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Como todos sabemos, nuestra historia reciente es una maraña de lugares comunes, medias verdades, mentiras y mitos de toda clase y color, casi imposible de desenredar para aquellos que, armados de buenas intenciones, pretenden entender cómo fueron los hechos y se topan con una historieta en blanco y negro que ni siquiera respeta la secuencia cronológica en la que se produjeron.
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Quienes perdieron en el “campo de batalla”, por decirlo de alguna manera, triunfaron en el de las librerías. Los tupamaros se convirtieron en artesanos de una inmensa farsa a la que ligaron su futuro político. Así, impusieron una versión —su versión— deliberadamente distorsionada de los acontecimientos, a fin de construir una “épica revolucionaria” y, a partir de ella, conquistar una legitimidad histórica de la que carecían, colonizando al mismo tiempo un espacio en el imaginario colectivo que les asegurase un estatus especial, una suerte de patente de corso que les permitiese decir A y luego B, hacer una cosa y después otra, poner el señalero a la izquierda y doblar a la derecha, sin el más mínimo temor de tener que pagar ninguna factura por ello.
Por cierto, los militares golpistas (y algún que otro civil enamorado de las charreteras) intentaron hacer lo mismo durante la dictadura y aun después, pero sin éxito, reivindicando “el deber patriótico” que los animó a tomar las riendas del país para salvarlo, según ellos, de la “amenaza comunista” y de la “corrupción de la clase política”, al tiempo que se empeñaron en negar la existencia de los desaparecidos, las torturas y el robo de bebés. Como si el pasado pudiese esconderse debajo de una bota o sepultarse al pie de un árbol para siempre. Por fortuna, en este caso, la verdad ganó la batalla. En el otro, aún no.
Desde su liberación en 1985, los miembros del MLN pintaron su “revolución” como una “necesidad histórica”, su lucha armada como una “causa justa” y sus crímenes como “daños colaterales”. Con empeño digno de mejor causa, se dedicaron a tergiversar e invertir el orden de los hechos, señalando que su organización nació para enfrentar el golpe de Estado y que siempre defendieron la democracia. ¡Hasta algunos llegaron a decir que la recuperamos gracias a ellos!
Según su relato, su intención fue la de resguardar las instituciones del avance de los militares felones, con algunos de los cuales, se olvidan de decir, no todos tuvieron (¿tienen?) tan malas relaciones como ahora dicen haber tenido. Para eso, claro, omiten decir que su organización surgió a principios de los años 60, cuando el Uruguay estaba gobernado por un Colegiado de mayoría blanca y la posibilidad de un golpe de Estado solo estaba en sus cabezas y en la de algún trasnochado que, algunos años antes, como recordó el general Líber Seregni en uno de los libros de Alfonso Lessa, Luis Batlle se encargó de sacar “a patadas en el culo” (sic) cuando se lo propuso. También omiten recordar que, cuando finalmente cayeron las instituciones, en junio de 1973, ellos ya estaban presos, exiliados o escondidos por ahí. Ni una sola de sus balas fue disparada en dictadura; todas ellas fueron disparadas en democracia. Mala o buena, pero perfectible. En la que, a diferencia de la mayor parte de la región, se podía avanzar por medio de las urnas, como les dijo el Che Guevara en la Universidad y no le hicieron caso, y como sí intentaron hacerlo las fuerzas de la izquierda democrática a través del Fidel, la Unión Popular y luego del mismísimo Frente Amplio.
Hace algún tiempo, el historiador Gerardo Caetano señaló con acierto que hay “una inflación cultural y política” del rol de los tupamaros en nuestra historia reciente, que, como es notorio, no tiene nada de inocente ni mucho menos de accidental. Por el contrario, responde a una estrategia de victimización y autoglorificación que, ciertamente, tiene más que ver con la lucha electoral que con evaluaciones históricas.
Sin embargo, bastó con que una publicación pusiera en duda alguna de esas “verdades” instaladas desde hace años, para que sonaran las sirenas de alarma y los defensores del “relato tupamaro” mostraran la hilacha. Me refiero, naturalmente, al último libro de la periodista María Urruzola (“Eleuterio Fernández Huidobro. Sin remordimientos…”), en el que se da cuenta de la sinuosa vida del ex guerrillero y ex ministro de Defensa recientemente fallecido y del supuesto financiamiento del MPP mediante asaltos a bancos luego del retorno a la democracia, que desató una polémica en la que no faltó nada. Desde descalificaciones personales hasta denuncias de sórdidas operaciones con vistas al 2019.
En cierto modo, nada de esto debería llamarnos la atención: reaccionan como piensan. Saben que no hay nada más peligroso que la duda cuando esta nace del deseo de saber y crece y se propaga entre la ciudadanía. Contra eso, justamente, se levantaron en armas hace más de cuarenta años; se convencieron de que ya lo sabían todo, de que la realidad era como ellos querían que fuese y cuando finalmente se estrellaron contra ella, prefirieron negarla. Acomodaron los hechos a su antojo y suturaron la posibilidad de plantearse cualquier tipo de interrogante.
Por eso, fieles a su esencia, no se preocupan por contrastar pruebas. Ni rebatir argumentos. Ni siquiera por habilitar un debate abierto y plural que pueda arrojar algo de luz sobre aquellos años oscuros o sobre estos otros, más cercanos, en los que los creíamos asimilados al juego de la democracia, aunque, como dijo en cierta ocasión un connotado dirigente tupamaro que todos conocemos, participar en el mismo no significa necesariamente estar de acuerdo con él. Nada de eso. Simplemente, atacan.
No importa que no sea esta la primera vez que se insinúa la comisión de delitos como los que señala Urruzola, ni que el camino que sigue su libro haya sido recorrido antes por Adolfo Garcé, Fernando Leicht, Jorge Zabalza, Leonardo Haberkorn o Amodio Pérez. Importa que no se repita. Que los curiosos sigan satisfaciendo su sed de conocimiento en alguno de los múltiples bebederos que los guardianes del relato dispusieron con ese fin. Que crean y no se formulen preguntas incómodas. Que acepten que esos dulces abuelitos que tomaron los “fierros” en los sesenta y luego pasaron por la “cana” son víctimas de oscuras conspiraciones. Que acepten, en definitiva, vivir en la mentira. ¡Su mentira!
Después de todo, ¿qué es la posverdad de la que hoy tantos hablan sino un amasijo de mentiras institucionalizadas, convertidas en coartada para fechorías de toda especie y en instrumento de acumulación política?