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    Cenicienta recargada

    El destino de Júpiter, los Wachowski van al espacio

    Sería injusto decir que El destino de Júpiter es solamente espantosa. Este cuento de hadas posmoderno envuelto en una estética acaramelada y de alucinación controlada, también es un ejercicio de humor ajeno a su voluntad y un infantil espectáculo de acción, luces y persecuciones que intenta no detenerse nunca (el motivo: no hagan preguntas), que incluye rescates a Júpiter (Mila Kunis) de situaciones de peligro y varias caídas desde lugares altísimos. Acude a su rescate Caine Wise (Channing Tatum), un acomplejado y valeroso alienígena, con ADN de licántropo albino, barba candado oxigenada símil actor porno o estrella de K-Pop terrícola, orejas de vulcano (o de perro), cicatrices en la espalda a raíz de que le han mutilado las alas (larga historia, él va a explicar) y botas voladoras que son lo más de lo más.

    ¿Cómo se llegó a esto? Bueno, porque la joven Júpiter tiene el perfil genético para quedarse con el planeta Tierra. Es la elegida. Ella no lo sabía. El detalle se explicará a su debido tiempo. El licántrotopo le comentará algún dato más, luego otro personaje, Stinger Apini (Sean Bean), le suministra más revelaciones acerca de su condición. Y con una frase para la que hay que tener mucha espalda para decirla (leer, por favor, en voz alta): “Las abejas están genéticamente diseñadas para reconocer a la realeza”, ya va a quedar más que claro.

    Por si quedaban dudas: a Júpiter la siguen mercenarios de otros planetas, ella, que se creía tan común, confirma, aunque cada tanto duda, que es una reina y que está en medio de una batalla corporativa de dimensiones intergalácticas. Existe otro mundo más allá de este mundo, otra realidad. Hay una dinastía de tres hermanos con nombres ridículos, una trama espeluznante y cruel, donde el universo es una industria, con seres que se creen superiores cosechando y explotando seres que consideran inferiores, y todo para ganar lo que ellos dicen tiempo cuando en realidad, está a la vista, lo que quieren es verse jóvenes y lindos como en un anuncio del equivalente de Chanel de sus respectivas galaxias. Esos seres repulsivos, siempre jóvenes, se trasladan en naves gigantescas, lujosos palacios flotantes con jardines, estatuas y monumentos de tamaño desmesurado, parecen escenarios de un desfile de Karl Lagerfeld en el espacio exterior. O algo así. O peor. Cada vez que alguno de estos seres se dispone a explicar algo todo empeora. Otra vez la idea de que creemos controlar nuestras vidas cuando en realidad hay algo detrás que nos manipula y nos explota (hola, The Matrix, hola, Meteoro). Solo que ahora la sutileza se desprendió los botones y dijo: ¡es el capitalismo!

    Cabe preguntarse cómo se llegó a esto. La sombra que dejó The Matrix (1999) es muy larga, la caída del monstruo gigante y de dos cabezas vacías de Matrix: Recargado y Matrix: Revoluciones fue muy dura, ruidosa, ruinosa. Dos películas parásito, refritos sin alma, porno de efectos digitales, lluvia de clones, algo así como las primas ricas y estúpidas de la original. Luego se supo que en medio del proceso creativo de esas películas uno de los Wachowski, Larry, atravesó complicaciones personales: divorcio, terapia hormonal y la operación de reasignación de cambio de sexo que le dio su identidad femenina. Y luego, un profundo y prolongado silencio. Y entre tanto: colaboraciones con James McTeigue, como guionistas en V de venganza (2005, sobre cómic de Alan Moore) y como productores-padrinos en Ninja asesino (2009). Y más tarde: el regreso a la dirección con la adaptación de un dibujo animado japonés que se veía por televisión, Meteoro (2008), otra historia de un elegido-aunque-no-quiera que descubre que la realidad en la que creía está siendo manipulada desde las sombras. Meteoro es una película infantil (no en el sentido peyorativo), con un casting asombroso (John Goodman, Susan Sarandon, Christina Ricci, Emile Hirsch y Matthew Fox), carreras de superautos y una avasallante descarga de colores y texturas dispuestas de tal modo que generan la sensación de estar metido en un pinball, donde mucho ocurre por varios ángulos al mismo tiempo.

    El destino de Júpiter es bastante similar. Pero sin alma. Todo el tiempo en la pantalla ocurre algo. Y mientras eso ocurre, crece la sospecha de que se gastó más tiempo, sinapsis y dinero en maquillaje, botas voladoras y diseño de vestuario que en dotar a los protagonistas y cada bicho extraño (largarutos, hombres rata, señores con cara símil elefante, etc.) que puebla esta suerte de La Cenicienta de algo parecido a un alma, algo más allá de mohínes y quejidos o intercambios de miradas dulces o de cierto resquemor. El que realiza un aporte al respecto es Eddie Redmayne (nominado al Oscar por transformarse en Stephen Hawking en La teoría del todo), y lo hace sobreactuando, exasperante hasta las lágrimas, con esa expresión psicótica del individuo con baja tolerancia a la frustración al que justo acaban de servirle un chivito con aceitunas cuando él detesta profundamente la aceitunas.

    El destino de Júpiter es el apocalípsis cinematográfico en modo ensalada exótica preparada para la foto. Se mezcla un poco de Dune, Star Wars, Amos del Universo y Flash Gordon, otro poco El mago de Oz, Terminator y Hombres de Negro. No se descarta el romance de la saga Crepúsculo y la filosofía de la trilogía Matrix. Y hay una secuencia donde Júpiter debe atravesar laberintos burocráticos junto a un abogado androide supuestamente gracioso y su licántopro amigo que es un viaje al Brazil, de Terry Gilliam, director que tiene su cameo en la película. Hay ideas transhumanistas y de biotecnología esparcidas al voleo, con otros condimentos presentes en la filmografía de los Wachowski: nacimiento y muerte como partes de un mismo fenómeno, el cuestionamiento del lugar de la especie humana en el cosmos, los hilos invisibles que conectan las vidas de las personas (El Atlas de las nubes). Sin ser tan desproporcionada como El Atlas de las nubes, tampoco tan atrayente y desafiante como aquella, El destino de Júpiter busca ser original, lo es, y también regurgita y refrita el propio cine de los Wachowski, los homeless de Hollywood, cineastas que han demostrado no tener techo, pero tampoco un piso.

    El destino de Júpiter (Jupiter Ascending). EEUU, 2015. Dirección y guion: Andy Wachowski y Lana Wachowski. Con Channing Tatum, Mila Kunis, Sean Bean, Eddie Redmayne. Duración: 127 minutos.

    Juan Andrés Ferreira