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El joven bosnio vivía en su ciudad natal, Sarajevo. Jugaba al fútbol, se emborrachaba, intentaba ligar con alguna chica y tenía un programa de radio y una revista donde a su manera, en la Yugoslavia comunista del endiosado Tito, manifestaba disconformidad y rebeldía a través de algún grupo de rock o de algún escritor maldito. El talento y un par de cuentos le posibilitaron un viaje de intercambio cultural a Chicago a principios de los 90. Mientras se deslumbraba en la ciudad de los rascacielos y del metro en las alturas, la guerra en Bosnia y Herzegovina, que se vivía como un malestar permanente, estalló. Aleksandar Hemon decidió quedarse en Chicago; trabajó como encuestador para Greenpeace, deambuló por cines que le suturaron las heridas de estar tan lejos de casa, poco a poco fue aprendiendo el idioma, se mudó una y otra vez y se convirtió en escritor (La cuestión de Bruno, El hombre de ninguna parte, El Proyecto Lázaro, Amor y obstáculos), un escritor sorprendente que, además, no escribe en su lengua materna sino en inglés, como Nabokov y Conrad.
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De estas profundidades biográficas habla El libro de mis vidas, una recopilación de textos publicados en The New Yorker, Playboy y Granta, entre otras revistas. Hemon repasa su vida en Sarajevo, las pandillas que tomaban los parques, las partidas de ajedrez con su padre, una casa en las montañas a la cual acudía para desintoxicarse con cantidades de libros. Pero también tiene presente a su perro setter, a un amigo genio de las matemáticas que enloqueció, los recitales de poesía y las fiestas irreverentes para fastidio del sacro gobierno socialista. También entendemos un poco más —si es posible entender la locura asesina— quiénes fueron Karadzic y Milosevic, principales genocidas serbios de los musulmanes bosnios. En algún momento Hemon, citando a Nelson Algren, dice que amar a Chicago es “como amar a una mujer con la nariz rota”. Imaginen el diagnóstico para su querida Sarajevo.
Un libro plagado de intensos recuerdos, de logradas imágenes y de maravillosos personajes como Lido, el septuagenario italiano que jugaba al fútbol con Hemon en un parque de Chicago, un tipo que te explica sentado en precario equilibrio sobre una pelota las chapuzas que hicieron los restauradores en la Capilla Sixtina. Y también de momentos tristes, como su primer matrimonio y consecuente divorcio, o decididamente desoladores, como la pérdida de su hija pequeña Isabel, un texto que desarma al más duro.