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    Democracia y cultura

    Sr. Director:

    Finalmente, los líderes responsables, aquellos que son capaces de reconocer sus errores y aceptar su medida de culpa, concluyen que las decisiones tomadas con insuficiente información llevan a situaciones —extendidas en el tiempo— que demuestran haber sido un error en su sentido de proyección. El ex primer ministro británico Tony Blair es uno de ellos, y lo observamos así, en respuesta a la investigación —que sigue siendo una buena acostumbre en británicos y estadounidenses— (“The Iraq Inquiry”) presentada por Sir John Chilcot.

    Si bien es posible que el haber logrado que el Sr. Saddam Hussein “dejara de detentar un muy peligroso poder total” fue importante, hoy en día se ha reconocido que aun convencidos de que un mal comprobado debe detenerse, es imprescindible el proveer un factible plan posterior. Y este, siempre condicionado a las raíces culturales de las sociedades involucradas. Sucede así con las sociedades como también sucede con los individuos infractores. Todos necesitamos un plan de rehabilitación.

    ¿Dónde encontramos, nuevamente, las factibles carencias ante este tipo de decisiones? Entre otras razones puntuales, diríamos que en la extendida creencia de carácter ideológico de que “todos somos iguales”. Pues, no es así. Todos somos diferentes, aunque no les guste esta realidad a los izquierdistas del mundo. Y dicha creencia se constituye en una carencia al momento de tomar decisiones interculturales. Cada cultura comprende, y toma decisiones en formas que —sin advertirlo— dependen mucho de su sentir. Y este sentir, a su vez, depende y hubo de depender de su propia herencia sociocultural. Esto también sucede a nivel del individuo. Y de hecho, las sociedades no son más que la suma de los individuos que las componen. Y punto.

    La democracia, entonces, como la organización social más evolucionada y respetuosa del individuo que la humanidad haya podido pensar hasta este siglo XXI, no es aplicable en absolutamente todas las sociedades de este planeta. ¿Por qué no? Bueno, en principio porque la democracia “pura” —por denominar a cualquier democracia no tendenciosa— es una propuesta que solo y únicamente puede mantenerse vigente basada en una específica educación para ello. Una educación que o comienza en la cuna o es demasiado factible que nunca pueda comenzar.

    Dentro de aquellas culturas antiguas, que han involucionado tan funestamente hacia los fanatismos machistas y degradantes de la mujer de hoy en día, es muy difícil entender que una organización democrática pueda tener aceptación popular como para florecer. Dentro de ellas, la herencia cultural devastadora de la “insignificancia social de la mujer” aún las mantiene en la práctica del servilismo y de la lapidación de cualquiera de ellas que sus hombres hayan decidido —en el fondo de sus cavernas— que no ha sido lo suficientemente servil. Y el mencionar “las cavernas” es estrictamente literal, en esta ocasión. No tiene nada que ver con aquel recordatorio del sabio que nos deja que “Aún existen habitantes-de-las-cavernas porque algunos seres aún viven dentro de sus corazones”. No es este el caso.

    Entonces, por mejor que comprendamos que las razones de Hussein para mantener la apariencia de que conservaba un poder nuclear que ya no tenía fueran las de que su país continuara siendo temido por sus enemigos zonales, esta realidad no pudo ser comprobada hasta después de que él fuera depuesto. Por consiguiente, el temor previo al hecho, en todo el mundo, tenía razón de existir. Lo que también resultó más que sorpresivo luego de la deposición de Hussein fue la astuta manipulación del triste momento por el líder de los terroristas actuantes en el área para lograr exacerbar a los chiitas contra los zunis a fin de escalar hasta el desastre “eternizado” que sufrimos hoy en día. Estos terroristas no solamente accedieron al trono zonal que tanto deseaban, sino que también lograron anexarse tierras y temerosos índices adolescentes para su deleznable fin: terror a la carte, y por todo Medio Oriente, por toda la Unión Europea, por Bangladesh, y por cualquier rincón del planeta hasta donde hayan podido extender sus tentáculos.

    Pero, volviendo a las sociedades sin tentáculos terroristas, ¿dónde podríamos observar que esas culturas del harén se desviaron del sentido proteccionista que las había llevado a existir? Porque de lo que podemos informarnos acerca de ellas, es que dentro de las mismas, a las mujeres se les ofrecía seguridad, techo y alimentación de que de otra forma no habrían conseguido en su entorno vital. Quizás, esta desviación “fuera del harén” tuvo lugar en el momento, en su larga historia, en el que las mismas mujeres pensaron y decidieron que querían liberarse de las limitaciones que dicha organización celular les imponía, sin ser aún capaces de prever las reales proyecciones que tal deseo implicaría… y se equivocaron. En algún momento, en el pasado, esa conformación “familiar” de la mínima célula social que el harén representaba no les pareció suficiente, pero en lugar de comenzar por obtener una mínima preparación para su real independencia, simplemente intentaron una huida, y esta probó no ser ni adecuada ni inteligente. De hecho, el machismo exacerbado en estas épocas, en esas regiones, podría comprenderse como la reacción más básica de sus hombres frente a la expresada necesidad femenina de independencia… ya que la divulgación de dicha necesidad nos ha permitido a todos nosotros aprender hasta qué nivel ha descendido por allí la contraparte masculina. Claro está que la práctica de la exposición mundial —vía Internet— de “la libertad de la mala conducta” de alguna prostituta de su cultura nunca va a ayudar.

    Existen excepciones —hoy en día— dentro de aquellos entornos sociales, como la reconocida presencia de la jovencita Malala Yousafzai, que redime tal imposibilidad de independencia. Pero, ¿cuál ha sido la propuesta básica de ella para toda su gente en Oriente Medio, y aun en África? “One child, one teacher, one book, one pen… can change the world”, esto es: enseñanza para todos— incluidas las niñas— puede cambiar al mundo. Y tiene razón.

    Y esta valiente jovencita tiene razón, más allá de lo que el sexagenario filósofo contemporáneo Peter Singer pueda proponer como necesario “cambio utilitario” para la humanidad, y que desde su posición de ateo recomienda. Él —livianamente—propone que para que vivamos en “un mundo mejor” todos los que tengan… les den a todos los que no tienen, aunque él mismo confiese, públicamente, que no lo hace, y que primero cuida de sus hijos en vez de donar algo a los hijos de los demás. ¿Por qué nos importa hacer notar esto que el mismo filósofo aceptó que era “no muy ético de su parte”? Bueno, simplemente porque aquí, en Uruguay, estamos rodeados de “filósofos” nada éticos que exigen igual desprendimiento de los que hayan logrado éxito con sus esfuerzos hacia los que no lo hayan logrado. Aunque siempre vale plantearse las preguntas pertinentes ante estas recomendaciones ilusas —preguntas comunes a todo investigador de las causas detrás de los hechos— de: ¿cómo fue que los que “tienen” lograron obtenerlo? Y ¿cómo fue que los que “no tienen” llegaron a eso? Y las respuestas honestas a las mismas, han de ser las únicas bases válidas para poder filosofar con sentido de decencia acerca de la “felicidad” de todos. Seguramente que ellas han de mostrar y definir ambos cúmulos de causas como: a) resultados de una preocupación familiar por avanzar en los estudios académicos, y practicar el ahorro, o b) como consecuencia de una negligencia familiar por adquirir ambas costumbres. Y estamos hablando, específicamente, de una factible realidad uruguaya pues disfrutamos —ya por más de un siglo— de una propuesta de enseñanza pública gratuita hasta nivel terciario. Resultados de los que pudimos enor­gullecernos hasta mediados del siglo pasado.

    En breve: la democracia pura, la que se basa en la Educación —que, vuelvo a insistir, comienza antes que nuestros niños lleguen a la escuela—, no puede ser practicada por todas las sociedades humanas. La democracia verdadera depende de un sano concepto de familia —donde ambos padres se responsabilizan de la educación de sus descendientes—, tanto como de un apropiado sistema de enseñanza curricular, y una mínima presencia de un Estado coordinador entre los productores y quienes disfrutan de dicha producción. Solamente aquellas sociedades que acepten esta realidad profunda podrían intentar alcanzar una satisfacción ciudadana permanente, pues ella depende de que los mismos ciudadanos/as se mantengan, en el tiempo, en tan digna labor individual, y de que sean capaces de desarrollar un mínimo respeto por la Creación, y un consecuente respeto por el Creador —como sea que lo llamen.

    Donde las sociedades no sean capaces de dejar de lado la ilusión de que otros decidan —ya sea un líder, o un unipartido— y no adopten la responsabilidad primera de avanzar en la independencia intelectual y laboral por medio de la educación desde la cuna, no importa lo que ellas quieran mentirse, lo real será que no se mantendrán funcionando como democracias, aunque sus integrantes disfruten de sufragar cada pocos años. Y donde las sociedades no puedan adoptar esa responsabilidad primera a causa de tradiciones culturales adversas que la imposibilitan, es muy factible que nunca puedan acceder a la democracia. Tenemos que aceptar estas realidades, y si nos es posible, ofrecer ejemplo —desde lejos. ¿Qué hacer si en alguna ocasión se nos pide ayuda? Pues lo mismo: enviarles maestros o entrenadores para que aprendan a independizarse —y observar, desde lejos.

    Docente aún atenta