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    Diva esplendorosa

    La mezzo Joyce DiDonato en la sala Eduardo Fabini

    Fue un verdadero acontecimiento dentro de la Temporada del Centro Cultural de Música (CCM). Solo verla entrar al escenario el viernes 15 con un elegantísimo y ceñido vestido negro, la cabellera rubia y las alhajas que centelleaban con las luces, una sonrisa franca y compradora y el balbuceo de tres frases recién aprendidas en castellano, entre ellas “Una cerveza, por favor”, resultaron suficientes para conquistar de inmediato a la audiencia.

    DiDonato interactúa con el público explicando previamente de qué se trata lo que va a cantar. Comenzó con la cantata Arianna a Naxos de Haydn (1732-1809) y con ella la conquista de la audiencia; lo que ya había logrado a carisma, lo reafirmó a pura voz. Exhibió un timbre carnoso en la zona media y grave, un admirable manejo de la dinámica y dio a la pieza gran estatura dramática. Siguió con dos enfoques de Cleopatra: uno más varonil y arrollador en el aria Morte col fiero aspetto de la ópera Marco Antonio y Cleopatra de Johann Adolph Hasse (1699-1783) y otro más femenino y desvalido en el aria Piangero la sorte mia, de la ópera Julio César en Egipto de Händel (1685-1759). En esta última hizo un apabullante diminuendo en la última frase del recitativo antes de repetir el aria, rebajando el volumen hasta el apagado total: una proeza de técnica y buen gusto.

    Terminó la primera parte con otro Händel, el aria Dopo l’oscuro nembo, pieza de dificultad extrema, plagada de adornos, saltos y agilidades de toda índole, que la cantante sorteó con galanura y —esto hay que subrayarlo— sin pérdida de volumen. Porque cuando la voz se somete a estas acrobacias, solo los privilegiados —DiDonato entre ellos— son capaces de evitar que caiga la fuerza e intensidad en la emisión y sostener parejo el volumen. Otra cuestión a resaltar en esta primera parte del recital fue el control del vibrato, logrando una línea de canto de gran sobriedad, adecuada a los compositores del siglo XVIII que abordó.

    En la segunda parte abandonó los textos más trágicos y sombríos del comienzo para internarse en la zona más risueña y amable del bel canto.

    En función del repertorio que abordaría no descuidó ni el detalle de su vestimenta, sustituyendo el negro absoluto por un elegante vestido con predominio del verde. Comenzó con el aria Dopo l’oscuro nembo de Bellini (1801-1835), de la ópera Adelson y Salvini, que más tarde debido a su éxito el autor reescribiría transformándola en el aria de Julieta en su ópera Montescos y Capuletos. Y el vibrato, atinadamente silenciado en los compositores del siglo XVIII de la primera parte, apareció acá con todo su brillo, pero siempre evitando excesos de desborde.

    Otro tanto ocurrió con todas las obras que hizo de Rossini (1792-1868), quizás demasiadas, porque hasta el bis fue del mismo autor. Pero DiDonato es una profesional y sabe que este es uno de sus puntos más fuertes. Entonces hay que respetarla y disfrutar del banquete de agudos y graves de igual pureza que desplegó en Beltá crudele, de la limpieza quirúrgica con que despliega los adornos, nuevamente del manejo de la emisión en el aria Non piú mesta, de La Cenerentola, y del alarde de control de la respiración y del buen gusto con que hizo la conocida tarantella La danza. Los grandes artistas pueden darse el lujo de confeccionar algo siempre distinto con estas piezas tan trilladas.

    Pero DiDonato nos trajo además dos gratos descubrimientos. El primero fue su acompañante habitual, el pianista francés David Zobel, un compañero de gran nivel, formado en el Conservatorio de París y en la Juilliard de Nueva York, de esos que calzan como un guante con el vocalista, atento a las mínimas inflexiones, con manos de digitación pareja y clara y un sonido siempre controlado, al servicio de la voz.

    Y el segundo descubrimiento fue el ciclo de canciones I canti della sera, compuesto en 1908 por el casi desconocido italiano Francesco Santoliquido (1883-1971). La cantante declaró a Búsqueda (ver Nº 1.776) que haciendo su música se siente muy cerca de Puccini, concepto que reiteró en el recital. Y fue uno de los momentos más disfrutables de la velada. Un piano afrancesado de fondo, con acordes y arpegios de color impresionista, resultó el respaldo de una línea de canto italiana hasta el tuétano, a veces con gran dulzura melódica (L’assiolo canta), otras con fuerte impulso emotivo (L’incontro), que dieron razón a la intérprete en la apreciación de su parentesco con Puccini. Por momentos conmovedoras, estas canciones fueron otra lección de versatilidad de esta gran artista.