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    Detrás del miedo

    Rogelio Gracia pisa fuerte con Tom Pain (basado en nada)

    Entra en la total oscuridad de la sala. Mientras el personaje tararea unos versos, el actor parece acomodarse para empezar la función y el espectador, ciego, lo imagina. Imagina al actor caminando en la penumbra por un espacio que necesariamente debe conocer de memoria, como guiado por un GPS interno de alta precisión. E imagina al personaje del que apenas conocemos una tonada balbuciente, y un estado de ánimo que suena relajado. “Qué bueno verlos a todos”, dice al público, inmediatamente antes de que se haga la luz.

    ¿Habla el personaje o el actor? ¿Ambos a la vez? Durante los siguientes 70 minutos esa será la cuestión, y sobre esa interrogante se sostiene Tom Pain. Un personaje contándole su vida al público, un actor interpretando un personaje que comparte su peripecia, entre otros bueyes perdidos. Ficción y realidad fusionadas como arena y portland, imposibles de separar, con el espectador como tercer elemento que define la mezcla y le vuelve definitiva. Rogelio Gracia, un actor que en los últimos años ha logrado su plenitud artística, como el polígamo irresistible y neurótico de Las conquistas de Norman, como un soldado delirante en Cascos azules, como el sirviente Clov de Final de partida —ganador del Florencio— y como el desencantado profesor de Clase. A las órdenes de directores tan disímiles como Jorge Denevi, Santiago Sanguinetti o Alberto Rivero, Gracia sabe dar la nota justa que se le pide, ya sea en la comedia más absurda o en el terreno dramático. Ahora, dirigido por Lucio Hernández —miembro estable de la Comedia Nacional que aprovechó el verano, como suelen hacer sus compañeros, para incursionar en la puesta en escena— combina con prestancia ambos terrenos en este tragicómico y muy poco convencional monólogo.

    En su escaso legajo como director, Hernández cuenta con un golazo como Variaciones Meyerhold, otro unipersonal en el que años atrás Jorge Bolani conmovió hasta el hueso con su composición del célebre director teatral ruso doblado y deportado por el régimen soviético.

    Tom Pain es la primera obra que se presenta en Uruguay del dramaturgo norteamericano Will Eno, un caballero nacido hace 51 años en Massachu-setts, que fue ciclista en su juventud, luego se estableció en Brooklyn, se dedicó a las letras y ostenta una interesante carrera en el Off Broadway neoyorquino y en Europa. Esta pieza fue finalista en 2005 del Pulitzer en la categoría drama y fue estrenada en el Festival de Edimburgo, donde recibió vítores y premios del jurado y del público. Siempre hay que tomar con pinzas este tipo de cosas, pero parece que el muchacho se ha ganado el mote de “el Samuel Beckett de esta generación”.

    El nombre del protagonista y de este one man show, alude obviamente a una existencia dolorosa que pretende convertirse en luz a través del relato. También, en una irónica referencia patriótica, el título remite a Thomas Paine, uno de los célebres y venerados Padres Fundadores de Estados Unidos. El cuento no es lo de menos, pero comparte la centralidad con el modo en que está representado. Este cuarentón de traje negro y descalzo, como si recién hubiera llegado a casa de un velorio —¿del suyo quizá?—, un hombre común y silvestre, uno de los tantos millones de perdedores que pueblan este planeta. Como si se lo comentara a un amigo en la barra de un bar, tomando un whisky con maní servido en platitos, cuenta tres episodios de su vida aparentemente banales pero que conforme son relatados cobran dimensiones siderales. Una picadura de abeja, la muerte de su perro cuando era niño y una aventura romántica con una mujer. En estas tres instantáneas casi se podría definir su personalidad. Con altas implicancias psicológicas, Tom se desnuda: comparte sus recuerdos primigenios, sus miedos viscerales y aquellos que se han convertido en fobias. Y lo más loco —e interesante— es que el despliegue de esos traumas que lo habitan es campo fértil para el humor. Nada nuevo bajo el sol, el viejo y querido humor como llave maestra para sacarlo todo para afuera.

    Y allí es donde la ficción se entrelaza con la realidad, a través de varios vínculos que el autor desliza con hechos aparentemente reales, como la salida de una persona de la sala, que generan una confusión momentánea que el actor/personaje capitaliza para poner al público de su lado. Otro avance sobre el campo ficcional ocurre cuando Tom/Gracia interroga retóricamente a los espectadores, habilitando la introspección de quien esté dispuesto a entrar en el juego, pero sin forzar su participación.

    Más que un hombre frágil que sucumbe ante sus debilidades, Gracia y Hernández logran un personaje contradictorio, como debe ser, para que esta escena resulte una atractiva, inteligente y muy bien interpretada narración. Tom Pain inaugura la temporada 2017 del Solís el lunes 6 en la Sala Zavala Muniz y —en principio— va solo por cinco funciones. El dispositivo escénico elegido es con las cuatro gradas habilitadas, lo cual permite el atractivo formato circular. Hay entradas disponibles para las cinco funciones pero atención, que ya están vendidas más de la mitad de las localidades. Hay sólidas razones para ir por una entrada.

    Tom Pain (Thom Pain, based on nothing), de Will Eno, con Rogelio Gracia. Dirección: Lucio Hernández. Traducción: Stefanie Neukirch. Iluminación: Rosina Daguerre. Ambientación sonora: Federico Moreira. Sala Zavala Muniz (Teatro Solís), lunes 6, martes 7, miércoles 8, lunes 13 y martes 14, 21 h. Entradas en Tickantel a $ 400.

    Vida Cultural
    2017-02-02T00:00:00