El artista nació en Loten, tuvo una vida bastante dolorosa, regada por el alcohol y marcada por la muerte de dos mujeres de su familia a causa de tuberculosis: su madre, Laura Munch, cuando Edvard tenía apenas cinco años, y su hermana Sophie, cuando él tenía 14. Otra de sus hermanas —que ofició de modelo para sus cuadros en varias ocasiones— debió ser internada por crisis melancólicas.
Munch sacó buen beneficio del dolor a lo largo de su carrera, consiguiendo expresar como pocos la muerte, la enfermedad y la angustia, que quedó plasmada de forma desgarradora en “El grito”, que pintó a los 29 años. Aunque es verdad que esta no fue la primera ni la única vez que el artista profundizó en el tema de las emociones y las oscuridades mórbidas, sí es cierto que este cuadro se convirtió en un ícono del siglo XX. Una imagen que fue popularmente manipulada para generar efectos cómicos e irónicos. La potencia sintética y simbólica de este ser extraño que grita hizo que la emoción que condensa la obra ya no le pertenezca solo a Munch. Sea quien sea el observador, se siente conmovido por sus líneas ondulantes.
Al quedar huérfano de madre, Edvard y sus hermanos pasaron al cuidado de su padre, el médico militar Christian Munch, un hombre estricto y rígido en la aplicación de la doctrina bíblica, lo que no contribuyó mucho al bienestar psíquico del sensible pintor, que tuvo durante su vida varios quebrantos en su salud mental. Pero si se trata de mirar el vaso medio lleno, de todas maneras él mismo atribuyó su genialidad y su arte a su sufrimiento. De hecho, gran parte de sus obras más conocidas son intentos deliberados por reflejar pictóricamente las emociones humanas más negativas. El pintor decía de sí mismo que así como Leonardo Da Vinci estudió la anatomía humana diseccionando cuerpos, él intentaba diseccionar almas. Tres ejemplos claros de su intención son sus obras capitales “El día después”, “Pubertad” y “La niña enferma”.
“El grito” fue parte de un conjunto de obras titulado el “Friso de la vida”. Esa figura carente de sexo definido, vestida de negro, con rostro alargado, algo fantasmagórico, que toma su cabeza entre las manos mientras abre los ojos y la boca con expresión de horror, condensa la angustia lacerante que cualquier persona conoce de alguna manera. Sobre este ser desesperado sobrevuela un cielo de líneas ondulantes de tonos naranjas, y unas misteriosas formas humanas que se perciben, en perspectiva, al final del camino.
Munch describió en su diario en 1892 el momento preciso en que sintió el aullido interior de este cuadro. “Paseaba por un sendero con dos amigos —el sol se puso—, de repente el cielo se tiñó de rojo sangre, me detuve y me apoyé en una valla muerto de cansancio —sangre y lenguas de fuego acechaban sobre el azul oscuro del fiordo y de la ciudad—. Mis amigos continuaron y yo me quedé quieto, temblando de ansiedad, sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza”.
En realidad hay cuatro “gritos” del noruego expuestos. El más popular es de 1893 y se encuentra en la Galería Nacional de Noruega, ubicada en Oslo. Otras dos versiones, una de ellas de 1910 y pintada con témpera, y otra hecha con pasteles en 1893, están en el Museo Munch, también en Oslo. La cuarta versión pertenece a particulares. En 1895 el pintor realizó, además, una litografía de “El grito”. Todos estos cuadros fueron pintados entre 1893 y 1910.
Los especialistas en arte describen “El grito” como un autorretrato psíquico y un ejemplo temprano de pintura expresionista, y han encontrado una posible conexión entre la figura fantasmal del cuadro y el rostro de una momia peruana que Munch pudo ver en ese tiempo en una exposición. Los rostros y sus expresiones, en los rasgos generales, son realmente similares.
La tentación del ladrón.
Esta imagen tan fuerte e intensa (y también bastante valiosa económicamente) motivó dos robos, de versiones diferentes. El cuadro alojado en la Galería Nacional fue robado en 1994 y recuperado por la Policía tiempo después. Esta sustracción fue digna de una comedia de ribetes patéticos: la banda (que incluía a un futbolista profesional) colocó una escalera contra la ventana, rompió el vidrio y se llevó el cuadro, en un procedimiento que apenas duró un par de minutos. Todo quedó filmado.
Con algo de pedantería, los ladrones dejaron una nota: “Gracias por la pésima seguridad”. En el museo se colgó un cartel que decía “Robado”, junto con una reproducción del cuadro. El gobierno dijo que no ofrecería recompensa por su rescate, entonces entraron en acción los investigadores de la policía, que se hicieron pasar por posibles compradores de la obra, logrando engañar a los delincuentes.
Por otra parte, en 2004 robaron “El grito” que se encuentra en el Museo Munch. Para que esta obra regresara hubo que esperar un poco más. Fue en el 2006 que la Policía noruega la encontró, por suerte en buen estado.
Otra pintura de la persona que aúlla —que integraba la colección del noruego Petter Olsen hacía siete décadas— se subastó el 2 de mayo de 2012 en 119,9 millones de dólares en la casa Sotheby’s de Nueva York, marcando el hito de la obra más cara vendida en una subasta de estas características. La compró el empresario estadounidense Leon Black. El padre del vendedor, Olsen, había sido vecino, amigo y al final mecenas del pintor.
El llavero y el inflable.
“El grito” es una de las pinturas con más reproducciones de la historia, se dice que le gana la partida a la “Mona Lisa”. Hace rato ya que pasó de ser un simple cuadro para ser un ícono del siglo XX, representando el aislamiento y soledad de las personas en las grandes ciudades. El escenario creado por Munch se usó para filmar una publicidad del automóvil Sunfire Pontiac (“Parece una obra de arte y se conduce como un verdadero grito”), y fue objeto de burla de algún programa de televisión cómico. Un estadounidense encontró la forma de hacer dinero al fabricar toda una serie de artículos de merchandising con la obra: tazas, llaveros y hasta inflables que se alzan en el piso con el rostro blanquecino y boquiabierto. Él mismo reconoce que compran la figura personas que no conocen el cuadro.
Pero quien primero reprodujo la obra fue el propio Munch, que pintaba sus cuadros acercándose poco a poco al tono emocional que quería transmitir. Conseguir el resultado final de “El grito” le llevó tres años de trabajo y varios cuadros similares, pero diferentes. Con “El grito” hizo cinco versiones en pintura y 100 grabados, una vez que dio con la idea que buscaba, la re trabajó de manera obsesiva.
En 1961 la revista “Time” llevó la obra a su portada para ilustrar un informe sobre la culpa y la ansiedad. Entre 1983 y 1984 el artista pop Andy Warhol tomó “El grito” para estamparlo en seda, alterando por completo sus colores y estilo. En la década de los 90 fue tomado varias veces para producir efectos irónicos y kitsch.
Lo asombroso de este cuadro, que reduce la forma a su mínima expresión y se apoya en la fuerza expresiva de la línea y el color, es que el artista quiso plasmar una emoción real que sintió paseando por un paraje cercano a Cristianía (como se llamaba Oslo en ese momento). Quiso pintar un sonido, ese grito que parece emerger del óvalo de la boca, pero fundamentalmente del movimiento y la sinuosidad en la línea del paisaje anaranjado. Condensa una angustia muda, desesperada, que para Munch tenía asidero real. En ese lugar algunas personas se habían suicidado; un amigo suyo se había matado en un bosque cercano. También se encontraba cerca un psiquiátrico para mujeres y, como si fuera poco, en las inmediaciones había un matadero. Los estudiosos del tema piensan, entonces, que Munch sintió todo ese dolor en un momento preciso, lo que originó la pintura.
Amoríos y oscuridad.
Munch vivió en una sociedad puritana en la que no encajaba. Formó parte de un grupo de bohemios encabezado por el novelista Hans Jaeger, de ideas anarquistas, que defendía el amor libre y sostenía que en el arte “hay que recrear la propia vida”. En esta época el pintor entabló relación con una mujer casada llamada Milly Thaulow, relación que no terminó bien, como sucedió con romances posteriores del pintor.
En 1940, con la invasión nazi a Noruega, unas 80 obras de Munch fueron confiscadas por “degeneradas”. Lo consideraban directamente un demente. Pero fue durante la II Guerra Mundial que Munch expandió su arte, y llegó a exponer en Nueva York en 1942.
Anteriormente sus exposiciones habían sido objeto de censura: en 1892 vivía en Alemania y montó una muestra en Berlín que tuvo que ser levantada por el revuelo que despertó. Esto dio pie a la formación de una sociedad de artistas conservadores, la Secesión Berlinesa.
El dolor y la angustia de “El grito” formaron parte de la vida del artista, que en 1905 pasó el invierno tratándose de lo que en ese entonces se diagnosticaba como neurastenia, un cuadro agravado por el alcohol. En 1908 sufrió un colapso nervioso que lo hizo permanecer la mitad del año siguiente internado en un sanatorio de Copenhague, donde le aplicaron terapia de electroshock. Salió de la internación cambiado y cambiaron también los temas de su pintura. A partir de 1930 padeció una enfermedad en los ojos que le impidió trabajar.
Terminó sus años solitario, y el descuido consigo mismo se extendió a sus cuadros. Más de mil pinturas fueron legadas a la ciudad de Oslo, pero en gran parte estaban en un estado penoso: había telas con inscripciones, rotas, arruinadas por la humedad, con restos de polvo o cebo de vela. Quienes lo frecuentaron en sus últimos días de vida contaron asombrados cómo dejaba sus obras abandonadas, a la intemperie. Munch era consciente de esto porque para él era como si los cuadros “tuvieran necesidad de un poco de sol, de suciedad y de lluvia. En efecto, muchas veces los colores se combinan mejor. Solo las malas pinturas deben ser integradas y necesitan de un marco refinado”.
La obra considerada como la primera versión de “El grito” tiene correcciones groseras de pintura, chorretes de cebo de vela y una inscripción que se adivina entre las pinceladas: “Esto solo lo ha podido pintar un loco”.
Como escribió Munch, el lado oscuro de la vida lo atravesó por completo: “La enfermedad, la locura y la muerte eran los ángeles negros que vigilaban mi cuna”.