Agradezco la publicación de la carta adjunta. Saludos cordiales,
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Carta abierta al Partido Nacional. Estimados conciudadanos nacionalistas: el año pasado, el Honorable Directorio del Partido Nacional y el Comité Ejecutivo del Partido Colorado (al que yo adhiero) encomendaron a los senadores Penadés y Pasquet explorar los caminos para alcanzar un acuerdo que permitiera a las dos colectividades, y ojalá también al Partido Independiente, votar bajo un lema común en las elecciones departamentales de Montevideo, concertando un programa mínimo común, presentando cada cual su candidatura y acumulando sus votos. El tiempo pasa y se agotan los plazos para tomar decisiones: un acuerdo de este alcance y naturaleza, que debe exhibir la máxima seriedad y la máxima solemnidad, debería estar sellado al menos un año antes de las próximas elecciones internas, esto es, el próximo 1º de junio. La dirigencia del Partido Colorado, aunque sin entusiasmo visible, apoya la idea por unanimidad. La dirigencia del Partido Nacional, en cambio, presenta opiniones divididas. Me permitiré referir y glosar los reparos que se han expuesto públicamente a la propuesta de coalición.
Que los partidos no deben perder su identidad. No se advierte cómo la perderían ya que, por un lado, la coalición sería solo para las departamentales; y por otro, precisamente para las departamentales la legislación electoral permite la presentación de hasta tres candidaturas bajo un mismo lema, de modo que la coalición para Montevideo presentaría una candidatura enteramente blanca, otra enteramente colorada y ojalá también otra independiente. Se acordaría un programa mínimo común (digamos, las cinco prioridades para el quinquenio), pero por sobre esa base cada cual haría caudal de sus candidatos, sus equipos, sus ideas y sus énfasis, según como piensa y siente cada colectividad. Tras 180 años de historia, la identidad de los partidos fundacionales no se compromete por alcanzar acuerdos para procurar la felicidad colectiva, sino por incumplir con los deberes que impone la hora.
Que los acuerdos no pueden ser en contra sino a favor. Supone que la coalición renovadora se inspira en el exclusivo propósito de ganarle a la coalición oficialista. Pero quien así piense no siente a Montevideo; no tiene ilusión por esta ciudad; no conoce o no comparte las frustraciones ni los anhelos de sus habitantes. La coalición por Montevideo es toda a favor, de sus cosas y de su gente, tan maltratada por la mezcla en uso de mala política y mala gerencia. A favor de la limpieza, del tránsito y del transporte, de las calles y de las veredas, de las obras y de los parques, de los ricos y de los pobres, de la convivencia en paz.
Que un acuerdo con el Partido Colorado en Montevideo perjudicaría al candidato blanco en la elección nacional previa. ¿Es que algún blanco dejaría de votar a su partido en las nacionales, agraviado por el acuerdo con los colorados para las departamentales? Sospecho que no es ese el temor, sino que las especulaciones se orientan a la codiciada cantera de los frenteamplistas decepcionados, lo que a mi juicio encierra un fatal error de razonamiento: la categoría “frenteamplistas decepcionados” como presa electoral no existe. Lo que existe es el “electorado flotante”, ciudadanos sin adhesión a divisa alguna, que antes se decepcionaron del Partido Colorado y del Partido Nacional, y ahora del Frente Amplio. Es aquel número creciente de ciudadanos que administra su voto con sensata cuota de pragmatismo, que saben que Montevideo está sucia, desordenada y violenta, y advierten que si el FA no lo pudo hacer bien en 25 años, es hora de que otra coalición lo intente. Y en las nacionales, es otro cantar.
Como se ve, ninguna objeción de principios. Hay otros argumentos menores y están las dificultades formales, que no son razones en contra del acuerdo sino obstáculos a superar. Pero ninguna objeción de principios; son sentimientos, presunciones, especulaciones, temores, como naturalmente despiertan todas las grandes empresas, y esta vaya que lo es. La coalición renovadora para Montevideo sería la alteración más dramática del sistema político desde la creación del Frente Amplio en 1971; y ni qué decir en los 180 años de historia de los partidos fundacionales. ¿Estamos prontos para dar ese paso de gigantes? Los montevideanos lo están.
Vox populi, vox dei. Cuando se iniciaron las conversaciones entre el Partido Nacional y el Colorado, el Honorable Directorio indicó que encargaría una encuesta para conocer la opinión de los ciudadanos. Los resultados de esa encuesta se hicieron públicos hace unas semanas: el 42% de los montevideanos es partidario de que otra fuerza política se haga cargo del gobierno de la ciudad a partir de 2015. Pero esa otra fuerza no es el Partido Nacional, que en la misma encuesta convoca el 15% de las preferencias; ni el Partido Colorado, con el 8%; ni el Partido Independiente, con el 2%; ni los indecisos, que son el 30%. Es la coalición, cuyo resultado da más que la suma de sus factores. La mitad de los montevideanos está pidiendo a gritos que le den algo para elegir. No quieren que la coalición frenteamplista gane su sexta elección consecutiva sin desafío, sin competencia, sin alternativa. Y tampoco quieren ir a votar como autistas a los partidos tradicionales para seguir perdiendo 2 a 1, tal cual ocurre hace cinco elecciones. La coalición renovadora no es la afiebrada conspiración electoral de algún oscuro círculo de poder, sino el reclamo contenido de la famosa mayoría silenciosa.
La sangre llama. Las adhesiones a las divisas son en principio emotivas y no racionales; en origen, galvanizan con la sangre de los muertos. La sangre blanca y colorada, que se derramó por hectolitros durante setenta años, afortunadamente dejó de correr en 1904; sobre ella se elevaron nuestros héroes civiles para construir el país moderno. En esa dialéctica fecunda se fueron apagando los odios y los rencores y aprendimos a reconocernos en la idea colectiva. En cambio, la sangre de la guerrilla sesentista y el dolor adicional que provocaron los excesos de la dictadura, siguen removiendo las entrañas de los deudos y de las víctimas, y fue adoptada (y explotada) sin beneficio de inventario por todo el FA Es una diferencia trágica, que el tiempo también terminará atenuando. Pero además, en el FA prevalecen los dirigentes que menosprecian al Estado de derecho, la democracia, la república y la libertad, aún después de que las desquiciantes experiencias de socialismo real fueron arrasadas por la historia. El tiempo, otra vez, también se encargará de los dinosaurios criollos. Pero mientras tanto, reforzando aquellas, estas diferencias en las bases mismas de la idea de convivencia, nos colocan en la vereda de enfrente del Frente, y nos emparentan a blancos y a colorados (al cabo, nos ubican en aquellas “familias ideológicas” que mentaba Julio Sanguinetti años ha).
A los parientes no se los elije, pero yo no tengo quejas: ahí están los “muchachos” de mi generación, con los que compartimos las luchas civiles contra la dictadura: Luis Alberto Heber, Gustavo Borsari, Pablo Iturralde, Jorge Gandini; allí están los certeros columnistas de “El País”: Antonio Mercader, Juan Martín Posadas, Francisco Faig, Javier García. Con esta gente y con tantos otros blancos son infinitamente más las cosas que nos unen que aquellas que nos separan (que también las hay). Con esta gente y con tantos otros, seguramente podemos coincidir en objetivos superiores, seguramente podemos trabajar juntos, seguramente podemos llegar a un acuerdo para votar bajo un lema común en Montevideo y seguramente podemos así renovar la esperanza de la mitad del país. Solo hagámoslo.
Miguel Manzi
CI 1.337.437-7