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    Comercio exterior: mitos y realidades

    Sr. Director:

    Entre tantas cosas horribles de esta guerra infame inventada por Rusia, se puede aprender algunas cosas. Varias en materia de política internacional, pero me detendré en un tema que es económico y del que nuestro país se ocupa recurrentemente: las exportaciones y el superávit comercial. Forman parte del breviario político y hasta cultural del país: exportar es algo bueno. Ahora, importar…

    Allá por los años 50 la teoría económica dominante era aquella que nos hablaba del deterioro de los términos de intercambio y pregonaba el desarrollo económico por la vía de proteger la industria nacional de la competencia externa, con aranceles y con todo lo que venga (cuando el Dr. Azzini, ministro de Economía del Partido Nacional, propuso la revolucionaria Ley de Reforma Cambiaria y Monetaria —año 1959— existían algo así como 12 tipos de cambio diferentes, junto con todo un microcosmos de cupos y permisos de importación). Contrario a los augurios de catástrofe, fue uno de los grandes cambios para bien de nuestro país.

    La convicción atávica sobre el comercio exterior viene de muy atrás, del siglo XVI, y su máxima expresión ocurrió en Francia, bajo el reinado de Luis XIV y el Ministerio de Jean Baptiste Colbert, adalid del mercantilismo.

    Recién en el siglo XVIII se afianza la teoría opuesta, a partir de David Ricardo y su tesis de las ventajas comparativas, reformulada luego por John Stuart Mill. Para ellos, como para Adam Smith, el proteccionismo favorece la ineficiencia y encarece los precios, volcando recursos a donde son menos productivos. Aunque, a decir verdad, antes que los anglosajones, mucho antes y nada menos que en la península ibérica, un lote de clérigos, los llamados “escolásticos tardíos”, ya se habían pronunciado a favor de la libertad de comercio (Juan de Mariana Fernández de Navarrete, Domingo de Soto, Molina y otros).

    Pero, a pesar de todo esto y aun cuando debe ser el único punto en que casi todos los economistas coinciden, el heroísmo de exportar y las virtudes del proteccionismo siguen vivitos y coleando. Más aún, estamos viviendo tiempos de populismo redivivo y ya se sabe que para un auténtico populista, que precisa siempre de enemigos, la amenaza de lo extranjero —sean personas, bienes o servicios— es funcionalmente esencial.

    ¿Y a qué viene Rusia en todo esto?

    Pues que está dando un ejemplo concreto y real al mentís de las teorías popu-mercantilistas: Rusia —y no por méritos propios— está exportando mucho y acumulando grandes superávits comerciales. Ergo: ¿estará volando económicamente?

    Pues, no. Está pésimamente mal. Porque no puede usar ese superávit para comprar lo que precisa. Porque no se vive de un superávit comercial.

    Como señala el economista Paul Krugman, en un reciente artículo publicado por El País de Madrid, “Los beneficios del comercio se derivan (…) de los bienes y servicios útiles que otros países proporcionan a los ciudadanos del país receptor. Y registrar un superávit comercial no es una ‘ganancia’, si acaso significa que le estás dando al mundo más de lo que recibes, obteniendo solo pagarés a cambio”.

    Hace ya casi 30 años, el mismo Krugman (no precisamente un neoliberal) lo decía así: “(…) el sentido del comercio internacional, la razón por la cual es útil, es para importar, no para exportar. Dicho de otra forma, lo que un país gana del comercio (internacional) es la capacidad de importar las cosas que desea. Las exportaciones no son un objetivo en sí mismo y por sí mismo: la necesidad de exportar es un peso que un país debe soportar porque sus proveedores del exterior son tan crudos como para exigirle que pague” (Peddling Prosperity, N.Y., 1994).

    Hasta ahora, la sensatez de los argumentos ha competido muy dificultosamente con el simplismo emocional de las posiciones popu-mercantilistas. Quizás con la aparición de un caso concreto, una prueba real, se pueda terminar con la falacia tan recurrente.

    Quizás.

    Ignacio De Posadas

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