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En la última edición de Galería, en la nota sobre la vida privada de los políticos, incluyen Uds. un artículo de pluma del presidente Batlle y Ordóñez, publicado en El Día que, en medio de una dura polémica política, introduce un tema privado agraviante para Luis Alberto de Herrera. El relato queda trunco si no se menciona una carta de mi antepasado retando a duelo al entonces presidente, como respuesta a tal ataque. En ella Herrera hace mención a las dos veces en que reclamó a Batlle una reparación por las armas.
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Invadiendo torpemente el fuero de mi honesta y limpia vida privada cuando yo jamás, como cuadra a un caballero, me he ocupado de la suya, el señor José Batlle y Ordoñez me suele atacar desde su diario, sirviendo así sus intereses políticos. Aunque desprecio sus palabras, en dos ocasiones y por el respeto que debo a mis conciudadanos y que me debo a mí mismo, he ensayado reprimirlas con altivez: en 1906 y el último jueves.
En 1906 le envié mis padrinos, los doctores Martín C. Martínez y Julián Quintana. La respuesta fue ampararse en la presidencia que ejercía —excusa que no reconocen los códigos de honor— y dar dilatorias inadmisibles, para muchos meses después. Como es natural, no le hice más caso.
Hace pocas horas, ha contestado a mis nuevos padrinos, señores Ismael Cortinas y Arturo Puig, con la forma más irregular que puede concebirse, eludiendo, de nuevo, responsabilidades.
Estoy pues, en presencia de otra evasiva. Por lo demás es público y notorio que el señor Batlle hace y deshace en la hoja de que es propietario; que todo lo que en ella se escribe obtiene su sanción, pasa bajo su vista y lo inspira, siendo él mismo activismo colaborador.
Y bien; creo que el señor Batlle y Ordóñez me debe cuenta de sus agravios. Con él me tengo que medir: él es El Día.
Públicamente se la pido, como hombre y desde la prensa de mi país, ya que no hay medio valedero para conseguirlo de otro modo.
El señor Batlle está mal acostumbrado. Ha hecho hábito y escuela del terrorismo periodístico. Desde hace veinte años gravita sobre la sociedad oriental, harta ya de su exceso, el azote de su insaciable insulto, que ante nada se detiene: ni ante la honradez cívica, ni ante el valor intelectual, ni ante la nobleza de la conducta, ni ante los grandes servicios, ni ante la vida, ni ante la muerte.
Envenenó la vejez gloriosa de José P. Ramírez y hasta persiguió su cuerpo tibio. Ultrajó a Rodó. Devolviole a Cuestas, su protector, mal por bien. Se ensañó con Julio Herrera, a quien sirviera, y no se humanizó ante su adversidad, valientemente sufrida, ni ante su féretro. También se encarnizó con el General Tajes, muerto. Su orgánico rencor hasta cruza el río y ofende a Roca, apenas cierra los ojos.
Con igual moneda pagó a los militares, que, cumpliendo las ordenanzas, por él se sacrificaron como bravos. Todo lo que vale en el país desata sus cóleras, cada día más impotentes. ¡Hasta el soldado sin tacha que acaba de visitarnos (el general Mangin) ha merecido su agravio, por el delito de creer en Dios!
Aunque poco valgo, también su odio implacable pretende herirme. Quiero, pues, decirle al señor Batlle, ante la opinión pública, ya que de otro modo no hay manera de traerlo al terreno que estoy completamente a su disposición. Elíjanse condiciones rigurosas: siempre serán las mejores las más severas. Para su tranquilidad, debo manifestarle que yo no me he especializado, como él, en el manejo de las armas. La última vez que tomé el sable fue, hace más de diez años, cuando me batí con un miembro de su familia. No me ejercito en la pistola, porque nunca me he adiestrado para herir a nadie. Tampoco sabría aprovecharme de las ventajosas posturas que se estudian, fríamente, para ganar de mano.
Así, de cara al sol y con el corazón sereno, sin jactancia y con honor, quedo a sus órdenes.