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    Democracia sin demócratas

    N° 1929 - 03 al 09 de Agosto de 2017

    Todo el mundo es republicano hasta que aparecen los colores de las banderas. Bueno, en realidad no es tan así. Algunos no lo son y lo gritan con fiereza mientras se cuadran y golpean los talones. Pero digamos que una mayoría de las personas que viven en democracias, sí que valoran los derechos que estas garantizan. No tanto las obligaciones, pero bueno, no se puede pedir todo a todos. Aunque deberíamos.

    Cuando se trata de buscar referencias republicanas, todo el mundo tiene una. Aristóteles, Maquiavelo, Rousseau, Jefferson, Tocqueville, Batlle and so on, que diría Zizek entre tic y tic. Y, por lo general, la divisa que se enarbola en el presente contribuye a seleccionar aquellos autores del pasado que andan más cerca de los propios colores. Es decir, ya en la construcción personal del concepto aparece un cierto sesgo.

    Quizá esto ayude a explicar por qué ese aparente consenso republicano salta por los aires cuando algún gobierno, considerado de los nuestros, comienza a apedrear su propia institucionalidad. Entonces, la clave que explica lo que sea que esté ocurriendo deja de ser republicana y pasa a ser, cómo no, izquierda vs. derecha. Y ahí empiezan los fallos lógicos. Que si es de izquierda no puede ser corrupto, que el libre mercado se autorregula pero no lo dejan, etc. Es decir, coartadas que por indemostrables resultan ideológicas. En el sentido más elusivo del término, es decir, en el de esquivar todo lo posible los hechos en pro de la idea. Que siempre es previa y no admite contraste.

    El problema es que, siguiendo aquella idea leninista for dummies de la contradicción fundamental, en el caso de los republicanismos que se ven socavados por quienes deberían garantizar su virtud, la contradicción fundamental no parece ser entre esos bloques ideológicos sino entre a) el respeto a las instituciones y las garantías para la ciudadanía, y b) el quebrantamiento de todo eso en pro de mantener un proyecto político en el poder.

    Facebook, que parece ser una zona en donde mucha gente escribe con menos filtros y que por tanto expone más crudamente estas cuestiones, sirve como botón de muestra. No es raro encontrar en el muro de alguna persona que uno supone informada y educada, la idea de que se pueden hacer declaraciones altisonantes sobre lo que pasa en, pongamos, EE. UU., y en cambio hay que ser muy precavido con lo que se sabe de, pongamos, Venezuela. La precaución vendría de la imposibilidad de saber qué es lo que realmente sucede en donde gobiernan aquellos que considera suyos. Es decir, los mismos medios que son aptos para señalar los disparates de Trump, serían mentirosos cuando se habla de Venezuela.

    Esa idea no se sostiene por la vía fáctica (esos super poderosos medios fueron incapaces de evitar un montón de gobiernos considerados de izquierda y también de frenar a Trump) y además supone un desprecio tremendo por la inteligencia de quienes considera manipulados por esos medios. Una manipulación que, coincidencia, abarca a todos los rivales ideológicos del señor de Facebook, y a la que solo serían inmunes él y los suyos.

    El tema es que ese mapa ideológico, tan de Guerra Fría, quizá sirva para algunas cosas pero seguro no sirve para otras. Si se considera el republicanismo y la democracia como meras estaciones intermedias que son útiles o no en función de los fines políticos que se persigan, no es raro que se los deseche de un manotazo cuando la causa así lo exige. Y eso corre tanto para la derecha como para la izquierda. Ambas tienen, como cualquier ideología que haya operado sobre la realidad, millones de muertos en sus armarios.

    Un problema adicional es que asumir la vía republicana es para mucha gente asumir que su vida no va a brillar reluciente de épica revolucionaria. Y sin eso, la política puede parecer muy gris. De hecho, lo es. Especialmente para alguien que está convencido de que es su generación, a diferencia de todos los vagos y manipulados previos, la que está llamada a provocar transformaciones revolucionarias. Yo, en cambio, soy un convencido de que no se ha vitoreado lo suficiente el aburrimiento que son las sociedades democráticas que más han hecho por la vida de los ciudadanos.

    En su discurso de aceptación del Doctorado Honorario de la Universidad de Toronto, en 1994, Isaiah Berlin señaló: “Si uno está verdaderamente convencido de que existe una solución para todos los problemas humanos, de que uno es capaz de concebir una sociedad ideal a la cual el hombre puede acceder si tan solo hace lo necesario para alcanzarla, entonces mis seguidores y yo debemos de creer que ningún precio es demasiado alto para abrir las puertas de semejante paraíso. Una vez que se expongan las verdades esenciales, solo los estúpidos y los malevolentes ofrecerán resistencia. Quienes se oponen deben ser persuadidos; si no es posible, es necesario aprobar leyes para contenerlos. Si eso tampoco funciona, se ejerce la coacción, tendrá que emplearse la violencia de forma inevitable. De ser necesario, el terror, la carnicería”.

    Lejos de toda épica, Berlin concluía que “no se puede tener todo lo que se desea, no solo en la práctica, sino también en teoría. Negarlo, buscar un solo ideal que se extralimita porque es el único y verdadero para la humanidad, siempre conduce a la violencia, y luego a la destrucción y al derramamiento de sangre”.

    Para los demócratas, el republicanismo no puede ser una opción más dentro del menú mayor que sería la idea política. Es un modelo y un procedimiento pero no solo eso. Es la garantía de control del soberano, el pueblo, sobre esos derechos y obligaciones democráticos. Aplaudir o justificar lo que está pasando en Venezuela en nombre de la idea, es justamente creer que puede existir una democracia sin demócratas. El vacío, la nada, el horror en nombre de la causa y las banderas.