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    Como en botica

    En la segunda mitad del siglo XX, en el Río de la Plata coexistían varias corrientes antiestadounidenses, todas ellas bajo el paraguas del antimperialismo. En Argentina convivían un pequeño resto de antiestadounidismo aristocrático a la Paul Groussac, que en los yanquis veía a un ser inferior, con una gran corriente peronista que blandía las borrosas banderas del nacionalismo popular y populista. Esta segunda corriente influyó notablemente en los varios Nasser que surgieron como hongos luego de la lluvia cuando el sistema colonial capotó en la década del 60, dando lugar al nacimiento de muchos países.

    En Uruguay cohabitaban por aquellos entonces el antiestadounidismo abiertamente pro-soviético o simplemente socialista, promovido por el Partido Comunista y otras fuerzas de izquierda, con el antimperialismo de sello nacionalista, que en el partido de Luis Alberto de Herrera tenía una fuerte impronta. La desaparición del histórico líder blanco, en 1959, no implicó grandes cambios. De ello hay muchos ejemplos. En 1961, el presidente Eduardo Víctor Haedo en persona menospreció la presencia en Montevideo del alto enviado norteamericano Adlai Stevenson pero recibió en su chalet de Punta del Este al comandante Che Guevara, con quien se sentó a tomar mate ante la mirada atónita de la prensa mundial.

    De la misma manera, los miembros del gobierno uruguayo que se negaban a romper con Cuba (el canciller herrerista Alejandro Zorrilla de San Martín era el más acérrimo enemigo de este paso) y llegaron, incluso, a alinearse con la Unión Soviética y contra Estados Unidos en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (como fue el caso del embajador herrerista Carlos María Velázquez con el apoyo del canciller y correligionario Luis Vidal Zaglio), alimentaron en Washington el mito de un movimiento herrerista poblado por “simpatizantes nazis”.

    Llama la atención el notable antiestadounidismo de los uruguayos, anotaron en muchas oportunidades los diplomáticos extranjeros acreditados en Montevideo. No se referían a una fuerza política en especial, sino que aludían a la posición mental del grueso de la población. La lejanía geográfica y el hecho de no haber sido nunca invadidos por los marines “no justificaba”, según estos diplomáticos, una postura así de recalcitrante por parte de la mayoría del pueblo uruguayo.

    Lo mismo sucedía en Argentina, si bien el antiestadounidismo en ese país tenía otros componentes, que iban desde la herencia del elemento aristocrático pos virreinal hasta el resentimiento suculentamente alimentado por el hecho traumatizante de no haber logrado nunca jamás superar a la potencia del Norte en la carrera por la hegemonía americana (o sea: la ilusión marchita del sueño de la Argentina Potencia).

    A partir de la década de los 60, con la revolución cubana y el auge de la guerrilla guevarista en sus diferentes versiones, el antiestadounidismo tiñó el sentimiento de la mayoría de la población rioplatense. En ese clima de grave intoxicación emocional, Eduardo Hughes Galeano publicó Las venas abiertas de América latina, que marcó un nuevo hito en la historia de esta postura existencial por parte de los latinoamericanos.

    Pero comparado con lo escrito por Paul Groussac, por Ruben Darío, por José Enrique Rodó, por Manuel Ugarte y por tantas otras plumas elaboradas, el texto galeánico fue una prueba contundente del notable bajón cultural que había sufrido la sociedad rioplatense.

    Al comienzo del tercer milenio, el antiestadounidismo rioplatense es una botica con sus estanterías desbordantes de los más insólitos brebajes. Profundamente enraizado en la sociedad, tenemos un antiestadounidismo para cada gusto. Tres palabras, Yankis go home, sintetizan más de un siglo de análisis críticos, de ambiciosos estudios, de mercachiflería ideológica, de resentimiento profundo y compacto, de sorprendentes veleidades de superioridad moral y de odios viscerales al por mayor. Pero también de miedo, y pongo punto final a la larga serie sobre este tema que he venido publicando en Búsqueda, recordando el pánico de Manuel Ugarte, a comienzos del siglo XX, cuando en las conferencias panamericanas se discutió la idea de unir Nueva York con Buenos Aires por medio de una línea férrea: si ese proyecto se lleva a cabo y se establece un contacto directo entre los dos pueblos, sostuvo el intelectual argentino, será “el comienzo de la catástrofe”. ¡Qué angustias no hubiera sentido Ugarte de haber vivido en la era de la Internet!

    (*) El autor es doctor en Historia y escritor