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La Orquesta de Cámara de Israel es un ajustadísimo mecanismo de relojería donde no parece haber secretos para todo lo que debe saber hacer un conjunto bien entrenado. Treinta y siete músicos bajo la batuta sensible de Yoav Talmi premiaron a quienes desafiaron la inhóspita noche del martes 18 para llegar hasta el Teatro Solís.
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El concierto, que forma parte de la temporada 2012 del Centro Cultural de Música, comenzó con la “Elegía para timbales, cuerdas y acordeón” del propio Talmi, breve pieza inspirada en una visita de su autor a los campos de concentración de Dachau. Cuatro notas que hacen primero los timbales luego van pasando por las distintas secciones de cuerdas y por el acordeón. El clima es lúgubre pero, a medida que avanza la obra, se va tornando exasperante hasta alcanzar un clímax con una notable disonancia del tutti orquestal. Hasta ahí resulta interesante, emotivo, diferente. Pero luego el autor inserta un fragmento de una suite para violonchelo de Bach y, a partir de ese momento, la pieza cambia el discurso original y pierde aquella personal textura armónica. Es, pues, como una obra partida en dos donde la segunda mitad no calza los puntos de la primera.
El cierre del programa fue la “Sinfonía Italiana” de Mendelssohn, una fiesta de ritmo y dinámica. Y también de justeza en el equilibrio sonoro. Talmi es dueño de una gestualidad clarísima, y logra de sus músicos respuestas sutiles a las indicaciones mínimas de sus manos o de sus miradas. Fuera de programa, uno de los fragmentos del “Rodeo” de Aaron Copland ratificó el nivel de excelencia del conjunto.
Pero a lo que ya era un festín, le faltaba todavía el plato principal: el brillo de Alon Goldstein, un pianista israelí nacido en 1970, alumno dilecto de León Fleisher. Tuvo en sus manos el “Concierto N°2 de Beethoven”. Es cierto: no es el más atractivo de sus conciertos pero, hecho como se hizo, resulta una fuente inagotable de placer, pues el solista y la orquesta sonaron ensamblados. Con un primer movimiento “respirado” por ambos artistas con idéntico enfoque. Y con una cadencia del solista con pasmosa claridad en ambas manos, buen gusto en el fraseo, un tacto y un ataque particular en el teclado.
En el Adagio, Goldstein hizo cantar el piano como pocas veces se ha escuchado en otras versiones, sin apuros y degustando cada nota. El aplauso lo hizo sentarse dos veces más frente al instrumento. La primera, para el “Impromptu N° 2 del opus 90”, de Schubert. La segunda, para ejecutar junto a Talmi, a cuatro manos, una “Danza Eslava” de Dvorák que hizo delirar al público. Pero quedarán especialmente estampados en la memoria de este cronista los sonidos que Goldstein extrajo del piano en el “Adagio” de Beethoven y en el “Impromptu” de Schubert, este último con ese enfoque de aire improvisado (que eso quiere decir “impromptu”) y un legato privilegiado al servicio de una interpretación personal y transparente. A esa altura, estaba más que claro que Goldstein es un pianista diferente, de sensibilidad exquisita. Deberíamos tenerlo más a menudo por estas latitudes.
Finalmente, cabe rescatar una curiosidad. El programa de mano daba cuenta de que el maestro nació en 1841 y murió en 1904. Al comenzar el concierto y en un correcto inglés, un sonriente Talmi explicó al público que ciertamente no había nacido en 1841 y que menos aún se había enterado de haber muerto en 1904. “Les aseguro que no miento: soy yo y todavía estoy vivo”, afirmó, entre risas.