N° 1755 - 06 al 12 de Marzo de 2014
N° 1755 - 06 al 12 de Marzo de 2014
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDice el “Corán” que todo súbdito de Alá va escribiendo cada día un libro con sus actos buenos y malos y que a la hora de enfrentarse al Juicio definitivo se le reclamará que muestre el texto donde no falta nada de lo vivido, de lo pensado y, más severo aún, de lo que se ha evitado, de ese conjunto de silencios y de renuncias detrás de los que por lo común nos escondemos creyendo ingenuamente que nos ponemos a salvo, que nos cobijamos del deber que se espera de nosotros. El “Corán” también establece que ese insensato libro acompaña al hombre durante toda la eternidad.
La figura me parece perfecta: quiere significar que nada se pierde, que todo se guarda, que el olvido se devora seguramente las cosas de la conciencia (para aliviarla, para hacer posible la existencia fuera del cotidiano infierno) pero no puede extirparlas de la realidad. Hay que aceptar que sin que le otorguemos necesariamente algún tipo de consentimiento, sin ninguna ceremonia o marca destacada de la que mañana podemos exigir cuentas o modificaciones, nuestros actos fatalmente permanecen en los otros, en la vigilia de los que hemos amado o nos han amado, en las calles que discurrimos, en las cosas grandes o comunes de la vida y del mundo; y quedan —y esto para los justos debería ser fuente de esperanza tanto como lo es de angustia— en la indulgente y clara mirada de Dios. La idea de Spinoza de que todo lo que existe se obstina en permanecer en su ser se aplica escrupulosamente a nuestras decisiones, a aquellos actos que al cabo de una jornada nos hicieron merecedores de encomio, de reproche, de conmiseración o —lo que en verdad es más frecuente— de simple y desabrido desdén.
Freud creyó demostrar que los nudos que realmente nos aprietan nunca desaparecen, que se pueden sofocar, desplazar, enmascarar, disimular, pero siempre están allí. Lo que no hay, dice Borges, es olvido; en alguna parte algo (o todo) queda. Y hay que aceptarlo con alegre resignación: alguien en algún lado está anotando, está llevando cuentas y al final alguien termina cobrándose hasta la última moneda. Los soberbios, aquellos que cometen la imprudencia de equipararse a dioses y creerse invulnerables —aun cuando sean ordinarios, o mugrosos, o cínicos, como ciertos gobernantes no lejanos— deberían saber que sus males no son invisibles y tampoco sin consecuencias; en alguna parte quedan y por algún medio habrán de pagarlos.
Quizá el más hermoso emblema de esta sabiduría de los tiempos lo tengamos en “El retrato de Dorian Gray”, para mí una de las novelas que mejor ilustra el carácter justo e implacable del destino. Allí Oscar Wilde se propone mortificar precisamente a todos los vanidosos, a todos los fatuos sin medida que creyeron que los momentos de fama o de buen suceso se fijan eternamente, que la luz que reciben es ilimitada, que nunca llegará la noche. Pero aunque la nieguen, aunque quieran espantarla con el insensato júbilo de circunstancia, con las efímeras glorias de este momento, la noche va a llegar y será, como cuadra a su oscura naturaleza, implacable, por lo que se va a cobrar lo que haya que cobrar; sin piedad, sin tregua, sin experimentar ningún remordimiento.
La fábula de Wilde versa sobre un hombre que lleva una vida infecta y dañina, ese tipo de vida debía hacerle parecer viejo y que le salieran arrugas en el rostro y bolsas debajo de los ojos y lo condenara a tener los pies malolientes y deformes, como pescados largamente muertos y aplastados, que le destrozara el hígado y le produjera inoportunas enfermedades venéreas. Sin embargo el hombre no sufre, no acusa ningún signo de su abyección; los años pasan y él sigue pareciendo joven, como si hubiera descubierto el secreto de la eterna juventud. Pero como los crímenes, las abominaciones y las maldades, por más que se quieran ocultar o no se quieran ver, siempre salen a la luz, tenemos que en un cuarto cerrado de la casa hay un cuadro con su retrato pintado y es el cuadro el que va envejeciendo y sufre los deterioros de la mala vida y de las enfermedades terribles que él debería padecer. Cuando se descubre en esa versión, Dorian Gray destruye el cuadro, y como consecuencia cae enfermo, envejece al instante y, para bien del mundo, muere.
Sería deseable que una maldición análoga llegara pronto a estas sucias y olvidadas playas del mundo y que todos los degenerados morales se mostraran como realmente son y no como quisieran que los vean. Sería no el colmo, pero sí el principio de la Justicia.