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    El Mercosur, un “mojón” de la política exterior que enfrenta en Uruguay a “dos visiones” contrapuestas de integración regional

    Lejos de los consensos que generó en la primera década, en la actualidad el bloque no conforma completamente a nadie y se debate entre el “fracaso” del enfoque “comercialista” y un viraje hacia una mirada más “política”

    Habían pasado pocos meses desde el inicio del gobierno del presidente Luis Alberto Lacalle cuando su canciller, Héctor Gros Espiell, le comunicó que Argentina y Brasil se encaminaban a firmar un acuerdo bilateral de comercio e integración. La historia cuenta que en 1990 Uruguay “pateó la puerta” para evitar “quedar afuera” de una “conversación” entre los dos países más relevantes de la región, ya que de ser así habría perdido varias preferencias comerciales conseguidas años atrás y vería complicada su estrategia de inserción internacional.

    El gobierno de Lacalle negoció su participación con los presidentes de Brasil, Fernando Collor, y de Argentina, Carlos Menem, y luego sumó a Paraguay. Cuando llegó a un acuerdo, citó a todos los líderes políticos con representación parlamentaria en el Edificio Libertad —en ese entonces sede del gobierno— para explicar la situación. Estaba convencido de que se trataba de un cambio de enorme importancia. Ese día recibió el apoyo unánime del sistema político.

    Así comenzó el periplo de Uruguay en el Mercosur, el bloque regional del que es miembro pleno desde el 26 de marzo de 1991 y que ya sea por las esperanzas que generó y genera, así como por las frustraciones que produjo y aún hoy provoca, se convirtió en un “hito” o “mojón” de la política exterior uruguaya de las últimas décadas, coincidieron varios analistas, ex cancilleres y el actual ministro de Relaciones Exteriores, al ser consultados por Búsqueda.

    Por sobre todas las cosas, el Mercosur redefinió el vínculo históricamente “pendular” de Uruguay con Brasil y Argentina, los dos países que marcaron su historia.

    Pero aunque en la primera década desde su nacimiento en Uruguay primó el respaldo al bloque y el consenso en el sistema político, en la actualidad existen en el país “dos visiones” contrapuestas lideradas, por un lado por los dirigentes de oposición —en particular blancos y colorados— y, por el otro, por miembros del Frente Amplio.

    Difieren en cómo debe ser el Mercosur y hasta en qué condiciones debe participar el país: unos añoran un bloque como fue concebido en su inicio, con una orientación “económica y comercialista”, mientras que otros defienden una versión más “política”, que ve al Mercosur como una herramienta clave para consolidar la “integración latinoamericana”.

    Algunos creen que hay que profundizar la unión de los países de la región con una agenda “de desarrollo” y de “complementación productiva”, mientras que otros, ante tantos incumplimientos, reclaman seguir el modelo “chileno”, que en vez de socio pleno es “miembro asociado” y apostó a la creación de múltiples acuerdos bilaterales con diversos países, entre ellos Estados Unidos.

    Y aunque en sitios opuestos, defensores de una y otra idea tienen algo en común: todos cuestionan al bloque, critican su funcionamiento, consideran que atraviesa una “crisis” y coinciden en que, tal como está, “no le sirve a Uruguay”.

    Por los momentos en que ante controversias de dos países los demás “miraron para el costado”, por “las perforaciones al Arancel Externo Común”, por el “mantenimiento de las asimetrías”, por las “trabas comerciales y proteccionistas” que colocan algunos países, o porque tiene una escasa y poco dinámica agenda de negociaciones externa. Por todos esos motivos, entre otros, el Mercosur no conforma completamente a nadie.

    Así lo reflejaron el canciller Luis Almagro (Frente Amplio), los ex ministros Didier Opertti (Partido Colorado), Sergio Abreu (Partido Nacional), Álvaro Ramos (Partido Nacional) y Gonzalo Fernández (Frente Amplio). También los analistas y expertos en Relaciones Internacionales Gerardo Caetano y Wilson Fernández Luzuriaga, al ser consultados por Búsqueda.

    Sin embargo, la mayoría considera que aún hoy se trata de la más válida y realista apuesta de política exterior.

    El “gran paréntesis”.

    En la década de 1980, al mismo tiempo que Argentina y Brasil superaban la lógica de confrontación para pasar a una de cooperación, Uruguay suscribió con esos países dos acuerdos comerciales. El Cauce fue firmado con Argentina mientras que el PEC fue rubricado con Brasil. Fueron convenios comerciales producto de un entendimiento en la Asociación Latinoamericana de Integración (Aladi) e impulsaron la dinámica de comercio entre esos países.

    El gobierno uruguayo temía perderlos si Brasil y Argentina concretaban un acuerdo bilateral y por eso avanzó en la concreción del Mercosur. Para el canciller en ese gobierno y actual senador, Sergio Abreu (Partido Nacional), en ese entonces hubo “un gran liderazgo del presidente”, una “fuerte apuesta a la región y a la apertura” y “un exceso de optimismo”, porque “se pensó como un proyecto refundacional del país, al crear condiciones para que Uruguay ampliara el mercado”.

    “Avanzamos en construir un esquema comercial y después de eso lo tratamos de acompañar de institucionalidad, con mecanismos de solución de controversias, el protocolo de Ouro Preto (cuando se decide ir a una unión aduanera y se consolida un Arancel Externo Común)”, recordó Abreu, quien puntualizó que desde el inicio se sabía que existían problemas sin resolver.

    El planteo que se hacía era comercial y económico: implicaba “coordinar políticas macroeconómicas”, respetar el arancel externo común, avanzar en la facilitación del comercio así como en la distribución de la renta aduanera. La mayoría de esos objetivos no fueron cumplidos de manera completa.

    El canciller durante la segunda Presidencia de Julio Sanguinetti y el gobierno de Jorge Batlle, Didier Opertti, considera que el Mercosur “fue gastando el crédito que se le había dado” y que, por lo tanto, “fue perdiendo aquel consenso que tuvo al principio” por “situaciones en las que los Estados miembros quisieron volver al unilateralismo”.

    El bloque tuvo varios momentos críticos e intentó ser “relanzado” en diversas oportunidades. Sobre ese punto, analistas y políticos coinciden que fue “determinante” la “devaluación del real brasileño de enero de 1999”.

    “Fue un hito, no tanto por el hecho en sí, sino por demostrar que no era posible, por la madurez que había, la coordinación de las políticas macroeconómicas”, explicó el ex ministro de Relaciones Exteriores entre 1995 y 1998, Álvaro Ramos.

    Luego de eso llegaron las crisis del mercado internacional, la crisis del 2001 en Argentina y también la de 2002 en Uruguay. “Eso puso al Mercosur en un segundo plano en la preocupación de los países —consideró—. Entonces hubo un gran paréntesis entre fines de 1999 y 2003, donde todos mirábamos hacia adentro”.

    “Y cuando termina el paréntesis, el Mercosur sale con algunas certezas y una de ellas es que no era tan fácil coordinar políticas, reducir las asimetrías o concretar mecanismos de solución de controversias. Eso cambia el eje de la valoración del Mercosur que quedó”, analizó Ramos.

    “Político” o “comercial”.

    Para el integrante del Programa Estudios Internacionales de la Facultad de Ciencias Sociales, Wilson Fernández Luzuriaga, el Mercosur tuvo un “viraje” hacia un “perfil más político” que se inició “cuando gobiernos, sobre 2003, 2004 y 2005, con afinidades ideológicas manifiestas, acceden a las administraciones de sus países”. “Eran partidos políticos que llegaban al gobierno con el claro objetivo en la política exterior de revalorizar la integración”, agregó.

    En ese mismo momento es que en la interna política del país se pierden los consensos respecto del Mercosur. “Se quiebran consensos cuando cambia el contexto, luego de la crisis económica que se inicia en el 99”, coincidió Gerardo Caetano. Además, en paralelo hubo un “cambio en los gobiernos de la región” con la llegada de Luiz Inácio Lula Da Silva en Brasil, de Néstor Kirchner en Argentina y, más tarde, de Tabaré Vázquez en Uruguay y de Fernando Lugo en Paraguay. Todos gobiernos que se definen como “de izquierda” o “progresistas”.

    “En un nuevo contexto, con propuestas diferentes de integración, forzosamente se tenía que ir a un esquema diferente y otras dimensiones de la integración comenzaron a hacerse fuertes al tiempo que otras tradicionales comenzaron a incumplirse”, relató.

    El actual canciller, Luis Almagro, consideró que “la integración no se puede constituir solamente en términos comerciales para alcanzar esos objetivos”. A su juicio, esa es una “visión limitada y absolutamente ineficiente para atender todas las variables necesarias para instrumentar un proyecto que apunta a consolidar una nueva visión en los vínculos, la estructura y el funcionamiento de las relaciones entre países”.

    “El Mercosur adolece de varias fallas de construcción de la integración, en el sentido comercial, pero por otro lado ha adquirido una agenda en clave de desarrollo que no existía en la concepción original del Mercosur. Sería ingenuo considerar esta dimensión sin contextualizarla desde la política”, evaluó.

    Para el ex canciller durante el gobierno de Tabaré Vázquez, Gonzalo Fernández, “el viraje hacia el Mercosur más político comenzó a principios del siglo XXI y, en algún modo, coincidió con el fracaso de la evolución a nivel de integración económica y comercial”.

    “Eso pone en evidencia las dificultades que existen a nivel económico para concretar y avanzar en una verdadera integración económica”, interpretó en declaraciones a Búsqueda.

    En contraposición, Abreu opinó que “en los últimos seis años” el bloque “dejó de ser una cosa para tratar de ser otra que tampoco es”, mientras que Opertti señaló que el bloque atraviesa una crisis “de existencia”.

    Sin embargo, ese cambio de esquema no terminó con los problemas. Fernández Luzuriaga opina que la “nueva etapa” de “afinidades ideológicas” vino de la mano de “una pauta fatal para Uruguay: un entendimiento estratégico entre Argentina y Brasil”.

    “La bilateralidad del proceso es lo que a los socios menores los mata”, indicó. “Fueron muy sintomáticos los discursos de Tabaré Vázquez al dejar las dos Presidencias pro témpore. Les llega a decir a Kirchner y a Lula cosas durísimas, como que está dispuesto a negociar cualquier cosa en una mesa pero no sentarse cuando hay acuerdos por debajo de la mesa”, recordó.

    Esa misma bilateralidad incidió además en un episodio que marcó al Mercosur en el siglo XXI: el conflicto que enfrentó a Argentina y Uruguay por la instalación de la planta de celulosa de la empresa Botnia y que llegó a ser dirimido en la Corte Internacional de La Haya. El largo diferendo que llevó a ambos países a congelar su relacionamiento y hasta a pensar en una hipótesis de conflicto, contribuyó a la “pérdida de credibilidad” del bloque, en la medida en que Brasil “miró para el costado” y no actuó para solucionar la controversia, coincidieron las fuentes consultadas.

    Aunque el diferendo finalizó con un entendimiento entre Cristina Fernández y José Mujica, la tensión entre ambos países se mantiene.

    En esa misma línea, y cansado de la “agenda de incumplimientos”, Vázquez intentó buscar un “camino bilateral” al negociar un tratado de libre comercio (TLC) con Estados Unidos. El acuerdo nunca se concretó, pero el episodio también complicó la situación de Uruguay en el bloque.

    Y en paralelo, las negociaciones del Mercosur con otros países o bloques se congelaron en los últimos años. Por ejemplo, la búsqueda de un TLC con la Unión Europea no logra concretarse desde hace décadas, y aunque la negociación fue relanzada en 2005 todavía se mantiene con pocas posibilidades de concretarse.

    “Al Uruguay no le sirve cualquier Mercosur. No le sirve uno que restrinja los desarrollos industriales de Argentina y Brasil, que no atienda de manera consistente el tema de las asimetrías entre sus Estados parte, que se suponga como una zona ampliada de sustitución de importaciones y no tenga una acción proactiva ante terceros países o bloques en una agenda externa común vigorosa”, escribió Caetano en el artículo “Política exterior e integración sudamericana desde la perspectiva uruguaya (2005-2012). Desafíos de una nueva inserción internacional”.

    “Tentación perezosa”.

    Durante la última cumbre de presidentes de julio de 2012, el uruguayo José Mujica y sus colegas de la región hicieron hincapié en reforzar al Mercosur como herramienta para profundizar la integración latinoamericana. Al dar ingreso formal como miembro pleno a Venezuela, los países reafirmaron su compromiso con solucionar los problemas del bloque y remarcaron su creciente peso al sumar a un nuevo socio poderoso. “Hugo (Chávez) comenzó el fin de su soledad con la llegada de Lula en Brasil y (Néstor) Kirchner en Argentina. Nos hemos encontrado. Esto nos fortalece como región. La incorporación de Venezuela cierra la ecuación: energía, minerales, alimento, ciencia y tecnología”, dijo la presidenta argentina Cristina Fernández.

    El ingreso de Venezuela fue decidido el mismo día en que el bloque suspendió a Paraguay luego de que fuera derrocado Fernando Lugo en ese país y que el episodio fuera calificado como un “golpe de Estado parlamentario”. Al no llegar a ser ratificado por el Parlamento paraguayo, el ingreso de Venezuela fue cuestionado por su formalidad y generó un nuevo desafío para el futuro del bloque, que deberá prepararse para el retorno de Paraguay en 2013 y para la adaptación del gobierno bolivariano al organismo regional.

    El “peligro” de caer en el “espejismo” de que la integración solo puede “avanzar con afinidad ideológica de los gobiernos” se mantiene vigente, advirtió Caetano.

    ¿Estos gobiernos tienen claro este “peligro”? Según recordó, hubo veces en que los vio “con claridad respecto a ese punto”, pero otras veces los ha visto “tentados a saltearlo”. Es una “tentación perezosa y equivocada”, cuestionó.

    Política
    2012-11-08T00:00:00

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