El bólido negro con vidrios polarizados disminuye la velocidad. Todo es silente. El peatón intuye que le da paso un sensor —no un conductor— que indica lo que afuera sucede. Un sensor con lucecitas de colores que van y vienen, suben y bajan pero no se reflejan en nada ni en nadie. El peatón supone que el pie fantasma ya no se apoya en el acelerador y cruza la calle, con temor. Esos bólidos negros, compactos, cerrados como una caja fuerte sin combinación, que nunca dejan ver lo que hay en su interior, cuando llegan al destino activan una verja que se abre lentamente, que a su vez activa una cortina metálica que se levanta lentamente, y desaparecen. Que el proceso sea con lentitud es más inquietante. En el interior de esos destinos, más botones, más sensores, más comandos, más funciones y programas que tampoco se reflejan en nada ni en nadie, una matriz inteligente, infalible, que se conecta a la velocidad de la luz con otras matrices y, en códigos que jamás serán desencriptados, bromean y se ríen de los peatones.

