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Dick Johnson ha muerto. Que en paz descanse Dick Johnson. La primera vez que Dick Johnson murió fue debido a un aire acondicionado, uno que cayó en su cabeza mientras caminaba, feliz, cargando un paquete por la vereda. El armatoste golpeó directamente en su cráneo. Fue fatal. La segunda muerte de Dick Johnson fue debido a las escaleras de su casa. Calculó mal y terminó sobre el final de ellas, solo que más rápido y con más sangre de la que esperaba. La tercera muerte de Dick Johnson también ocurrió en la calle, como la primera. Esta vez, sin embargo, fue debido a un tropiezo, no a un invento para refrigerar ambientes.
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Hay otras muertes de Dick Johnson, pero adelantarlas sería arruinar tan solo una parte del encanto hallado en Descansa en paz, Dick Johnson, un nuevo documental de Netflix disponible desde el 2 de octubre. Allí se pueden ver varios de los fallecimientos de Dick Johnson, que no son reales, sino actuados, y que en cambio son parte de una exploración audiovisual personal a cargo de su hija, la documentalista Kirsten Johnson.
Johnson es una figura atípica dentro del género documental. Su nombre se asentó en la industria gracias a su debut como autora, Cameraperson, jamás estrenado en Uruguay aunque disponible en la plataforma de streaming de Amazon, Prime Video. El título se refiere a la experiencia de Johnson como directora de fotografía y camarógrafa de documentales durante 25 años. En la película de 2016, tan hipnótica como premiada, combina relatos de boxeo en Brooklyn con la posguerra en Bosnia y Herzegovina, entre otros escenarios en un relato personal e intrigante y considerado uno de los acercamientos audiovisuales a la memoria biográfica documental indispensables de este siglo.
En Descansa en paz, Dick Johnson, Kirsten también es parte protagonista, pese a que el título lleve el nombre o más bien el seudónimo de su padre Richard Johnson, un psiquiatra de sonrisa afable, piernas largas, pies deformes, fanático de la torta de chocolate y los pantalones color caqui, cuya memoria ha comenzado a esfumarse poco a poco. Pero mientras algunos recuerdos comienzan a desaparecer otros resurgen. En especial, los protagonizados por la esposa de Johnson y madre de la documentalista, fallecida tiempo atrás y quien padeció de Alzhéimer.
Frente a un pronóstico igual de descorazonador para su padre y motivada por un sueño, Johnson hija le pide a Johnson padre la posibilidad de recrear, frente a la cámara, varias posibles muertes que podrá tener en esta etapa de su vida, un ocaso por obligación. Dick, quien aparenta ser un padre octogenario orgulloso y cariñoso, parece aceptar en un santiamén. Lo que sigue es una de las películas con mayor corazón, inteligencia emocional, humor y creatividad de 2020, año en el que las ficciones fueron puestas en jaque.
La dinámica de matar a Dick es, de por sí, macabra, aunque extrañamente cómica. Desde un comienzo, cualquier tipo de hechizo que el cine mantenga se rompe en cada muerte del protagonista. Un plano cenital es capaz de tomar al doctor Johnson tirado en la vereda y sin moverse por el tiempo suficiente como para incomodar al espectador, pero bastan unos segundos antes de que la directora y el resto del equipo entren dentro del plano para asegurarse de que su actor estrella esté cómodo y sin molestia alguna. Un montaje de entrenamiento para los dobles de acción que tomarán el papel del padre también establecerá esa idea, la de la película dentro de la película. Dick Johnson morirá en cámara y Kirsten Johnson, de manera casi didáctica, mostrará cómo hacerlo. Un empujón hacia un DIY (do it yourself) de introspección sobre traumas y medios.
Aunque las secuencias de defunción, que no dejan de ser ejecutadas bajo un tono humorístico, conforman ciertos marcadores narrativos para la película, el resto del documental también sabe aprovechar una consigna conocida en el cine documental (el retrato familiar), aunque con una franqueza algo inusual. A Dick no le importa que lo filmen y no cambiará sus rutinas mientras lo hacen. Kirsten, en tanto, se planteará cuál es la línea que no deberá cruzar al momento de utilizar a su padre para una película.
Si de morir hablamos, esa es apenas la cara más alegre de la historia familiar de los Johnson. A medida que conocemos más sobre el matrimonio, también empieza a tomar importancia aventurar cómo la demencia de Dick afectará su vida y la de sus seres allegados. Los ojos de su padre se vuelven el foco de la hija, quien lamenta no haber filmado a su madre antes de que su mirada se vuelva “perdida”.
Lo de Kirsten, entonces, oscila entre un tributo a un ser querido y una catarsis ante la incertidumbre a la que todos nos enfrentamos, tarde o temprano. Sorprende cómo lo crudo de algunas de las escenas más emocionales, con la cámara todavía filmando (en una ambulancia, por ejemplo), o el llanto de un padre que debe abandonar su hogar y se da cuenta de que su vida no volverá a ser la misma, se amalgaman de una forma tan cálida e íntegra. Que Dick Johnson se muera, entonces, parece cada vez un problema menor del que preocuparse. Es menester, en cambio, que viva Dick Johnson.