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    Desarmando el mito

    No debe haber persona más o menos letrada y mayor de 40 años que no haya oído hablar —o leído textos o visto películas— sobre la resistencia contra el ejército nazi en la Francia ocupada. Y es que la Resistencia —con mayúsculas— es uno de esos grandes mitos que crecieron a partir de 1945.

    Sin embargo, una popular serie televisiva (Un village français), que ya lleva más de medio centenar de capítulos durante seis temporadas, ha despertado grandes dudas al respecto. En esta serie se siguen las peripecias de los habitantes de una pequeña ciudad francesa que es ocupada por las tropas del Reich. Y las reacciones entre los habitantes distan de ser heroicas o unísonas: algunos se organizan secretamente y planifican atentados contra los alemanes, otros aprovechan para hacer negocios con ellos, algunos hacen carrera política, otro grupo se mantiene al margen de los acontecimientos.

    También se han publicado textos académicos que desarman al mito de la resistencia pieza por pieza, como el libro de Alan Riding (Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis) o la reciente obra del británico Robert Gildea (Combatientes en la sombra).

    Las acciones de resistencia existieron, sin lugar a dudas. Pero las mismas no fueron exclusivamente —y en algunas regiones de Francia ni siquiera mayoritariamente— obra de franceses.

    Recordemos algunos datos. El 10 de mayo de 1940, las fuerzas aliadas contaban con 141 divisiones frente a las 136 alemanas. Los aliados reunían 2.800 aviones contra 1.000 de Alemania. A los 3.000 tanques aliados se enfrentaban 2.500 alemanes. Desde el punto de vista cuantitativo, los aliados eran más fuertes.

    Pero el plan de ataque y las divisiones motorizadas de dos genios de la estrategia militar alemana como Heinz Guderian y Erwin Rommel fueron demasiado para el enemigo. Holanda cayó en cinco días. A tres días de iniciada la ofensiva, los tanques alemanes ya estaban en territorio francés.

    El avance alemán fue tan rápido que Hitler estaba convencido de que los franceses le habían tendido una trampa. Cuando Guderian —brillante innovador de la metodología bélica y principal impulsor de la Blitzkrieg (guerra relámpago)— estaba en las puertas de Dunkerque para cerrarles la retirada a más de 350.000 soldados aliados, Hitler le dio orden de no impedirles el embarque a Inglaterra...

    Luego de haber cruzado Francia de punta a punta al frente de sus tanques ligeros, Guderian la volvió a atravesar y en nueve días dejó la costa atlántica y llegó a la frontera suiza. Desde allí llamó por teléfono a Hitler, quien no creyó que esa velocidad era posible.

    Guderian hizo otro giro radical, marchó al noreste y llegó a la legendaria Línea Maginot (orgullosa muralla francesa contra Alemania) por atrás. Su colega Erwin Rommel (El zorro del desierto) llegó a recorrer en Francia con sus tanques 240 kilómetros en un solo día: más que una campaña militar, los alemanes hacían turismo…

    El 14 de junio, las tropas del Reich entraron en París sin siquiera tener que tocar el timbre. La rápida derrota militar francesa dejó boquiabierto al mundo, a los alemanes y hasta al propio Hitler. En 34 días, Alemania había conquistado Holanda, Bélgica, Luxemburgo y Francia y capturado casi dos millones de soldados aliados.

    Mientras el norte de Francia quedó bajo control directo de Berlín, la mitad sur (la llamada República de Vichy) estaba bajo el régimen títere del mariscal Philippe Pétain.

    En el mito de la Resistencia, dirigida por Charles de Gaulle desde Inglaterra, se les rindieron todos los honores a los “franceses libres”, reunidos en las FFL (Fuerzas Francesas Libres) bajo el emblema de la Cruz de Lorraine.

    Se ignoró (y se ignora lo mejor posible al día de hoy), la lucha decisiva de muchos miles de refugiados judíos y de españoles antifranquistas, en primer lugar. Es más: varias ciudades y pueblos del sur francés fueron liberados por tropas españolas. De la misma manera, se ignoró el papel central que tuvieron las mujeres.

    Al general De Gaulle, esa incidencia no francesa y no masculina en “su” lucha nacional y patriótica no le gustaba nada y puso mucho empeño en borrarla. De la misma manera, se borró el hecho de que una gran parte de la población francesa colaboró o simpatizó con los ocupantes alemanes. O sencillamente continuó con su vida sin tomar partido. La estratagema funcionó bien durante bastante más de medio siglo. Ya no.