Estoy por bajar de un ómnibus. Soy la última pasajera. Frente al cordón de la vereda, en la parada, hay un chico en cuatro patas, teléfono en mano.
Estoy por bajar de un ómnibus. Soy la última pasajera. Frente al cordón de la vereda, en la parada, hay un chico en cuatro patas, teléfono en mano.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLe pregunto al conductor: “¿Qué está haciendo?”. Él ya los ha visto y me dice: “Es un tarado que está buscando a Pikachú”.
Así confirmo que también aquí, la imbecilidad global se introdujo vía celular.
Sé que soy una persona que me siento incómoda en el siglo XXI. Pero estoy segura de que no soy la única que piensa que Uruguay necesita urgente un Plan Nacional de Emergencia contra la pobreza moral.
Los políticos se llenan la garganta y el vozarrón acusando a la educación de la catástrofe uruguaya.
Y, de paso, les dan palo a maestros y profesores… que son los únicos capaces de lidiar contra la estupidez colectiva que se fagocita a las nuevas generaciones, no solo en Uruguay, por supuesto, sino en el mundo.
El país necesita un Plan Nacional de Emergencia para reinstalar la conciencia y el pensamiento. Hace 22 años, mis alumnitos me escribían tres carillas en un escrito sobre Horacio Quiroga. Hoy apenas logran escribir tres párrafos.
He pensado que nuestros chicos son hijos de padres que, nacidos en dictadura, tienen miedo a prohibir y a mandar. El terror al milico ha eliminado en miles de uruguayos el concepto de disciplina y autoridad, y el discurso-relato-narrativa de los derechos se espeta a cada momento a tal punto que vamos a tener que inventar otras palabras porque las tan desgastadas “inclusión” y “equidad” funcionan como comodines de una partida tramposa.
En un Plan Nacional de Emergencia Moral, considero que se debería: 1) Mantener a todos los niños y adolescentes ocho horas en liceos nuevos, calentitos, con comedor y gimnasio. 2) Irlos a buscar a la casa y procesar al progenitor que lo impida. 3) Colocar los celulares de todos los chicos en un casillero a la entrada del centro educativo. 4) Eliminar toda posibilidad de que los padres concurran al liceo a protestar por la nota del nene. 5) Dar de comer verdura y fruta en el comedor y que cada uno lave su plato. 6) Todos los días, los educadores deberían volver a utilizar, como en tiempos varelianos, el dictado, la redacción y la lectura en voz alta. 7) Recuperación urgente del concepto de estudio. 8) Varias horas al día abocarlas al ejercicio de toda clase de deportes, en su rama femenina y masculina, con el colofón de una buena ducha. (¡Oh! ¡Ver chicas uruguayas haciendo barras, jugando al básquet, al fútbol, levantando pesas y nadando mariposa en todas las clases sociales!). 9) Se prohibiría el porro (sí, se leyó bien: SE PROHIBIRÍA), el cigarro y las bebidas alcohólicas en envases de plástico en toda vereda cercana al centro educativo. 10) Se pasaría lista con extrema pulcritud y no se borrarían jamás faltas con cartitas de los padres. 11) Una vez por semana, excursión obligatoria: parques, teatro, museos, ballet, etc. 12) Creación de huerta y cancelación de Facebook.
Al salir, ¡no le quedaría a nadie fuerzas para buscar a Pikachú!