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    Dos amigos bifurcados

    Es fácil desviarse. Conversaciones con Alberto Mandrake Wolf, de Mauricio Bosch

    La pregunta es: ¿cómo aún no se había escrito este libro? Desde hace por lo menos 15 años el protagonista ha demostrado ser un personaje muy seductor, periodísticamente hablando. Impredecible, incorrecto, profundo, divertido, jugoso en lo conceptual y ni que hablar en lo anecdótico. Su camino es tan personal y original que siempre tiene una nueva arista a revelar. Porque se ha dedicado a romper los bordes de los géneros, a encastrar piezas aparentemente antagónicas para lograr la condición de raro, el inclasificable de verdad. Cada reportaje a Alberto Mandrake­ Wolf es un paseo en modo random por su vida y obra, junto a mil y una historias de Montevideo y sus personajes, especialmente los de la noche. Incluso en los últimos años sus conciertos con Los Terapeutas y a solas con su guitarra, se han transformado en una especie de stand-up con cuentos más largos que la canción que presenta. En ocasiones, la complicidad del público provoca el estiramiento de esos monólogos e incluso el intercambio con los espectadores. Y más aún si el show es en Solitario Juan, el boliche de la calle Rodó en el que juega de local. Sobraban los motivos para que apareciera un libro que reuniera la historia y la palabra de Mandrake Wolf. 

    Y el mérito de hacerlo realidad es de Mauricio Bosch, un periodista que confiesa haber adoptado el oficio de escribir de música persiguiendo el sueño de ser músico; un tipo que desembarcó en el periodismo musical movido por el placer de hacer y escuchar música y compartir su tiempo con los músicos. Por esas mismas razones es que hace dos décadas, poco después de dejar su Durazno natal, puso un boliche por el Palacio Legislativo, donde conoció a Mandrake, de quien primero fue alumno de guitarra y luego amigo.

    En 214 páginas divididas en 20 capítulos, Es fácil desviarse. Conversaciones con Alberto Mandrake Wolf es el testimonio informal y desestructurado de una charla de amigos, en la que no es imprescindible el orden cronológico o temático. La jerarquía está dada por el impulso del momento de cada uno de los encuentros que Bosch y Wolf mantuvieron durante tres años. Incluso, cuando en alguna de esas tardes no hubo ánimo de entrevista formal, la dupla sale a buscar un tocadiscos al service y termina hablando del partido del domingo anterior.

    “Este libro es una suerte de mapa-guía de uno de los períodos más fermentales de la música popular uruguaya”, dice Sebastián Amoroso en el prólogo. Es que junto al relato de cómo surgieron discos como Mestizo en todos lados, Candombe del no sé quién soy o Primitivo, la charla toca lateralmente episodios como el auge del canto popular, la oleada rockera que vino con la vuelta de la democracia (1985-1989) o el período de oscuridad y depresión que marcó la primera mitad de los años 90 en la música uruguaya. De a poco se desgrana la trastienda de músicas y letras, los procesos de grabación de los discos, “las pócimas que habitan las geografías y los universos de Mandrake”.

    Bosch llama a Durazno, la ciudad donde nació y retornó hace unos años, como “Villa Quieta”. No es un detalle, porque junto a la desgrabación literal de las entrevistas, el autor desliza una serie de textos breves que introducen cada capítulo y cumplen la función estratégica —en pos de una narración ágil y entretenida— de situar en contexto al lector. Esas escuetas crónicas en primera persona aderezan con su poética los relatos del protagonista, y oxigenan la lectura, y atenúan el formato pregunta-respuesta, que si se extiende demasiado puede resultar algo abrumador.  

    “Recuerdo bastante bien aquel mediodía en el que escuché por primera vez a Alberto Wolf y Los Terapeutas. Transcurría algún viernes del comienzo de la última década del siglo XX en la Villa Quieta, cuando después del almuerzo me dirigí a la farmacia familiar a hacer algunas tareas administrativas, de esas que otorgaban algún dinero a la cabeza adolescente que por esos días gobernaba mi vida, que en muchas ocasiones terminaba en las arcas de alguna disquería”. Bosch describe un artículo del suplemento Día Pop en el que “aparecía el enigmático cantante de gafas y su séquito hablando de algo que para este adolescente del interior era novedoso: la mezcla del candombe y el rock que estaba presente en los discos de Rubén Rada y Jaime Roos, pero que no figuraba en aquella camada rockera impulsada por la apertura democrática. (…) Cuando a mis oídos llegó Los perros saben siempre dónde está lo bueno me percaté de que la cosa era distinta”. Ese día fue “un antes y un después para un adolescente que se proponía hacer canciones”.

    Esta larga charla comienza en la la esquina de Echevarriarza y Berro, recorre las calles de Pocitos Nuevo, el origen alemán de la familia Wolf (su padre nació en Alemania y vino de niño, y uno de sus hermanos volvió a la madre patria teutona, donde es un acaudalado empresario), su educación en el Colegio Alemán y el paulatino viraje de su sensibilidad, desde una infancia tradicional a una adolescencia callejera en la que la cultura popular montevideana empezó a correr por sus venas. Luego vienen episodios cruciales como conocer a Eduardo Mateo a mediados de los 80 y cómo el autor de Príncipe azul dio un empujón al joven Mandrake al decirle que de su primer disco (a medias con El Cuarteto de Nos) le había gustado más la mitad suya.         

    Bosch (Durazno, 1973) es un melómano de perfil ecléctico, con un pie en el rock y otro en la música uruguaya de autor, mundos yuxtapuestos en la música de Mandrake. El escritor se enciende cuando cuenta que todo lo que quería era estar cerca de la música y los músicos que le gustaban. “Desde terminar el liceo para llegar a Montevideo y poder ir a los recitales, estudiar Ciencias de la Comunicación, cocinar o abrir un bar”. Además de estudiar guitarra, composición y armonía con Mandrake, mantuvo un estrecho vínculo con otro artista insular de los años 80 y 90, Gustavo Pena (El Príncipe) y también con Juan Bervejillo, frontman y principal compositor de La Chancha, banda de rock que también ha sabido mantenerse al margen de modas y movidas. Además de ejercer el periodismo musical en el diario El acontecer de Durazno, en Brecha, El País Cultural, La República, Pimba! y La Diaria, en 2012 publicó en coautoría con Bervejillo el libro Porcinismo. Larga vida a La Chancha (Estuario), y en 2015 volvió a radicarse en Durazno, donde armó la productora de espectáculos Villaquieta, que organiza ciclos con artistas de todo el país. Además se convirtió en manager de artistas locales, produjo videoclips, y llevó adelante una columna radial titulada Conexión Villaquieta en La X.

    La segunda mitad de Es fácil desviarse es especialmente disfrutable porque abarca el período más estable de la vida y de la carrera artística de Wolf, cuando se consolida el proyecto de Los Terapeutas, de la mano del disco Amor en lo alto (Sondor, 2002), seguido de dos grandes obras (Hay cosas que no importan, en 2005, y De, en 2008), que dan forma a una trilogía excepcional, que transformó a la banda en un faro creativo de la música uruguaya. 

    Hay que apuntar que la edición es un poco desprolija en la escritura, con algunos errores perfectamente evitables que impiden una óptima presentación. De todos modos, esos detalles formales no alteran la agradable sensación que deja cada capítulo. Estas páginas son especialmente valiosas para quien quiera hacer de la música algo más que un mero pasatiempo.

    Es fácil desviarse. Conversaciones con Alberto Mandrake Wolf, de Mauricio Bosch (Estuario, 2017). Precio: $ 500

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