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    Discriminación, segregación y payasos

    N° 1735 - 17 al 23 de Octubre de 2013

    Como destaca Búsqueda la semana pasada “cada quien emplea su derecho a la libertad de expresión como le dé la gana”. Transparente y democrático. Se podría complementar con una frase que suele repetir un ex juez: “cuando hay dudas entre la ley y la expresión, se debe priorizar la libertad”.

    Todos tenemos el derecho de acudir ante la Justicia para reivindicar nuestros reclamos. Sin embargo, sobre eso y el tema de esta columna, hay algunos aspectos a señalar para que el lector disponga de antecedentes y sobre el doble discurso que algunos regurgitan según les vaya en la feria.

    El abogado, ex diputado colorado, docente en Ciencias Políticas, ex consultor de Aladi, aspirante frustrado a ser candidato a la Presidencia de la República y autor de un buen libro sobre la corrupción, reconvertido al mundo del espectáculo y de los chimentos en las redes sociales, consideró públicamente la posibilidad de llevar a juicio a la periodista de Búsqueda, Laura Gandolfo. Lo impulsa la crítica que escribió sobre su libro “El bótox que el alma pronuncia” y porque lo calificó de “payaso”. Indirectamente, Gandolfo me empujó a leer el libro y no puedo dejar de compartir su crítica.

    Abdala rechazó la crítica en Facebook bajo dos ángulos: por un lado, la cuestionó en términos “diplomáticos protocolares”; y por otro lado, el Adonis, el Beau Brummell, el Apolo de los escenarios, descalificó el aspecto físico de Gandolfo: “Miro tu foto en Linkedin y advierto que muy agraciada no eres”.

    ¿Pensará lo mismo Abdala desde el escenario sobre el aspecto de las mujeres sentadas en la platea que van a verlo? ¿Qué reflexiones íntimas tendrá sobre sus compañeras en la TV?

    La discriminación física no termina con la descalificación estética. Quien discrimina busca segregar y someter al agredido a aflicciones psicológicas. Una de las vertientes del machismo y de la violencia de género.

    Muchas expresiones, en apariencia anodinas o graciosas para imbéciles, violan derechos humanos fundamentales, pero la mayoría las asume por idiotez, ignorancia o desinterés. Otros por conveniencia o solidaridad con el agresor, lo que es más grave.

    La ley 17.817 de “lucha contra el racismo, la xenofobia y la discriminación” fue respaldada en 2004 por todos los partidos políticos. Establece en su artículo 2º que “se entenderá por discriminación toda distinción, exclusión, restricción, preferencia o ejercicio de violencia física y moral, basada en motivos de raza, color de piel, religión, origen nacional o étnico, discapacidad, aspecto estético, género, orientación e identidad sexual, que tenga por objeto o por resultado anular o menoscabar el reconocimiento, goce o ejercicio, en condiciones de igualdad, de los derechos humanos y libertades fundamentales en las esferas política, económica, social, cultural o en cualquier otra esfera de la vida pública”.

    La discriminación estética —denigrante para la dignidad humana— ha pasado a ser tema central de analistas jurídicos, laborales y de derechos humanos. Sin embargo, en Uruguay políticos, sindicatos, artistas y organismos especializados, tanto privados como oficiales, se llaman a silencio o miran para el costado.

    Para este caso, es llamativa la defensa que el ex diputado Abdala realizó en el año 2000 para  modificar y ampliar en el Código Penal las normas sobre la discriminación.

    En esa época defendió una norma para castigar con seis a veinticuatro meses de prisión a quien “cometiere actos de violencia moral o física, de odio o de desprecio contra una o más personas en razón de su sexo, orientación o identidad sexual, profesión, oficio o condición física”.

    Pero la reforma quedó en la cuneta durante el debate legislativo y solo se votó añadir al Código Penal la discriminación u orientación sexual. Adecuado pero insuficiente.

    Ante lo sucedido, desconciertan las expresiones de Abdala al fundamentar como diputado ese texto luego descartado. Con particular energía y entusiasmo exhortó a sus colegas a votar la reforma sin “mirar hacia el costado” para combatir la violencia moral o física y de odio o desprecio.

    “Cuando se produce este tipo de circunstancias de discriminación, es claramente un indicador de intolerancia superior”, sentenció entonces. Transcurridos varios años el monstruo de aquella “intolerancia superior” que reprobaba se adueñó de su espíritu. Hoy dispara contra Gandolfo utilizando violencia moral y física, además de odio o desprecio.

    El último aspecto a señalar refiere a ley de prensa. La norma le asigna a la crítica literaria plena libertad para que el periodista se exprese sin cortapisas y deja sus expresiones fuera del sometimiento a la Justicia penal.

    Es inevitable advertir que nadie debe ofenderse por ser comparado con un “payaso”. Para ese oficio se requiere dedicación y el don de entretener o hacer reír, aunque se haga el ridículo. En los años 40 del siglo XX, el español Alejandro Casona hizo en Argentina el guión sobre  la historia de un payaso que  tituló “El que recibe las bofetadas”.

    Y cuando uno asume ese oficio, no hay más remedio que bancarlas.