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Es esta una novela arriesgada porque evoca en su trama y en sus personajes a Shakespeare, y se sabe que los clásicos se pueden convertir en un terreno resbaladizo cuando se los trae al presente: a veces no se logra capturar su espíritu o queda demasiado obvio que se alude a ellos sin decirlo directamente, como si se viera la costura de un saco mal cosido.
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Sin embargo, cuando se tiene a un escritor como el británico Ian McEwan, el resultado está asegurado. Su último título es Cáscara de nuez, una novela original y atractiva que tiene a Hamlet como referencia explícita desde el comienzo, cuando aparece el siguiente acápite: “Oh, Dios, podría estar encerrado en la cáscara de una nuez y sentirme rey del infinito espacio… de no ser porque tengo malos sueños”.
De espacio limitado y de sueños pesadillezcos se trata esta historia que cuenta con un narrador muy especial: un feto al que le faltan todavía unas semanas para salir al mundo exterior. De todas formas, esta voz que navega por un líquido amniótico protector y agradable, y que percibe como un “resplandor de coral en penumbra” el sol del verano, ya sabe bastante de la vida y de lo que le espera. Es inteligente, intuitivo y conoce muy bien a su madre. Tanto, que no tiene muchas esperanzas sobre su futuro y afirma: “No estoy seguro de su amor”.
La madre se llama Trudy, tiene 28 años, unos ojos verdes hermosos y una nariz pequeña. Todo esto el feto lo sabe porque se lo ha escuchado decir a John, su padre, que es un poeta no reconocido y dirige una editorial en crisis. John es un hombre desgraciado, tiene tendencia a la obesidad y a la depresión, además de manos con psoriasis. Además su esposa no lo quiere.
En algún momento la pareja se amó, pero ahora Trudy detesta a John y por eso lo echó de su casa, aunque con promesas de que en algún momento podrá regresar. En realidad, Trudy quiere estar con Claude, hermano de John, que es su amante. Y ambos traman el asesinato de John, sin percatarse de que alguien los escucha dentro del útero.
Trudy y Claude son personajes shakespearianos, aunque en una versión torpe. En Hamlet, Claudio mata a su hermano, el rey, para quedarse con el trono. Al poco tiempo, el fantasma del rey muerto se le presenta al hijo para que vengue su muerte. McEwan toma estos elementos del drama y los adapta a una historia que es más bien una comedia negra, porque los personajes además de macabros son grotescos, como si fueran una caricatura de las grandes figuras de la tragedia.
Trudy es una mujer ambiciosa y sucia por dentro y por fuera. Su casa está permanentemente cubierta de una capa pegajosa que invade pisos y muebles, la cocina nunca tiene utensilios limpios y el baño es un asco. Además, Trudy es alcohólica y sus habituales beberajes los comparte con el feto, que ya distingue las distintas graduaciones alcohólicas de ciertas copas. Él también es un borrachín.
Por su parte, Claude es el colmo de la tontería. El bebé se da cuenta y no entiende cómo su madre puede enamorarse de un hombre “cuyos comentarios repetitivos son un babeo sin ton ni son, cuyas pobres frases se agostan, burdas, y mueren como polluelos sin madre”. Es que a esta pareja adúltera solo la motiva el sexo, que es tan pobre y bochornoso como las sábanas de su cama, y el posible dinero que podrán tener si matan a John. Y el bebé padece las relaciones sexuales de la pareja: “No todo el mundo sabe lo que es tener a unos centímetros de la nariz el pene del rival de tu padre”, piensa en la soledad del útero.
McEwan condimenta la trama con buenas dosis de ironía y una visión amarga sobre su país y sobre la vida en general. Trudy se duerme escuchando con auriculares podcasts en Internet. Así, a través de su madre, el bebé va aprendiendo sobre “el estado del mundo” y a filosofar sobre el porvenir. Él también tiene sus propios soliloquios, como los personajes de Shakespeare. Un día escucha a una experta en política internacional que habla de lo inteligente y a la vez infantil del ser humano, un doble estado que lo sume en la violencia. “Hemos construido un mundo demasiado complejo y peligroso para que lo gestione nuestra naturaleza pendenciera. En tal estado de desesperanza, el voto mayoritario irá a parar a lo sobrenatural. Es el crepúsculo de la segunda Era de la Razón. Éramos maravillosos y ahora estamos condenados”.
Cáscara de nuez es un thriller erótico a la vez que una comedia criminal “a lo Hitchcock”, como ha dicho su propio autor. Pero sobre todo es una novela sobre la maldad y el sufrimiento existencial, en este caso concentrado en un nonato. Y aunque al comienzo parece que este peculiar narrador no se va a sostener hasta el final, McEwan sorprende con una voz que se hace verosímil y que de a poco pierde su condición de feto para pasar a la de personaje que juzga a los demás y piensa por sí mismo: “He oído argumentar que hace mucho tiempo se consideraba que el dolor generaba conciencia. (…) La adversidad nos impuso conciencia, y funciona, nos lastima cuando nos acercamos demasiado al fuego, cuando amamos demasiado intensamente. Experimentar estas sensaciones es el comienzo de la invención del ego”.
Igual que en La ley del menor, su anterior novela, y en Sábado, uno de sus mejores libros, en Cáscara de nuez McEwan vuelve a ubicar la mayor parte de la historia en la mente del protagonista y a enfrentarlo con dilemas morales. Porque este bebé-narrador ama a su madre y al mismo tiempo la odia. “No puedo negar que siento miedo”, dice hacia el final de la historia. “Me caigo, incluso mientras el océano me lame los tobillos”.
Nacido en Aldershot (Hampshire) en 1948, las primeras narraciones de McEwan fueron polémicas porque contaban, con aparente naturalidad, historias de obsesiones sexuales o perversidades, como fue el caso de los relatos reunidos en Primer amor, últimos ritos (1975, Premio Somerset Maugham). Pero nadie fue indiferente a ese novelista potente, que llegó a integrar la lista de los más destacados narradores que hicieron eclosión en el ámbito literario inglés de los años 80, y escribió novelas memorables como Amsterdam (1998, Premio Booker) o Expiación (2001).
“Ser más sabio era el proyecto de mi vida. Ahora tengo 67 años, sé que me deslizo a ser menos sabio”, respondió en 2015 McEwan en una entrevista. Dos años después, con la publicación de Cáscara de nuez, el escritor se muestra por lo menos tan agudo y exquisito como siempre. Y su escepticismo y amargura no le han hecho perder el sentido del humor, que, como se sabe, es un rasgo de sabia inteligencia.
Cáscara de nuez, de Ian McEwan. Anagrama, 2017, 217 páginas, $ 490.