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    Dos caras de la misma moneda

    Director Periodístico de Búsqueda

    Nº 2081 - 23 al 29 de Julio de 2020

    La anécdota representa a dos generaciones, una de salida y otra de llegada. Fue hace casi dos años en uno de los tantos baños del Palacio Legislativo, más precisamente en el segundo piso, cerca de los despachos de los protagonistas. El que entró, con su característico paso apurado, fue el entonces senador Luis Lacalle Pou, hoy presidente de la República. Adentro, iniciando su retirada con parsimonia, estaba su entonces colega en el Parlamento y expresidente José Mujica.

    Lacalle Pou aprovechó la oportunidad del encuentro. Muy pocas veces habían estado a solas los dos y entonces decidió interpelarlo. “¿Va a ser candidato o no?”, preguntó. “Yo conozco a los de su especie. No se retiran nunca”, le dijo en referencia a su padre, el exmandatario Luis Lacalle Herrera.

    Mujica le respondió que no se postularía otra vez a la presidencia y le dio dos motivos principales. El primero fue que estaba convencido de que el Frente Amplio iba a perder las elecciones y el segundo que se sentía un dirigente político de otro tiempo y que era preferible que el país fuera gobernado por un representante de las generaciones más jóvenes, con mayor conocimiento de la era digital. Lacalle Pou respondió con una sonrisa y luego lo acompañó hasta la puerta.

    Pocas anécdotas hay tan útiles para describir los tiempos actuales. Lo que vino después todos lo saben: Mujica no se presentó y Lacalle Pou ganó las elecciones, desplazando al Frente Amplio del poder después de 15 años.

    Así Lacalle Pou se transformó en el símbolo de una nueva etapa. Mujica quedó como uno de los principales referentes de otro tiempo, el que terminó. Uno viejo y otro joven, según los parámetros políticos. Uno más asociado a la derecha y otro a la izquierda, aunque esas etiquetas a veces sean muy relativas y se usen como forma de desacreditar. Uno que vive en un barrio privado cercano a Carrasco y otro en Rincón del Cerro. Uno que creció en una familia de políticos —hijo de un expresidente— y otro que fue guerrillero durante una parte importante de su vida y pasó más de una década en calabozos en condiciones infrahumanas.

    Un abismo los separa, teniendo en cuenta todas esas diferencias de vida y también otras ideológicas. Pero en otro aspecto son dos caras de la misma moneda: la forma de hacer política. Comparten una característica sobresaliente de cualquier buen líder: el olfato, y desde allí elaboran sus estrategias.

    Es probable que muchos consideren una locura aventurada esta comparación entre Mujica y Lacalle Pou. Es más: me arriesgo a vaticinar que la mayoría de los seguidores de ambos dirán a priori que es un absoluto disparate, sin detenerse en los argumentos. Pero no lo es. Ambos tienen más puntos en común que los que surgen a simple vista. Y a los dos los critican sus adversarios por las mismas cosas.

    Al gobierno lo maneja una agencia de publicidad, repiten muchos opositores a Lacalle Pou en estos días. Lo dicen como una crítica, como si comunicar de una forma atractiva y mostrar de la mejor manera lo bueno que haya para mostrar fuera algo malo. Lo que no ven o no quieren ver es que la comunicación en un gobierno es central. No es solo lo que se diga sino cómo se diga.

    En eso Mujica siempre fue un experto. La comunicación fue y es su fuerte. Claro que también por eso del otro lado le decían que solo era un producto del marketing y que lo que hacía era vender humo. Creó un personaje y vive de él, todo lo que hace es publicitario, criticaban los mismos que hoy aplauden a Lacalle Pou. Y viceversa.

    Mujica dio durante su presidencia entrevistas a los principales medios del mundo. The New York Times, El País de Madrid, Der Spiegel de Alemania, The Guardian de Inglaterra, las cadenas BBC, CNN y Deutsche Welle, todos pasaron por su chacra en las afueras de Montevideo. También lo hicieron otros medios de más de 40 países. Al final de su mandato, dedicaba todas las mañanas de los miércoles a la prensa internacional. Y era cuestionado por sus opositores, que opinaban que tenía esa proyección internacional porque los líderes políticos mundiales dan lástima.

    Ahora, cuando los principales medios y periodistas argentinos entrevistan y halagan a Lacalle Pou, los que antes agradecían a Mujica por la fama mundial que le daba a Uruguay, argumentan que el éxito del actual presidente en la vecina orilla es debido al fracaso de Mauricio Macri. La derecha argentina y continental necesita un referente y por eso recurren a Lacalle Pou, dicen.

    Es posible que todos tengan razón, los que aseguraban que Mujica brillaba en el exterior por la decadencia de otros líderes y los que sostienen que Lacalle Pou ocupa un espacio vacío en Argentina y en el continente por el mal desempeño de otros presidentes. Pero recurrir a esos argumentos para tratar de desacreditar la fama internacional —aunque sea temporal— de los presidentes uruguayos es una estupidez digna de un país que disfruta dañándose a sí mismo.

    Que un mandatario uruguayo sea visto en el exterior como un referente y modelo a seguir es una buena noticia para sus compatriotas. No podría haber dos lecturas al respecto. El que se beneficia de la proyección internacional es el país y no solo la persona. El problema es que aquí parece que la bandera o camiseta local es mucho más importante.

    Es un hecho. A una mayoría de los uruguayos le cuesta muchísimo separar al gobierno de los bandos en los que se muestra dividida parte de la sociedad. Por eso, todo lo leen en blanco y negro, hasta lo que ocurre fuera de fronteras con sus representantes. Viven la política como una pasión, como si fuera una eterna disputa entre rivales irreconciliables. Buscan destruir adentro lo que tanto trabajo cuesta construir afuera.

    Tienen razón Lacalle Pou y Mujica: Uruguay no es viable si no logra crecer desde el exterior. Recorren o recorrieron caminos muy distintos para lograrlo y apuestan a públicos diferentes, pero ambos resolvieron abrir las fronteras para sumar extranjeros. Un Uruguay totalmente abierto: esa debería ser una política de Estado. Dos referentes de veredas contrarias muestran con su accionar estar de acuerdo. El principal obstáculo que encuentran son, una vez más, los propios uruguayos.