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    De los Alpes al albergue

    Alois Hitler, funcionario de Aduanas y leal súbdito del emperador austrohúngaro, fumaba, era bebedor y tuvo muchos hijos con varias mujeres. Una de sus esposas fue Klara, hija de su primo. Muertos prematuramente los tres primeros hijos de la pareja, la madre sobreprotegió al nuevo vástago: Adolf.

    El humor de Alois empeoró con el tiempo y cada tarde, al llegar a casa de la taberna, le daba una paliza a su hijo. “Me pega si llego tarde de la escuela —escribió el chico— y si no llego tarde también me pega. O sea que llego tarde”. La paz llegó cuando el futuro Führer tenía 13 años, al morir el padre.

    Los libros preferidos de Adolf eran El último mohicano, Robinson Crusoe, La cabaña del Tío Tom, Los viajes de Gulliver y Don Quijote. Como alumno aprendía rápidamente, pero estaba convencido de que su inteligencia le haría triunfar sin tener que estudiar. Sus maestros dejaron constancia de que Adolf “es muy talentoso pero no puede controlar su temperamento. Le cuesta adaptarse a las normas vigentes y reacciona violentamente”. A la hora de los juegos, era el líder indiscutido.

    En 1907, Hitler abandonó la seguridad del hogar y se mudó a Viena. Tenía 18 años y pretendía estudiar en la Academia de Arte. Sus acuarelas sorprendían por la riqueza y exactitud de los detalles arquitectónicos, pero carecían de plasticidad. La Academia rechazó las dos solicitudes que presentó.

    Muerta su madre ese mismo año, Hitler inició un período de incertezas existenciales, cayendo, en muy poco tiempo, en la más profunda miseria. Dormía en los parques y en los albergues de la ciudad. Comía en las “ollas populares” y vestía ropas raídas que repartían las organizaciones de beneficencia.

    Impedido de acceder a la herencia de su padre por no tener la edad exigida, el futuro Führer pintaba acuarelas que un amigo judío, Josef Neumann (“una excelente persona”), vendía barato a turistas y comercios de arte, casi todos ellos propiedad de judíos (Hitler prefería hacer negocios con los judíos pues, sostenía, eran los únicos “dispuestos a tomar riesgos”).

    En esos años de miserias, Hitler adquirió algunas cosas fundamentales, entre ellas el desprecio por la democracia (“las discusiones que veo en el Parlamento son una farsa”) y una profunda conciencia sobre las injusticias sociales y las desigualdades económicas en una ciudad marcada por el avance del industrialismo, por las violentas manifestaciones políticas y por el aumento del costo de la vida.

    La caótica situación política en Austria despertaba interminables discusiones políticas en el albergue. Ellas fueron la arena en la cual Hitler entrenó su retórica: nadie era capaz de discutir con él cuando el fervor lo convertía en una máquina de hablar y gesticular. El creciente amor por el nacionalismo alemán lo llevó a romper con su patria debido a que dentro del imperio austrohúngaro vivía un complejo conglomerado de naciones.

    Si bien el antisemitismo brillaba aún por su ausencia, fue en Viena que el futuro líder nazi comenzó a asociar a los judíos con el mundo de las finanzas y las peores consecuencias sociales del capitalismo. Pero su convicción de la necesidad de profundas reformas no lo acercó al creciente partido socialdemócrata. Sus políticos preferidos se encontraban, por el contrario, en el campo del nacionalismo conservador.

    Otra corriente del pensamiento que moldeó al joven Adolf fue la combinación de las ideas del filósofo inglés Herbert Spencer con las de su compatriota Charles Darwin. Me refiero al llamado darwinismo social. La lucha por la existencia, que llevaba a que solo los ejemplares más capaces de una especie sobreviviesen, era, según Spencer, también aplicable a los países y a las culturas. Ese postulado implicaba que había culturas (o “razas”) superiores y otras inferiores.

    A fines de 1909, el chico de clase media acomodada se había convertido en un mendigo completo. Muchos en su situación morían mal y pronto, pero Hitler estaba convencido de que era un genio y, como tal, sentía una enorme confianza en sí mismo. La convicción de ser un elegido por el destino no lo abandonó hasta los últimos días de vida, en la oscuridad de un búnker en Berlín.

    Más allá de esa fe en sí mismo, Hitler no consumía alcohol (salvo alguna cerveza en su juventud), se contentaba con un mínimo de pertenencias materiales y si bien sentía atracción por las mujeres, no tenía interés sexual en ellas (no existe fuente fidedigna alguna sobre su actividad sexual, ni siquiera con Eva Braun). De esa manera se ahorró el alcoholismo y la sífilis, dos plagas letales de la época.

    Los años de profunda miseria terminaron el 20 de abril de 1913, cuando al cumplir 24 años recibió la herencia de su padre. Hitler compró inmediatamente un pasaje de tren a Münich. Su gran posibilidad lo esperaba a la vuelta de la esquina, pues el estallido de la I Guerra Mundial le daría a su vida una razón de ser.