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    Cuando el cambio es permanente

    Neil Peart, baterista y letrista de la banda canadiense Rush
    Columnista de Búsqueda

    Hay un chiste recurrente entre los músicos que asigna al baterista el lugar de “mejor amigo de...”, separando a los bateristas de la categoría musical. Una variante de ese mismo sentido del humor dice que el baterista no es realmente un músico, sino alguien que le pega fuerte a las cosas. Irónicamente, el recién fallecido Neil Peart, baterista y letrista de la banda canadiense Rush, era al mismo tiempo tremendo músico y alguien capaz de pegarle fuertísimo a las cosas. Basta ver cualquiera de las decenas de videos de sus actuaciones en vivo que se encuentran en YouTube.

    Y, sin embargo, no es muy habitual que un baterista sea considerado el artista más relevante dentro de su grupo. Si a esto se le suma que ese percusionista sea considerado uno de los mejores y más innovadores en el instrumento a lo largo de décadas, la cosa ya es asunto serio. Sin meterme en profundas definiciones, me gustaría intentar exponer la relevancia del artista canadiense llamado Neil Peart y su obra en una de las bandas más personales que jamás han existido en el rock. Una que tuvo que soportar durante décadas el desprecio de la prensa musical y que, al mismo tiempo, encontró un reconocimiento inmediato entre el público.

    Una de las peculiaridades de la trayectoria de Peart es que no fue fundador de Rush: participó en el segundo disco, Fly By Night, de 1975. Esto es interesante porque fue su entrada en un instrumento que pocos considerarían definitivo a la hora de dar forma a una canción de rock, lo que cimentó el estilo que el grupo desarrollaría durante las siguientes cuatro décadas. Antes de su llegada, el grupo sonaba como una banda de buen hard rock blusero de la época. Con su presencia, Rush se convertiría en una liga de un solo equipo, en una banda que asimiló todos los estilos que quería transitar y los convirtió en un material absolutamente único y personal. Su papel central como letrista del grupo a partir de entonces es también uno de los motivos de esa transformación artística tan radical como única.

    Nacido en Hamilton, Canadá, Peart se interesó por la música apenas comenzada la adolescencia. Su padre, responsable de una tienda de tractores y maquinaria agrícola, lo llevó a trabajar con él y allí fue donde lo encontraron los representantes de Rush cuando fueron a invitarlo para hacer una prueba en el grupo, que se había quedado sin baterista tras la salida de John Rustey. Peart impresionó a los otros dos miembros del grupo, el bajista y cantante Geddy Lee y el guitarrista Alex Lifeson, no solo por su forma de tocar, en aquel entonces fuertemente influenciada por Keith Moon, baterista de los británicos The Who, sino también por su intensa devoción por la lectura. Tan así fue que decidieron dejarle la responsabilidad de escribir las letras del grupo. En una anécdota de las primeras giras del trío, abriendo para los estadounidenses de Kiss, Lee recuerda a Peart sentado en la habitación del hotel mientras ellos se iban a beber y a fumar porros con sus compañeros de gira.

    La calidad técnica de Peart fue el broche que necesitaba Rush para comenzar a desplegar su estilo, que en aquel entonces era una suerte de expansión del rock progresivo de Yes en el cruce con la potencia rítmica de Led Zeppelin. En realidad, ya entonces la música del grupo estaba en otra parte, una que reconocía influencias pero que no sonaba a nada de lo que le había dado origen. Ese estilo se fue ampliando y transformando a lo largo de las décadas sin que por eso alejara al núcleo duro de un par de millones de fans que compraban sus discos, que eran editados con regularidad y puntualidad anglosajonas. Lo mismo ocurrió con las letras de Peart, quien en un comienzo estaba influenciado por sus lecturas de Ayn Rand y la ciencia ficción en general. Sin embargo, tan pronto como en 1979, sus letras se fueron volviendo introspectivas, reflexivas, enriqueciéndose en un solvente manejo del lenguaje, algo que sus habituales detractores líricos no parecen haber notado en los últimos 35 años.

    Los “excesos” del rock progresivo, el hecho de que otras músicas como la new wave se volvieran populares y el espíritu de búsqueda que siempre caracterizó al grupo, fueron algunas de las razones que llevaron a Rush a simplificar su música e incorporar sintetizadores a comienzos de los 80. Como recordaba el propio Peart en Rush: Beyond the Lighted Stage (2010), un maravilloso documental de Sam Dunn y Scot McFadyen sobre el grupo, eran lo suficientemente jóvenes como para emocionarse con esas nuevas músicas y ser influenciados por ellas. De esa etapa son los discos Permanent Waves y Moving Pictures. En este último está la canción más icónica del grupo, Tom Sawyer, en la que Peart recuerda que “los cambios no son permanentes, pero el cambio sí lo es”.

    Ese incesante proceso de transformación artística permitió al grupo desarrollar su capacidad de escribir “ganchos” en las canciones, una capacidad que siempre estuvo allí pero que se vio potenciada por la relativa simpleza de los nuevos temas. El disco Signals, de 1982, sería otro paso arriesgado para el trío con su primer tema escrito en sintetizador y no en guitarra. En ese tema, que es Subdivisions y abre el disco, Peart relata lo difícil que es ser un adolescente raro en la vacuidad de los suburbios del norte de América: “Al crecer todo parece tan unilateral, todas las opiniones provistas, separadas y subdivididas en la zona de producción en masa”. Desde ese entonces, sus letras profundizaron en los asuntos humanos y sociales desde una perspectiva que el propio Peart definió hace unos años como “libertaria de izquierda”.

    La tragedia no fue ajena a la vida del baterista. En 1997, su hija de 19 años falleció en un accidente de coche y unos meses después, deprimida por esa muerte, fallecía de cáncer su esposa. Peart avisó a sus compañeros que lo consideraran “retirado”, se subió a su moto y viajó hacia el sur. Su periplo sería de decenas de miles de kilómetros y duraría más de un año. El resultado de ese período de curación sería resumido por Peart en su primer libro, Ghost Rider: Travels on the Healing Road. Luego Rush volvería a tocar y Peart reharía su vida junto con una nueva compañera con la que también tendría una hija.

    Si algo resume la pasta artística de la que estaba hecho Peart es que a mediados de los 90, en pleno reconocimiento popular de sus habilidades artísticas, se puso a tomar clases con Freddie Gruber, un conocido profesor de batería de jazz. Años más tarde haría lo mismo con Peter Erskine, otro reconocido baterista del género. Hasta el momento de su retiro oficial de Rush, en 2015, Peart nunca cejó en su empeño de mejorar sus habilidades en un instrumento en el que ya era considerado, por mérito propio y de manera abrumadora, uno de los mejores de la historia. La música popular es hoy un poco más pobre que antes del pasado martes 7 de enero, cuando Peart, el tipo que nunca estuvo del todo cómodo bajo los focos de la fama, falleció en Santa Mónica, EE.UU., tras una batalla de tres años contra el cáncer.

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