• Cotizaciones
    sábado 18 de abril de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    Donación para pasta base

    Voy en un ómnibus casi vacío. Es domingo de noche y el centro se encuentra solitario y sórdido, como siempre los fines de semana, aunque algunos de sus hermosos edificios relumbran en la penumbra, iluminados los rostros de sus esculpidos faunos.

    18 de Julio es una gran pista para que el bus llegue rápido. De pronto, aparece una banda de chicos en skate. Esquivan ómnibus, taxis, seres humanos. Escucho al guarda decir: “¡Esto cada día está mejor, ja, ja: domingo sin inspectores!”. Percibo amargura en su voz. Y agrega: “¡El mundo está al revés: los chorros son los cuidacoches!”.

    El comentario me trae una catarata de recuerdos: en la gran crisis de 2002, donde tanta gente pasó miseria, consideré que la tarea de pedir una monedita a aquel que ha estacionado su auto era una forma de sobrevivir a la catástrofe.

    Pasaron los años. Como soy peatona empedernida, rara vez voy en auto. Pero a veces me dicen: “Dale, te llevo”. Aunque reconozco que llevarme a la Ciudad Vieja da pánico. Cuando están por arrancar, de las sombras surge una figura que pide su “propina” por haber vigilado el coche. 

    Mis amables amigos siempre tienen monedas junto a la palanca de cambios, pero jamás se guardan un comentario después de arrancar: “¡Estos tipos!”. No importa el partido que hayan votado, no importa que sean personas progresistas. El oficio de cuidacoches les resulta una tarea inexplicable.

    Luego llegan las anécdotas que nunca sé si son leyendas urbanas: “Te cobran por anticipado y después desaparecen”; “a mi hermana le rayaron el auto por no darles lo suficiente”.

    No puedo saber si son rumores o vivencias, pero de lo que sí soy testigo es de los músculos del cuidacoches que se ocupa de mi cuadra en la semana. Mi calle está tupida de autos de lunes a viernes: sus propietarios son abogados, funcionarios de alto vuelo, gestores culturales. El cuidacoches local hace, sin duda, buen dinero.

    Cada vez que me voy a trabajar, fugazmente diviso su torso fornido. Pienso: sería un digno obrero de la construcción, es joven y dinámico: ¿llegaría a capataz? ¿Cuántas fábricas necesitan un cuerpo así, esa vitalidad para correr si un coche se escapa sin pagar su tributo?

    Pero él ha optado por el oficio de cuidacoches: una mezcla de espía, mendigo, matón y mártir.

    En la otra cuadra, con el terreno demarcado, actúa otro cuidacoches, más bien escuálido. Un auto que vale miles de dólares está por salir. De la ventanilla asoma un brazo entrajado y ofrece un billete a la mano extendida. El coche parte.

    Inmediatamente veo al supuesto vigía de ladrones dirigirse a un zaguán donde una mujer muy pintada lo aguarda. Detecto un trasiego. Y ante mis ojos, el cuidacoches, a la luz de la bulliciosa tarde, toma su pipa y aspira pasta base. Un espectáculo cerca de las estatuas vivientes y los músicos de la Peatonal.

    Ese dinero que se va en humo, que corre por sus venas, que lo destruye, no paga impuestos. ¡Pero cómo circula!

    Necesito un contador: ¿cuánto dinero negro fluye por mi calle?