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    Deudas con el BHU

    Sr. Director:

    Sobre el BHU, “tu sueño, tu banco”. Algunos cientos de deudores del BHU están intentando sensibilizar a la opinión pública y a las autoridades de gobierno sobre una situación que afecta a más de veinte mil familias que compraron o construyeron sus viviendas con préstamos hipotecarios en Unidades Reajustables. ¿De qué se trata este asunto?

    Einstein, a principios del siglo pasado, finalizó abruptamente una conferencia en Oxford donde intentaba explicar su Teoría de la Relatividad, diciendo un tanto enojado que: “es evidente que lo más difícil para entender la relatividad, es explicar lo obvio”. El ejemplo vale en tanto se hace muy difícil explicar y entender la obviedad del flagrante abuso rayano en estafa que el BHU impone a sus deudores en U.R.

    Partamos de la evidencia de los hechos, que no necesitan de teorías ni de explicaciones difíciles frente al hecho concreto de que a un deudor que paga puntualmente una cuota mensual que aumenta año a año, su saldo de deuda también aumenta. A ver si se entendió: cuanto más se paga, más se debe.

    Un absurdo que ni el mismo Einsten comprendería, pero que tampoco puede entenderlo cualquier ciudadano que saca un préstamo en un banco y si paga sus cuotas, su deuda disminuye hasta que la salda. Pero esta lógica del contrato, tan sencilla y justa, es desconocida por el BHU, “tu sueño, tu banco”, que aplica férreamente otra lógica.

    Sin sentimentalismos sobre el sacrificio familiar que significa el proyecto de la casa propia, pongo como ejemplo mi propio caso para no generalizar sobre miles de situaciones similares. Lo resumo así: en 1972 abrí una cuenta en el BHU y empecé con el “ahorro previo”. En 1990 cumplí con las condiciones para recibir un préstamo de unos veintidós mil dólares, valor de entonces de tres mil quinientas UR a pagar en treinta años.

    Contrato que he cumplido sin atrasarme un solo mes en 23 años. Hace dos semanas (alentado por este movimiento de los deudores) fui al BHU y pregunté sobre mi deuda. Debo cuarenta mil dólares y mi cuota es de once mil pesos por mes y que seguirá aumentando al igual que mi deuda.

    Vuelva a reeler y haga cuentas a ver si lo entiende; son datos de la realidad, a la que agrego la opinión de la funcionaria que muy gentilmente me atendió, que hizo sus cálculos y muy amable me dijo: “si usted hace entregas periódicas de ochenta mil pesos, le anulamos los intereses y usted elige en acortar el plazo o disminuir la cuota; usted decide”.

    Parece surrealista, pero ese es el diálogo a nivel de mostrador que se terminó cuando pregunté: “¿se ha tenido en cuenta que en 23 años ya he pagado más de dos veces y media el monto del préstamo en dólares?”. Y la respuesta nos ubica exactamente en el centro del problema: “lo que pasa, señor, es que usted no entiende que su préstamo no fue en dólares sino en U.R. y es por eso que sus cálculos están equivocados”.

    Y tiene razón, mis cálculos han estado siempre equivocados desde el mismo momento en que confié en el BHU y de total buena fe le he pagado sin protestar más de 280 cuotas reguladas según sus cálculos y que por una lógica perversa, no amortizan mi deuda que crece desmesuradamente año a año.

    Y agrego un detalle personal: tengo 77 años y dentro de siete se cumplen los treinta de mi contrato de préstamo y no sé si estaré vivo para arrimarme al mostrador y reclamar mis títulos de propiedad y el certificado de deuda saldada. Pero si yo no estoy mis hijos lo harán. ¿Qué les va a decir la muchacha de turno? ¿Que deben miles de dólares y les va a explicar otra vez la historia de la U.R? Amablemente, ¿les dirán que deben seguirle pagando al Banco para mantener su burocracia? ¿Hasta cuándo? Sólo el Oráculo del BHU sabe la respuesta.

    Pero debo aclarar, para que nadie sonría condescendientemente, que entiendo perfectamente esta lógica de la U.R. que se instrumentó en base a una razonable y bien intencionada justicia tributaria, aplicable a los préstamos hipotecarios de los años setenta del siglo pasado.

    Pero el tiempo ha transcurrido y ya no se trata de la tablita de multiplicar; se trata de sensibilidad social, de respeto a los ciudadanos que cumplen puntualmente con su compromiso contraído, que no le piden favores ni amnistías al Estado, que quieren pagar su deuda pero les es imposible hacerlo. ¿Nadie entiende esto? ¿Nadie comprende que este asunto superó los cálculos financieros y se transformó en un dilema ético y moral?

    No existe ningún mercader, ni en Venecia ni en ningún otro lugar, que practique una usura peor, con el agravante de que en este caso el usurero es el propio Estado, amparado en la más perfecta legalidad. Las personas físicas que lo representan y que tienen el poder legal de tomar decisiones que afectan a los ciudadanos, lo saben y son conscientes de ello. Pero resulta que no les importa.

    Mi humilde apoyo a quienes, hartos de esperar y de pagar, han acudido a la vía judicial para denunciar el abuso y les deseo la suerte de los justos. Pero lamentablemente soy pesimista; el ogro recaudador piensa inteligentemente pero ni es sensible ni razona: sólo tiene hambre.

    Carlos Rodríguez

    CI 1:672.977-1