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La imagen es elocuente: entre una pared de tomos voluminosos y unos aparatos indefinidos por el desenfoque, el hombre de traje oscuro, pelo engominado y reloj pulsera, escudriña con mirada científica un póster de un hombre de rostro enjuto, vestido con camisa blanca, sombrero negro de ala ancha y con una guitarra en sus brazos. Es la síntesis vital del musicólogo Lauro Ayestarán, el hombre que durante más de 25 años registró, ordenó, clasificó y sistematizó la música de raíz folclórica en todo el país; el investigador que construyó un legado formidable y contribuyó a consolidar la certeza de que la música uruguaya es mucho más ancha, larga, profunda y autóctona de lo que se creía hasta la mitad del siglo XX; el académico que pasó casi toda su vida adulta con un micrófono en la mano, de rancho en rancho, para reunir más de cuatro mil archivos sonoros de todos los géneros populares y dejó de grabar cuando la muerte lo sorprendió con tan solo 53 años.
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El centenario de su nacimiento originó primero una muestra del Centro de Fotografía —“Músicos”, en la Fotogalería del Prado, durante marzo y abril— y ahora la exposición documental La música en el Uruguay por Lauro Ayestarán, en la Sala de Exposiciones del Teatro Solís.
La muestra contiene cientos de fotografías —la mayoría de Apolo Ronchi, su habitual fotógrafo—, partituras, fichas de registros, cartas, anotaciones, ensayos académicos como el célebre “Esquema de nuestra realidad folclórica”, artículos de prensa y reseñas críticas —una muy sabrosa y sutil en la que protesta ante una interpretación a su juicio algo errada de Nybia Mariño—, libros propios y ajenos, y objetos clave en su obra, como su mesa de trabajo con su cámara de fotos, su máquina de escribir, sus grabadores portables de cinta (marca Butova) y el mixto de discos y cinta (Norton).
La foto de un negro de 90 años que toca el bandoneón se impone al fondo del pasillo donde se inicia el recorrido por esta sala laberíntica y hermética, situada en el subsuelo del teatro. Rostros como ese reflejan vidas de trabajo matizadas con fogones, asados con cuero y festivales tradicionalistas, donde los músicos eran por lo general figuras anónimas que interpretaban piezas de autores igualmente desconocidos. A pocos metros, una niña de Lascano refleja otra dimensión de esa musicalidad natural que le importaba a Ayestarán: la de los juegos y danzas infantiles, en rondas callejeras y escolares. Junto a ella, una frondosa lista de divertimentos de esos que siguen sonando hasta hoy allí donde se junten dos o más mocosos de túnica y moña: “Antón Pirulero”, “La rueda, rueda”, “Aserrín, Aserrán” y mil más.
Bajo una vitrina, un ejemplar original del libro “La música en el Uruguay”, fruto de más de dos décadas de labor documental y analítica, publicado en 1953, explica el nombre de esta exposición: Ayestarán planeaba otro volumen, pero el segundo infarto en poco tiempo malogró sus planes y su vida, cuando terminaba su libro sobre el candombe y se disponía a sumergirse en el barroco sudamericano. La posta fue retomada hace varios años por un grupo de investigadores académicos liderados por Coriún Aharonian y Daniel Vidart, quienes lograron después de muchos años de idas y vueltas judiciales y burocráticas, fundar el Centro Nacional de Documentación Musical Lauro Ayestarán (www.cdm.gub.uy), dirigido desde su creación en 2009 por Aharonian, y que tiene a su cargo el enorme acervo documental.
La muestra, cuya curaduría es de la musicóloga Olga Picún, es el primer emprendimiento importante de esta institución dedicada a conservar y compartir este archivo con los uruguayos. Así, en el marco de la exposición tienen lugar varios seminarios para docentes de música y público en general y un programa de visitas guiadas.
El montaje separa con un criterio temático las diversas áreas de trabajo de Ayestarán. Sus constantes incursiones al interior profundo son representadas, además de con las fotos y textos, con afiches que anuncian “la llegada del prestigioso investigador, que estará recibiendo a los artistas para registrar su obra”. Un espacio dedicado a la clasificación de los géneros populares, armado con decidido tono didáctico, define con claridad el estilo, la cifra, la milonga y la vidala, definidos por Ayestarán como las principales manifestaciones musicales del Uruguay campero. Asimismo, ilustra sobre los diferentes usos de cada uno (la vidala es ideal para cantar penas de amor, por ejemplo) y explica las distintas versificaciones, como la décima. En un rincón se pueden ver las fichas de trabajo que forjaron su monumental base de datos, con decenas de variables tales como género, autor, nombre del “informante” (intérprete), lugar y fecha del registro y especificaciones técnicas como el grabador, la cinta y el micrófono utilizados.
Otro cuadro, muy ilustrativo, de puño y letra del eminente maestro, clasifica las danzas criollas entre colectivas, en solitario y de parejas. Ayestarán deja claro que el “Pericón” dejó de ser una manifestación genuina y espontánea en la década de los 20 y que desde entonces solo es “la repetición de una tradición”.
El candombe y la murga tienen también su espacio destacado, especialmente la percusión afrouruguaya, a cuya valoración como manifestación cultural nacional de primer orden contribuyó decididamente Ayestarán en una denodada batalla académica contra la estigmatización de la cultura negra. En el disco “Un mapa musical del Uruguay” (Ayuí, 2003) están las grabaciones en su propia casa del Prado, donde explica el toque del chico, piano y repique y su ensamble.
En el piso y vitrinas se destacan algunos de sus conceptos y frases más recordados, que reflejan su pensamiento musical: “Un hecho folclórico no muere por viejo sino por haber perdido su irradiación”; “El folclore es una unidad cultural que se entiende y se descifra cuando se recoge integralmente”. Pero también está su visión antropológica: “El folclore se ríe de la geografía”; “La música es una de las tantas formas de expresión de un todo que es la sabiduría popular”, “Todos somos portadores del folclore”. Y política: “A la unificación de América puede contribuir el estudio del folclore”.
Para ilustrar su fenomenal y tesonero periplo por caminos de tierra y trillos vecinales para llegar allí donde sonara una vigüela, un fuelle o la voz de un cantor, Don Lauro encuentra una figura gráfica lapidaria: “Si la circunferencia terrestre es de cuarenta y tantos mil kilómetros, yo he dado dos vueltas al mundo dentro de los límites de nuestro territorio con el grabador a cuestas”.
Al final del recorrido, un espacio multimedia interactivo permite al público escuchar varias tomas de sonido típicas del trabajo de campo de Ayestarán, a través de laptops del Plan Ceibal, un par de ellas dispuestas sobre un vareliano banco de escuela con sillas pequeñas. Mientras un audiovisual es reproducido en la sala de proyecciones del teatro, una pizarra permite a los visitantes dejar escritos versos de tonadas tradicionales que recuerden su infancia, para continuar el registro iniciado hace 70 años por el homenajeado.
La muestra revela una dimensión singular y riquísima de nuestra historia, imprescindible para quien quiera entender cabalmente la música que sonaba —y suena— tierra adentro, mientras en los bailes citadinos los muchachos cabeceaban a las chiquilinas para bailar “la típica o la jazz”.
“La música en el Uruguay por Lauro Ayestarán. Volumen II”, en la Sala de Exposiciones del Teatro Solís. Curaduría, investigación documental y textos: Olga Picún.Hasta el 25 de agosto, de martes a domingos, de 11 a 20 h. Entrada libre.