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    Clamor popular

    Estos días he escuchado un coro de expresiones sorprendentes. Por primera vez he visto a una conductora insultar a otra conductora. Esta última, tratando de estacionar, impedía el paso a la otra, quien, sumida en la impaciencia, arrancó girando a toda velocidad, mientras gritaba: “¡Qué hacés, vieja boluda!”. Aplastó así uno de los mojones amarillos que marcan la flamante ciclovía en mi barrio. Crash. Me fijé: la conductora que intentaba estacionar no era vieja.

    Hace poco, una madre fue a gritar a una profesora por haber puesto una nota baja a su hija. E insistía: “¡Tiene razón Mujica, ustedes los profesores tiran para atrás a nuestros jóvenes en lugar de que vayan para adelante!”.

    Una vueltita por la rambla el domingo me enfrentó a las siguientes escenas: 1) un chico gesticulando con la mano como si diera bofetadas. La amiga le pregunta: “¿De verdad tu novia te pega?”; 2) unos autos deprimentes a la altura de las Canteras comienzan su ritual dominguero de picadas. El estruendo es absoluto. Se acabó la paz del mar; 3) un hombre aferra a una mujer de los brazos y ella grita: “¡Soltame, soltame!”. Una y otra vez.

    Una multitud en los bares ha mirado embelesada los partidos de fútbol donde, en cámara lenta, se muestran codazos, roturas de narices, patadas, piñazos clandestinos, zancadillas y bocas que murmuran quién sabe qué. Y un mordisco.

    Las redes sociales internacionales bullen de odio xenófobo: un jugador uruguayo les dio en bandeja el pretexto de su desprecio.

    La mejor amiga de mi hija debió soportar la arremetida del mal humor de su novio porque perdió Uruguay.

    Un feriante, el día que Uruguay va a jugar con Colombia, le discute a una compradora el precio de los zapallitos. Faltan solo tres horas para el partido. ¿Estará nervioso? 50 pesos el kilo de zapallitos, según la vecina, es caro. Él responde: “¡Más caro le salió a Suárez lo que le hicieron!”.

    Un pueblo “cierra filas” ante un jugador de fútbol declarado en los corazones orientales mártir y héroe. Se reedita el viejo discurso del Primer Mundo rico y el Tercer Mundo pobre. Aunque el implicado del sur cobre millones de euros en el norte.

    3.299.999 uruguayos explotan de nacionalismo. Y aunque sé que no sirve la historia contrafáctica, me pregunto con subjuntivo: “¿Qué hubiera pasado si…?”. Si las carnes mordidas fueran uruguayas. Si la camiseta estrujada hubiera sido celeste.

    Lo oigo: “¡Eso es expulsión!”. “¡Tarjetaaaaa rojaaaaa para ese taaaaano!”.

    Y un presidente, de modo premeditado, creo, lanza un exabrupto contra una corporación con notorios fines de lucro. Tal vez lo que dice arraigue en más almas, la causa de Suárez ya es causa nacional y algunos indecisos terminen por entender que su discurso político responde al clamor popular. Por su boca hablan todos los uruguayos.

    Espero que en las escuelas y en los liceos no vengan en los próximos días tropas de padres y madres discutiendo las notas de sus hijos y gritando: “¡Ustedes los profesores son una manga de hijos de puta!”. “¡Fascistas!”.

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