eso estuvo bien recordarlo. No lo tentó el poder. No evaluó el apoyo político que se le otorgaba. Supo que el poder solo es digno si es delegado libremente por el soberano y se ejerce en el marco de la Constitución. Cuando se le usa violándola, se le deshonra. Y para eso no estaba formado el Gral. César Augusto Martínez.

    Yamandú Fau

    40 años del golpe de Estado (IX)

    Sr. Director:

    El 27 de junio se recordaron los 40 años del golpe de Estado. En realidad el golpe se produjo el 9 de febrero anterior que fue cuando las FFAA desconocieron la autoridad del Poder Ejecutivo y pasaron a controlar los actos del gobierno a través del Cosena. El 27 de junio fue la primera de las varias etapas en las que se atacaron las instituciones: el Parlamento, la CNT, la Universidad, la creación del Consejo de Estado, la proscripción de los partidos políticos, la intervención de la Justicia, etc. Pero el día clave fue el 9 de febrero y si ese día no se produjo definitivamente el golpe fue por la gran división de los golpistas; había muchos golpistas con distintas estrategias y objetivos. Según informaciones de prensa de la época y posteriores, estaban los “peruanistas”, formados por militares e izquierdistas, los militares que pretendían la totalidad del poder derrocando al gobierno y todas sus instituciones, los partidarios del “triunvirato” hasta setiembre en que se haría una elección de presidente hasta el final del período sin afectar a los demás poderes y municipios (era un golpe con nombre y apellido) y, también, estaban los legalistas que pretendían forzar la renuncia del presidente, la asunción del vice y continuar por la vía institucional. Pero la solución final en junio, distinta e inimaginable en febrero, fue un acuerdo del presidente constitucional con un sector de las FFAA.

    Si se van a recordar los hechos, deberíamos preguntarnos dónde estaban los dirigentes políticos la noche del 8 al 9 de febrero, cuando ante la desobediencia de las FFAA, el presidente constitucional llamó al pueblo y a los dirigentes políticos a la plaza para defender las instituciones. No fue casi nadie. Solamente algunos del grupo por el cual había sido electo el presidente y solamente el senador Dr. Washington Beltrán del Partido Nacional. Nadie, ni de la izquierda, ni de la derecha ni del centro se jugó expresamente por las instituciones. En cuanto a la prensa, el Dr. Washington Beltrán fijó su posición en dos editoriales de “El País” del 10 de febrero (“Ante los acontecimientos”) y del 12 de febrero (“Silencios y definiciones”) y, años después, el 14/4/96 (“Una bomba en nuestra historia”), confirmó una de las líneas golpistas; en la izquierda, solamente tengo referencias de un editorial de “Marcha” del Dr. Carlos Quijano fijando su posición claramente antigolpista. Lo que se trataba no era de defender a la persona del presidente sino a la investidura presidencial, independientemente de quién la poseyera, que era legítima y constitucional.

    El juicio inexorable de la historia se encargará de poner las cosas en su lugar. Tal vez nuestra generación no lo vivirá, pero ese momento llegará y ahí se verá que los ídolos de hoy caerán porque tenían los pies de barro o los pies en el barro, en el momento de cerrar filas y jugarse por la institucionalidad.

    Dada la situación delicada por la que pasa nuestro país y su sociedad, dividida, con la familia —su base fundamental— destruida, menosprecio y ataques a la Justicia, con grandes problemas en materia de enseñanza, seguridad, salud, economía, política en general, salarios sumergidos y mano de obra mal calificada que se traduce en baja productividad, etc., lo conveniente sería dejar de mirar al pasado, cerrar los ojos de la nuca, no recordar episodios dignos de olvidarse y mirar hacia adelante, buscando soluciones a los reales problemas actuales, siguiendo la alegoría del joven y promisorio precandiato presidencial que viene ”con la mochila vacía de pasado”.

    Miguel Ángel Estévez

    CI 1.043.766-1

    40 años del golpe de Estado (X)

    Sr. Director:

    27 de junio: una fecha de triste recuerdo. “El 8 de febrero de 1973 irrumpe el Ejército en el escenario político nacional. Desacata al presidente y emite dos comunicados con su programa. Pese al apoyo de la Armada comandada por el contralmirante Zorrilla, el presidente Bordaberry capitula en la base de Boiso Lanza. Este proceso de decaimiento institucional culminará en la madrugada del 27 de junio del mismo año cuando el Ejército cierre el Parlamento y lo ocupe por la fuerza”. (“La Agonía de una Democracia”, Julio M. Sanguinetti).

    La década del 70 del siglo siglo pasado fue turbulenta. El Plan Cóndor. Golpes de Estado en distintos países del cono sur: Chile, Brasil, Uruguay, Argentina. Paraguay —Stroessner mediante— ya era autoritario.

    En nuestro Uruguay la dictadura duró once largos años: desde el fatídico 27 de junio de 1973 hasta las elecciones del año 1984, las cuales, si bien en su momento no propiciaron la participación de todas las fuerzas democráticas, posibilitaron una salida —a la uruguaya, sí, pero salida— del régimen dictatorial, de facto o cívico-militar como también se lo denominaba. Más de una década de oscurantismo.

    Como suele ocurrir en la historia, las causas del golpe de Estado vienen de más lejos. Todos los factores en ese momento involucrados deberían —deben— cuarenta años después, hacer la necesaria autocrítica.

    Al día de hoy, ¿la hicieron?

    Cuando falleció el presidente Oscar Gestido —demócrata honesto— en diciembre de 1967, asumió el mando su vice Jorge Pacheco Areco. Con el paso del tiempo, para enfrentar y controlar una situación que constitucionalmente se escapaba de las manos, optaría por una línea cada vez más autoritaria: medidas prontas de seguridad, suspensión de garantías individuales, represiones violentas. Más leña al fuego.

    Por el otro lado, la irrupción en la vida nacional del MLN (en un Uruguay democrático, ya desde los primeros años de la década del sesenta), reivindicando causas justas  pero a través de medios violentos; la “sombra” de la revolución cubana estaba presente. Todo lo cual va debilitando paulatinamente nuestra democracia.

    El bipartidismo comienza a transformarse en tri: surge  el Frente Amplio. La derecha lo demoniza y la guerrilla no se aviene a enfrentar al sistema por medios democráticos. Lo que el Frente sí posibilitaba.

    Las elecciones del año 1971 —aún hoy consideradas fraudulentas para muchos— traen como consecuencia la victoria de Juan M. Bordaberry por un escaso margen de votos.

    Hay personalidades que no son las más apropiadas para el contexto histórico en que les toca vivir.

    Por el contrario: ¡qué distinto hubiese sido el futuro si Wilson hubiese sido finalmente el vencedor de dichos trascendentales comicios! (De la misma forma, según se dice, el presidente Gestido ofreció en su momento la vicepresidencia a Zelmar, quien no la aceptó y quien sí la aceptó fue Pacheco. ¿Alguien duda que con Zelmar los acontecimientos se hubiesen desarrollado de muy distinta manera?).

    “Acorralado” entre la derecha y la guerrilla, Bordaberry —quien no tenía apoyo popular y tampoco era el prototipo del demócrata para decirlo de manera eufemística— se va debilitando. Junto con él, las instituciones, las cuales hacen gala de una inoperancia, pasividad y falta de visión total. Hoy, en retrospectiva, el panorama evidentemente se contempla de otra manera.

    La gran figura que emerge en esos años —no la única pero la más emblemática— es la de Wilson Ferreira Aldunate.

    Quizás el momento decisivo es cuando se le otorga a las Fuerzas Armadas el control de la lucha contra la subversión en setiembe de 1971. Las Fuerzas  Armadas, empleando todos los medios a su disposición, emprenden dicha lucha. Se puede decir que para comienzos del año 1973 el MLN ya estaba prácticamente vencido. La amenaza subversiva ya no era tal.

    Pero los militares evidentemente le tomaron “el gusto” al poder. Que ya no habrían de soltar por más de una década.

    Hay un mes clave: febrero de 1973. “Febrero amargo”, al decir del senador Amílcar Vasconcellos del Partido Colorado. Un gran demócrata, uno de los dignos políticos que, al mismo tiempo que prenunciaba el desastre, más se las jugó dentro de sus posibilidades. Los hechos se precipitan a partir de aquel febrero. Los comunicados 4 y 7. La designación del ministro de Defensa, Francese, y su no aprobación por parte de una mayoría del Ejército. La resistencia, en cambio, de la Marina (el digno contralmirante Zorrilla) apoyando al gobierno. El “pacto” de Boiso Lanza en el cual el presidente Bordaberry capitula.

    El golpe se va gestando. Las instituciones se van debilitando. La democracia agoniza. El presidente Bordaberry, que convoca a una manifestación solicitando  apoyo y en la misma —verano mediante— no participan más que algunos miles.

    Los comunicados programáticos 4 y 7 de las Fuerzas Armadas “encandilaron” a varios, también a sectores de la izquierda que creyeron ver en ellos un programa de tipo “peruanista” (es decir, con cierto tinte de izquierda, como el de Velasco Alvarado, militar peruano y presidente de aquellos tiempos). Posteriormente vieron el error. ¿Admitieron el error?

    Finalmente, el golpe de gracia.

    El 27 de junio amaneció gris. En realidad más que gris fue oscuridad total. Oscuridad que habría de durar once largos años.

    No nos detendremos en este período. Sólo recordaremos que un jalón notable del mismo fue el plebiscito del año 80: la victoria del “No”, primer paso hacia la salida democrática.

    La proclama del actor Alberto Candeau en el Obelisco —tres años después, ante cientos de miles de personas— resuena aún hoy.

    Pasadas cuatro décadas, sigue siendo importante hacer autocrítica. Imprescindible. ¿Qué pasó?

    Si bien es cierto que el antidemocrático contexto de aquellos años —del sur del continente y de la isla también— no era favorable en absoluto, es importante recordar que:

    - las acciones que la guerrilla comenzó en los años 60 y el apoyo de sectores identificados con ella fueron creando un clima de caos.

    - las medidas políticas represivas del presidente Pacheco y la represión militar desproporcionada en nada ayudaron a calmar la situación: la complicaron definitivamente.

    - para el año 1973, el MLN estaba prácticamente derrotado. Decir que era necesario un gobierno cívico-militar para continuar la lucha es una falacia.

    - el amplio espectro político-nacional, con honrosas excepciones, pecó de debilidad, ingenuidad, pasividad, desinterés. Me refiero no solamente a las instituciones, a los políticos, sino también a los medios de comunicación, prensa (una de las honrosas excepciones: el gran periodista Carlos Quijano, director del semanario “Marcha”) y a la población en general. Cuando el golpe se va gestando en febrero del 73, la población —verano mediante— estaba en otra cosa.

    Pasaron cuarenta años.

    Por sobre todo, es muy importante recordar el pasado— memoria— tener autocrítica, reconocer errores. Un cúmulo de los mismos —más allá de innegables situaciones objetivas— llevaron al golpe de Estado.

    El pasado no se puede volver a cambiar. Lo que sí se puede es aprender de él para que acontecimientos tristes como éste, que nos marcaron, no se vuelvan a repetir... por tercera vez.

    Reafirmemos, educación mediante, cada vez más, cada día más, la vigencia de las instituciones, de la República y de la democracia.

    Lic. Rafael Winter

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