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‘Trainspotting’ a sus 30 años: la película que eligió la mugre y terminó convertida en museo
Estrenada en 1996, la película de Danny Boyle dinamitó al cine británico con una mirada sobre la heroína en los barrios de Edimburgo y hoy es un clásico canónico
Ewan McGregor, Ewen Bremner y Jonny Lee Miller en una escena de Trainspotting.
En la Navidad de 1993, en un vuelo de regreso a Glasgow, Escocia, el productor Andrew Macdonald se llevó una novela de regalo a bordo. Cuando aterrizó, supo que sus socios, el cineasta Danny Boyle y el guionista John Hodge, también tenían que leerla. El trío acababa de terminar el rodaje de su primera película, Tumba a ras de la tierra, y buscaba lo siguiente.
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Boyle era un director inglés con raíces teatrales que ya empezaba a mostrar su energía visual y rechazo al realismo social en el cine. Cuando llegó al primer párrafo, pensó que lo que estaba leyendo era un-fucking-believable. De no creer.
“A Sick Boy le chorreaba el sudor; temblaba. Yo solo estaba sentado ahí, concentrado en la tele, tratando de ignorar al imbécil. Me estaba bajoneando. Intenté mantener la atención en el video de Jean-Claude Van Damme”.
Las palabras eran de Irvine Welsh, un escritor hasta entonces desconocido, expunk y exadicto que debutaba en la literatura con un libro titulado Trainspotting, publicado por una pequeña editorial escocesa. Escritas en un dialecto escocés cerrado, que ningún traductor al español logra capturar del todo, esas palabras contenían toda una película. Una voz, un vértigo y una pulsión autodestructiva que fue convertida en cine.
Treinta años después de su estreno en 1996, Trainspotting, la película de Danny Boyle, cumple una vida entera. Y llega a este aniversario transformada.
Lo que en su día fue un bombazo contra la sobriedad de las películas británicas es hoy un objeto de culto canonizado. Su afiche anda colgado en paredes y estampado en remeras. El monólogo inaugural, conocido como Choose Life (“Elige la vida”) y originalmente una diatriba contra las opciones inocuas del consumismo —la carrera, la familia, una televisión ridículamente grande—, también mutó. Despojado de su veneno, muchos lo llevan como el canto de una rebeldía cool.
Los servicios de streaming no tienen hoy a Trainspotting en su catálogo. En la Mediateca Ronald Meltzer del Parque Rodó se puede alquilar una copia en DVD. Eso, también y a su manera, es cool.
Embed - Iggy Pop - Lust For Life
Lo imposible
El propio Welsh recordaba años después, en una entrevista con Búsqueda, cómo fue la recepción inicial de su novela. “Al principio pensé que la iban a comprar los músicos, los punks, pero a la gente en mi país le gustó enseguida. Cuando vendí 10.000 copias, decían: ‘Este es un genio’. Pero cuando llegué a vender un millón de ejemplares, decían: ‘Ah… este sorete’”.
Hodge, guionista y médico en ejercicio, veía entonces un problema para adaptarla. ¿Dónde estaba la historia? El texto eran puras voces, episodios, un remolino repulsivo sin arco narrativo claro. Era genial, sin dudas, pero imposible de filmar.
La solución llegó en un tren. Macdonald, Boyle y Hodge andaban de recorrido de producción por Edimburgo cuando, de regreso, empezaron a hablar del comienzo de la película. Hodge señaló que el monólogo aparecía a mitad del libro, no al principio. Y que, en realidad, era la exposición perfecta del credo de Renton, el personaje alrededor del cual organizarían el relato. Decidieron adelantarlo.
Así, Hodge entendió pronto que ser fiel al texto era una trampa. Desaparecieron personajes enteros, se fusionaron otros y se descartaron escenas que en el libro funcionaban, pero que en la pantalla no tenían lugar. Quedó Renton como voz dominante.
Trainspotting contaría la historia de Renton y su círculo de amigos —entre ellos, el volátil Sick Boy, el violento Begbie y el entrañable Spud—, un grupo de jóvenes adictos a la heroína en los barrios degradados de Edimburgo que, entre sobredosis, negocios turbios y alguna que otra tragedia, intentan sobrevivir a un país sin futuro.
Welsh apoyó plenamente la transformación. Para el autor, la fidelidad al espíritu importaba más que la literalidad del texto. Y el espíritu, según entendían todos, era la energía. La energía de una juventud que en la Escocia posterior a la primera ministra Margaret Thatcher encontraba en la heroína no una rendición, sino una de las pocas formas verdaderas de elección.
Embed - Trainspotting is BACK in stunning 4K | Film4 Trailer
El elenco
El actor Ewan McGregor no estaba contemplado en el guion cuando se escribió. Para una parte del equipo era demasiado guapo, demasiado glamoroso para el papel de Renton. El personaje requería algo más oscuro, más deteriorado.
McGregor leyó el guion en un vuelo de regreso del Festival de Sundance, donde el equipo promocionaba Shallow Grave. Decidió que tenía que ser suyo. Seis semanas después, cuando se rencontró con Boyle y Macdonald, había adelgazado varios kilos y se había rapado. Así declaró sus intenciones. Funcionó.
Jonny Lee Miller llegó del teatro. Boyle ya había visto en Londres esa mezcla de encanto y amenaza que definía a Sick Boy. Robert Carlyle impuso su presencia desde la audición al entender que Begbie era violencia pura, que no debía gustar solo por ser coprotagonista. Ewen Bremner, por su parte, ya conocía el material. Había interpretado a Spud en el teatro y entendía su fragilidad, esa torpeza entrañable. Kelly Macdonald no era actriz. Trabajaba en un bar y llegó por insistencia de una amiga. Sin experiencia, tenía una mirada que se encontraba en otra actriz y que le dio el papel de Diane, el interés romántico de Renton.
Miseria recargada
Ewan McGregor en Trainspotting
Ewan McGregor en una escena de Trainspotting
PolyGram Filmed Entertainment
El cine social británico de la época, el de Ken Loach y Mike Leigh, abordaba la pobreza y la marginalidad con una mirada seria. Eran películas necesarias, pero para Boyle resultaban demasiado solemnes. Él quería que la gente entrara a la sala sin saber bien qué iba a ver, que se riera primero y que después, cuando ya fuera demasiado tarde, le llegara el golpe.
La escena del baño “más asqueroso de Escocia” funcionaba como el termómetro perfecto. Renton se sumerge en un water y, en lugar de inmundicia, encuentra un mar donde nada plácidamente. Para sus creadores, era comedia surrealista y una puerta para ingresar a la Escocia que estaban construyendo.
Para darle un estilo visual, Boyle mostró al equipo un conjunto de películas de referencia. La naranja mecánica, 2001: odisea en el espacio, El exorcista. Y usó pintores, con Edward Hopper y Francis Bacon como guías cromáticas para el diseñador de producción Kave Quinn y la vestuarista Rachael Fleming.
Hay una ironía geográfica no tan conocida. Trainspotting, la gran película de Edimburgo, fue filmada casi íntegramente en Glasgow. Las limitaciones de producción llevaron al equipo a construir la Edimburgo de Renton y los suyos en otro territorio. Una Escocia ensamblada desde el artificio y editada al ritmo de Buenos muchachos.
El propio rodaje fue un ejercicio de velocidad. Siete semanas y media de filmación. Dos meses de edición. Macdonald contó que cuando mostraron los primeros 10 minutos a algunos colaboradores cercanos, la reacción fue de alarma. Dijeron que nunca iba a poder estrenarse.
Cuando llegó a las salas, en febrero de 1996, la crítica no fue tan elogiosa. Poco a poco, con la campaña publicitaria, la banda sonora —con Iggy Pop, Underworld, Lou Reed y Pulp— y una oleada de perfiles periodísticos sobre Boyle y McGregor, se empezó a combatir la resistencia inicial ante la película. Con su estreno también empezó algo que no duró, pero que mientras duró fue real: una industria cinematográfica británica con la confianza suficiente para competir con Hollywood.
Embed - Underworld - Born Slippy (Nuxx) Danny Boyle 2003 version
Tren bala
Hay una imagen que el productor Macdonald suele recordar con cariño: la prueba que hizo la distribuidora Miramax en Nueva York antes del estreno estadounidense. La sala, llena, tenía cinco escoceses que traducían partes del diálogo al público. Trainspotting fue puntuada altísimo por ese público. El punto que más destacaron los evaluadores era el ritmo. Dijeron que era la primera vez que una película les parecía demasiado rápida en ciertos momentos. Macdonald pensó que era fantástico.
Treinta años después, esa velocidad sigue siendo uno de los atributos que define a la película de Boyle: la sensación de que todo pasa antes de que puedas procesarlo. Es una película que no pide permiso. Elige la mugre y la convierte en estilo. Elige el caos y le da sentido. Elige, en definitiva, no ser una advertencia, sino una vivencia.
Irvine Welsh observó hace poco, en el aniversario de su novela, que el célebre “Elige la vida” ya no suena igual. Que hoy podría leerse como una descripción de lo que va quedando en un sistema que colapsó. Aún así, la grandeza de Trainspotting sigue en su arte. En su capacidad para convertir lo brutal en algo que aún hoy, tres décadas después, sigue haciendo imposible apartar la mirada.