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A lo largo de un año, el cineasta uruguayo Guzmán García registró las actividades de Ateneos, un grupo de teatro comunitario abierto a personas de cualquier edad y condición social. Bajo la coordinación del director y dramaturgo Enrique Permuy, Ateneos se reúne dos veces por semana a la salida del trabajo. García grabó los ensayos que el grupo realizó para la presentación de la obra Mirando al cielo, que la autora Jimena Márquez escribió especialmente para la realización del largometraje, y construyó una narración sencilla y profunda sobre las diferentes maneras de generar segundas oportunidades y la fuerza curativa y revitalizadora del arte.
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Todo transcurre dentro de una sala de teatro. La pieza que ensaya Ateneos se desarrolla en una cárcel, donde los presos deben realizar un espectáculo circense para la celebración del aniversario del centro de detención. El teatro, en esta película, es el vehículo para trasladarse hacia otros destinos. Entre ensayos, pruebas de vestuario, ejercicios de actuación y creación de la escenografía que se llevan a cabo camino al estreno, se intercalan entrevistas a algunos de sus integrantes, quienes evocan episodios dolorosamente ásperos, incluso dañinos, que atravesaron y marcaron sus vidas.
Originalmente, la obra que escribió Márquez era más una comedia que un drama, una comedia con elementos de musical, con momentos de canto y baile, y fueron los intérpretes quienes, en el recorrido, fueron quitando o transformando las partes de comedia. “En el texto había intención humorística; de a poco fue ganando el drama”, comentó García a Búsqueda. “Incluso en la interpretación, elementos que tendrían que ser propios de la comedia se volvieron dramáticos”.
Como sucedía en su anterior película, la pequeña y emotiva Todavía el amor (2013), la mirada de García es atenta, respetuosa, desprovista de prejuicios. En aquel trabajo, que puede verse en YouTube, el realizador entrevistaba a personas mayores, habituales asistentes a una milonga, para saber qué quedaba de la idea romántica del amor tras el paso del tiempo. En Mirando al cielo indaga, con auténtica curiosidad, acerca de lo que viene después del dolor. Lo hace distanciado de cualquier actitud o gesto, por mínimo que sea, sórdido o sensiblero. Los hechos importan, sí, pero más importan las personas.
García estudió producción audiovisual en la Universidad ORT. Quería hacer ficción, pero las circunstancias y las oportunidades lo llevaron por el camino del documental. Fue asistente de dirección de Sebastián Bednarik en Cachila (2008), en la que además se encargó del montaje, tarea que también desempeñó en Mundialito (2011) y Maracaná (2014), del que también es coguionista. “Salvo algunos casos puntuales, el documental no era un género que me gustara mucho”, comentó. “Me interesaba lo que hacía (Werner) Herzog. También Tishe!, de (Victor) Kossakovsky, que está buenísimo”. La razón por la que se largó a hacer documentales fue bastante práctica. “Aprendí a editar y hacer entrevistas. Entonces, cuando quise hacer algo por mi cuenta, lo que se me ocurrió fue eso”, explicó. “Lo único que sé hacer es editar y hacer entrevistas, no sé hacer otra cosa (no sé hacer videoclips; podría, tendría que aprender). Así que aproveché que podía filmar con cámaras de fotos y arranqué. Ahora, para otro documental, Sangre de campeones, estoy aprendiendo a usar material de archivo; capaz que en algún momento hago algo con ese recurso”.
Para su segundo largo, inicialmente la idea era “hacer algo con el teatro y el amor”. El proyecto se llamaba Romeos y Julietas. “No me acuerdo cómo, ni en dónde, pero había visto algo sobre grupos de teatro comunitario. Empecé a investigar. Por la propia dinámica los grupos se van armando y desarmando y volviendo a armar. Conocía a Los Tejanos, uno de los más antiguos, y arranqué con ellos. Después se fue gente y se sumó otra. Ateneos se formó con algunos de Los Tejanos”. Esa inestabilidad es algo que también queda registrado. Hay integrantes que se ven por un rato y luego se pierden. O también se suma uno en la mitad del trayecto. “Zapicán, el venezolano, irrumpe en la mitad de la película porque apareció en la mitad del proceso. Lo llevó Stella, una de las integrantes del grupo. Eso me generó un cierto problema en la película porque él casi no está al principio y de repente lo vemos contando su historia”. Y la historia de Zapicán se cruza con las de sus compañeros, como Diego, Federico o Carmelo, como Stella, Fiorella o Maia, que encontraron en el teatro no una vía de escape sino una forma de conexión.
“Hace poco leí una nota con Adrián Caetano donde hablaba de su cine y de la forma de consumir cine. Decía que nadie quiere ver algo incómodo, molesto o que no produzca un placer directo o inmediato. Creo que es así cada vez más. Uno ve series también por eso: casi todas son muy digeribles, duran poco y garantizan satisfacción inmediata. Uno generalmente no quiere ver el dolor. Y si quiere, que sea de cierta manera, en especial si ese dolor es real”, comentó García. “Mirando al cielo tiene esa rispidez, incluso con el riesgo de saturar, del dolor real”.
Y también tiene humor. Algunos tramos, como cuando los actores que interpretan a los policías se prueban sombreros, parecen salidos de una rutina cómica. Ciertos personajes, como la carismática Camila, que sostiene que cambiarse el nombre es lo más fácil del mundo, irradian una especie de energía especial para la comedia. “Creo que ellos son en parte realizadores de la película. Intervienen de una forma creativa cuando ensayan, cuando hacen los ejercicios, cuando actúan. Lo que pusieron es la esencia de la obra”, comenta. “Si no, creo que no habría nada”.
Uno de los momentos notables del filme, que se estrena hoy jueves 6 en la Sala B del Auditorio Nelly Goitiño, se produce cuando Permuy les propone escribir las razones por las que sus personajes están en prisión. Entonces, elementos biográficos de los entrevistados van plasmándose en los personajes. Si bien ninguna biografía es enteramente igual a la historia personal de su intérprete, resulta interesante ver cómo toman algunas vivencias y sensaciones y luego las transforman y conducen hacia la ficción.
La voz en off presente en algunos momentos del filme es de García, que explica lo mínimo. También es su voz la que se escucha, lejana y respetuosa, en las entrevistas. Y cuando es entrevistado nunca se muestra como alguien que está convencido de tener todo claro. No tiene mayor inconveniente en que se note que desconfía de su propio razonamiento, de sus propios juicios, de sus propias ideas. Lo que dice, lo dice de un modo que demuestra tener conciencia de que existe la posibilidad de estar equivocado —o no completamente en lo cierto. Tampoco tiene problemas en ofrecer un “no sé” como respuesta.
—Una lectura que puede hacerse de la película es que plantea una reflexión sobre el arte como herramienta para atravesar el dolor. ¿Lo ve así?
—No sé. Puede ser una lectura. Creo que se genera un poco ese sentido, sí, está ahí. Pienso que es así. A mí al menos me sirve bastante para lidiar con algunas cosas. Me metí a hacer documentales porque descubrí que podía hacerlos. Y es que a mí me gusta hacer, tengo necesidad de hacer.