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    Sueñan los androides: ‘Ay-La miseria nos hará felices’, de Gabriel Calderón, en Sala Verdi

    La obra, con Levón, Margarita Musto, Rogelio Gracia y Dahiana Méndez, completa la pentalogía distópica del autor y director dedicada a lo fantástico y lo sobrenatural

    ¿Qué queda de lo humano cuando la máquina puede hacerlo todo? Esa es la pregunta que mueve esta historia. Estamos en un futuro no demasiado lejano. La inteligencia artificial ya lo ha conquistado casi todo. La pesadilla distópica se ha vuelto realidad y millones de trabajadores han sido sustituidos por las máquinas. Gerentes, profesionales y operarios de toda índole. Los actores también marcharon con la IA. Ahora el cine y el teatro están a cargo de robots, que no solo han aprendido a actuar, sino que lo hacen cada vez mejor. Aprenden, aprenden y no paran de aprender. No se equivocan, no cometen furcios, se aprenden la letra en segundos, ensayan la obra en minutos y pueden hacer tres funciones por día sin hacer drama. Literal. Y, además, no se quejan. Si reciben los prompts adecuados, pueden hacer sin chistar un Hamlet en el que no muera nadie y todos terminen felices, comiendo perdices.

    Ay-La miseria nos hará felices, escrita y dirigida por Gabriel Calderón, está en cartel desde el sábado 9 hasta el domingo 17 en Sala Verdi (entradas en Tickantel). Si bien fue escrita en español, se estrenó en Barcelona en noviembre de 2025, por el Teatro Nacional de Cataluña, con elenco catalán y traducida a esa lengua. La versión uruguaya es una producción de la Verdi, sala que anunció para esta temporada, denominada “Teatro público”, el estreno de varias obras en esta modalidad de producción.

    Ay 4 - Carlos Dossena
    Dahiana Méndez, Rogelio Gracia, Margarita Musto y Levón.

    Dahiana Méndez, Rogelio Gracia, Margarita Musto y Levón.

    Estamos en un teatro donde los actores-robots están haciendo La vida es sueño, de Calderón de la Barca. Casi todos los empleados del teatro se han reconvertido. Los productores, los electricistas, los técnicos, los administrativos. Todos se han tenido que buscar la vida haciendo otra cosa. Salvo estos tres actores (Levón, Margarita Musto y Rogelio Gracia), que no saben hacer otra cosa que actuar. Su tarea se limita ahora a encender y apagar a los androides que actúan arriba en el escenario. Mientras tanto, permanecen en el sótano, en el descanso de una escalera, junto a un baño. Aunque la tarea de los humanos es así de marginal, la promoción lo anuncia como “el último teatro con humanos”. Y la verdad que da bastante pena ver a estos humanos derrotados por las máquinas. No ha habido guerras ni matanzas al estilo Terminator o Matrix. No hay ningún HAL 9000 pergeñando la extinción de la especie humana. No hace falta. Nos hemos rendido pacíficamente. La sumisión es conveniente. Los actores rememoran los viejos tiempos y caen en la cuenta de que cuando reinaban en el escenario tampoco eran todas flores, y que las pálidas eran cosa de todos los días. Y que ahora tampoco están tan mal.

    Mientras los robots son ovacionados arriba, los tres viejos integrantes de la compañía están vestidos con mamelucos y recitan, de memoria, los parlamentos del clásico del Siglo de Oro. Ay, mísero de mí. Ay, infelice. El icónico monólogo de Segismundo, el príncipe polaco preso en lo alto de la torre desde que nació, renueva poderosamente su simbolismo ahora que es pronunciado por estos tres tristes intérpretes recluidos en el subsuelo de una sala teatral. Ay, pensó Calderón, quien viene dialogando con su tocayo antecesor desde que hace cuatro años estrenó Constante.

    Ay 6 - Carlos Dossena
    Ay-La miseria nos hará felices, en Sala Verdi.

    Ay-La miseria nos hará felices, en Sala Verdi.

    El título remite, como es obvio, a la sigla anglófona de la inteligencia artificial, y el subtítulo nos lleva a este clásico del teatro universal cuya esencia existencial —la libertad del individuo y la falta de ella— resuena con pasmosa actualidad. El título —breve y punzante— también responde a que esta obra es la quinta de la pentalogía que Calderón inició en 2005 con Uz, el pueblo, obra en la que una niña engaña a su familia haciéndose pasar por… Dios.

    Entre lo fantástico, lo sobrenatural y lo distópico, la saga de las vocales continuó con Or-Tal vez la vida sea ridícula, Ex-Que revienten los actores e If-Festejan la mentira. “Al final de todo, esta serie de obras con ovnis, máquinas del tiempo, dioses, vampiros y finalmente robots, intenta ser una declaración de amor hacia las personas, los humanos, las ambiciones desmedidas y sus limitaciones naturales, una guerra entre realidad y ficción que siempre dan su lucha en el teatro”, dice el autor en el programa.

    Ay 7 - Carlos Dossena
    Levón.

    Levón.

    Volviendo al escenario, la acción se acelera cuando irrumpe en escena un robot llamado Daniela (Dahiana Méndez, única actriz que estuvo presente en los cinco títulos de esta serie) y les dice que es una pasante que quiere aprender el oficio de los exactores. Les dice que quiere aprender a actuar y que no hay en el mundo mejores maestros que ellos tres, los últimos humanos en un teatro. Allí es donde todo se complica. Para todos. Para los personajes y para el público. Aparece la falla como motor del conflicto y como nudo conceptual de la trama. El error como foco conceptual y como atributo eminentemente humano. Pero cuando el que falla es el que venía ganando, el sistema infalible que siempre es capaz de corregirse a sí mismo, hasta que no lo consigue, es cuando esta historia se dispara hacia lo imprevisible.

    A ritmo de vértigo y a paso de comedia, Levón, Musto, Gracia y Méndez despliegan una comedia arrolladora y descacharrante, que al mismo tiempo que hilvana cuadros altamente hilarantes logra instalar preguntas que trascienden el chiste, el golpe y el porrazo. Sobre todo en lo que refiere al lugar del arte y la creación simbólica en este marco que se nos instala día a día en forma implacable. Los rasgos humanos de la existencia en contraste con la producción automatizada y seriada de emociones.

    Ay 5 - Carlos Dossena
    Rogelio Gracia y Dahiana Méndez.

    Rogelio Gracia y Dahiana Méndez.

    En la puesta en escena sobresale la escenografía de Lucía Tayler y Johanna Bresque, acaparada por esa escalera que deviene en casi un personaje. Más allá de sus pretensiones reflexivas y sus luces dramatúrgicas y directrices —que las tiene, sin dudas—, Ay... triunfa por lo que encierra su trama y también por encarnar en forma notable este peculiar combate entre humanos y máquinas. Por su texto y su dirección, sí, pero sobre todo por la calidad de sus actores. Los personajes están hábilmente construidos a partir de características de sus intérpretes: Levón es el actor clásico, el gran maestro, el reservorio de la tradición del verso, el testigo de la unión en escena del pasado con el presente; Musto es la directora que tiene una mirada externa sobre lo que está sucediendo; y Gracia es el actor malo, el actor de televisión, discriminado y subvalorado por sus colegas por su perfil comercial, por no hacer “teatro de arte”.

    Ay 2 - Carlos Dossena
    Levón y Margarita Musto.

    Levón y Margarita Musto.

    Los tres se sacan chispas, cada uno explota en gran forma sus momentos protagónicos, que generan climas bien diferentes entre sí. Lo de Levón es, una vez más, sorprendente. Un actor que parece levitar con su fragilidad, pero que despliega un trabajo físico descomunal. Gracia entra en combustión y se prende fuego en forma asombrosa. Musto baja las revoluciones y genera ese silencio tenso, signo de que ha capturado la atención de la sala entera. Y Méndez vuelve a demostrar que es una de las mejores actrices uruguayas de los últimos 20 años. Sería bueno verla en un protagónico en la pantalla. Lo pide a gritos. Aunque aún no se han anunciado nuevas fechas, es muy probable que, tras este primer ciclo de ocho funciones, Ay... continúe el resto del año. Tiene con qué.