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    El Estado expropiador

    Sr. Director:

    La mayor o menor disposición que tenemos los seres humanos a postergar nuestro bienestar presente a cambio de un mayor bienestar futuro —o sea, nuestra preferencia temporal— ha sido un factor determinante en el proceso civilizatorio de la humanidad.

    Nuestra menor o mayor preferencia temporal hace que estemos más o menos dispuestos a ahorrar, es decir, a ofrecer bienes en el mercado de tiempo, y nuestra capacidad de ahorro determina la velocidad con la que somos capaces de crear bienes de capital (tractores, cosechadoras, computadoras, etc.). Estos bienes de capital aumentan la producción de bienes que dan satisfacción a nuestras necesidades de consumo (alimentos, abrigos, medicinas, entretenimiento, etc.). Una menor preferencia temporal (mayor disposición a ahorrar) fortalece el proceso civilizatorio de la humanidad, poniendo a su disposición mayor cantidad o mayor calidad de bienes para atender necesidades de consumo, materiales o inmateriales.

    La preferencia temporal es un rasgo que se manifiesta con diferente intensidad psíquica en diferentes personas, y en diferentes etapas de la vida de una misma persona. Los niños, por ejemplo, tienen una altísima preferencia temporal (el tiempo les resulta muy “caro”), ya que se ven urgidos por dar satisfacción inmediata a todas sus necesidades de consumo. Se han hecho estudios en los que podemos ver niños que no pueden contener sus ganas de comer un chocolate de manera inmediata, a pesar de la promesa de darles otro si no comen el primero en el transcurso de una hora. A medida que maduramos, nos volvemos más enfocados en el futuro (porque pensamos en formar una familia o por cualquier otro proyecto de vida que tengamos en mente), y aumenta nuestra disposición a renunciar a bienestar presente a cambio de un mayor bienestar futuro. Los delincuentes, por dar otro ejemplo, son personas de alta preferencia temporal; siempre prefieren bienestar presente, y son incapaces de trabajar primero para consumir después, por lo que optan por tomar los bienes de otros.

    La preferencia temporal media de la humanidad ha disminuido de manera continua a lo largo del proceso civilizatorio del hombre, lo cual se evidencia en una disminución continua de la tasa natural de interés, y tiene su consecuencia más importante en un aumento de la productividad, lo cual aumenta nuestra riqueza ya que se traduce en mayor cantidad y en mejor calidad de bienes de consumo (alimentos, abrigos, medicinas, entretenimiento, etc.). Este descenso tan importante de la preferencia temporal, ocurrido durante siglos, no se vio enlentecido, sino interrumpido durante siglo XX. Considerando el enorme impacto que esto tiene en el bienestar de la humanidad, deberíamos entender y actuar sobre sus causas.

    La preferencia temporal es un fenómeno psicológico que ocurre en la mente del ser humano que actúa, pero está incidida por factores externos a él. En particular, la preferencia temporal está fuertemente ligada al respeto por la propiedad privada. Cualquier expropiación de la propiedad privada, amparado en cualquier motivo y por la vía que sea, tenderá a aumentar la preferencia temporal de las personas (mayor preferencia por el bienestar presente). Esta relación causa efecto resulta evidente si pensamos que nadie puede quitarnos lo que consumimos, pero siempre podrán quitarnos lo que ahorramos. Si nos quitan lo que ahorramos, tenderemos a consumir más y a ahorrar menos.

    Las naciones más ricas se diferencian de las más pobres por su nivel pasado de protección de la propiedad privada, que se tradujo en mayor ahorro, lo cual permitió contar con más bienes de capital y más bienes de consumo, a través del aumento de la productividad. Esa protección o falta de protección de entonces dio lugar a la riqueza o pobreza relativa de hoy.

    La importancia del ahorro para el aumento de la riqueza de las naciones —que es de una lógica elemental, incluso recogida en la sabiduría popular (“el ahorro es la base de la fortuna”)— ha sido atacada en el plano de la teoría económica por las más asombrosas, y algunas veces absurdas, falacias, con el único objetivo de apoyar la expropiación de la propiedad privada que los ciudadanos debemos soportar, de parte de estados cada vez más grandes, ineficientes y corruptos.

    No existe un burócrata que, desde su escritorio, pueda resolver el problema de la pobreza, redistribuyendo lo que producen otros a través del cobro de impuestos cada vez más elevados. El estado expropiador es parte del problema. Los ciudadanos debemos generar riqueza a través del aumento de la productividad; debemos prever los altibajos de la vida a través del desarrollo libre de asociaciones de ayuda mutua y debemos apoyar a los más necesitados mediante las acciones privadas y voluntarias de beneficencia. Esto último, además de más eficiente, resulta mucho más meritorio que hacerlo con el dinero de otros (burócratas) o contribuir a hacerlo con dinero propio, pero mediando la coacción del Estado (contribuyentes).

    Felipe Arocena