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    Creador rebelde amigo

    —“Y mi vieja era tan pobre,/ no tenía nunca un cobre para llevarnos el pan…/ Por eso hoy que puedo,/ que la suerte me sonríe,/ yo no quiero que haya un pibe que no tenga/ ni un juguete pa’ jugar…”.

    Curiosamente, siendo El bazar de los juguetes uno de sus principales “caballitos de batalla” de cantor, en la mayoría de las referencias autorales solo figuran como responsables de ese tango Roberto Rufino —su amigo— y Reynaldo Yiso; sin embargo, Alejandro Washington Alé también participó en su creación.

    Alé nació en San Juan, el 22 de setiembre de 1924 y acaba de fallecer en Buenos Aires hace pocas semanas, el 9 de diciembre de 2015, a los 91 años, ya conocido, y admirado, como Alberto Podestá.

    Siempre llamó la atención la sensibilidad que este artista afinado, prolijo y emotivo puso en ese tango cada vez que lo cantó: la última vez en la fiesta que le hicieron al convertirse en nonagenario. En realidad —al menos uno lo supone y cree que con cierta sensatez—, le sacudía el alma al recordarle su propia niñez. El padre de Podestá murió cuando Alberto era muy pequeño y la pobreza y el hambre se fueron encima de la madre y sus cinco hermanos. Ayudado por su abuela tuvo que trabajar y apenas pudo, con gran sacrificio, cursar hasta sexto grado de la Primaria. En la adolescencia, siendo ya un cantor aficionado, vendió chocolatines en los intervalos de las proyecciones en un cine de su patria chica sanjuanina.

    Quizás por cómo debió enfrentar la vida y cómo salió de ella fue un cantor apreciado y un hombre muy querido.

    Un día aparecieron por San Juan, a actuar en un teatro, los integrantes del famoso dúo Buono-Striano. Por pura casualidad lo oyeron cantar cuando Podestá —todavía, para el público, Alejandro Wa­shington Alé— tenía quince años. Les impactó y lo invitaron a ir a Buenos Aires, viaje que pudo hacer por el permiso materno. En la capital tuvo el apoyo inicial de Hugo del Carril, quien lo relacionó con Roberto Caló para hacer unas pruebas; el sanjuanino solo contaba con la experiencia de haber memorizado canciones de Gardel y cantarlas en una audición radial de su escuela, dirigida por su maestra de sexto grado, y participar en la revista infantil Rayito de Sol, donde lo apodaron “Gardelito”.

    Roberto Caló quedó satisfecho pero no lo incorporó a su orquesta sino a la de su famoso hermano Miguel, con quien Podestá —rebautizado entonces como Alberto Morel— cantó en la confitería Paradise y el cabaré Singapur: fue cuando grabó sus primeros temas, el tango Yo soy el tango y los valses Pedacito de cielo y Bajo un cielo de estrellas. Joven muy inquieto, pronto pasó a la orquesta de Carlos di Sarli, responsable del nombre artístico definitivo de Alberto Podestá, donde, además, compartió cartel con quien sería uno de sus grandes amigos, Roberto Rufino, el que, curiosidades de la vida, fue, sin intención, culpable de otro cambio: el pasaje de Podestá al grupo de Pedro Láurenz; es que di Sarli priorizaba a Rufino tanto en el repertorio como en la cantidad de temas cantables. Con Láurenz hizo una grabación histórica, Nunca tuvo novio, que volvió a abrirle las puertas del conjunto de Miguel Caló. En ese tiempo estuvo un par de veces a punto de ser cantor de Troilo, pero sendos viajes que debió hacer al exterior, y el apuro de Pichuco, lo impidieron: primero dejó su eventual lugar nada menos que a Edmundo Rivero y luego al uruguayo Carlos Olmedo. Pero enseguida la vida lo premió con una etapa luminosa integrado a la orquesta de Francini-Pontier, en la que cantó junto a Julio Sosa, de quien fue íntimo amigo.

    Ya solista, viajó por su país, América Latina, Estados Unidos y Europa. Fue nombrado Académico de Honor de la Academia Nacional del Tango de Argentina, designado Ciudadano Ilustre de Buenos Aires y participó en dos películas: El cantor de tango (al lado de Federico Luppi) y Café de los maestros.

    Tuvo interpretaciones excepcionales; entre las que más se recuerdan figuran Alma de Bohemio (para muchos, la mejor versión), Percal, Al compás del corazón, Garúa, Recién, Paisaje, Qué falta que me hacés, Margo, Bailemos, Nada y esa “rareza” titulada La capilla blanca.

    Alberto Podestá halló la puerta final que cierra la vida con el espíritu siempre alto: cantó hasta el año anterior a su muerte, que lo halló internado en un hospital de Buenos Aires, rodeado del amor de familiares y, sobre todo, de múltiples amigos.

    —La calle te enseña todo. Después, podés agarrar para andar mal o bien. Pero a cantar solo te enseña Gardel.