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    El Muro nunca cayó

    Columnista de Búsqueda

    En Pavana, su novela más conocida, el escritor inglés Keith Roberts imagina un mundo en el que la reina Isabel es asesinada en 1588 por un fanático católico. Inglaterra se ve entonces sumida en el caos y no logra derrotar a la Armada española, que conquista las islas británicas. El protestantismo, reducido a Holanda y Alemania, es pronto reabsorbido por el catolicismo y la Revolución Industrial es controlada por la Iglesia. El mundo en 1968, año en que se desarrolla la novela, no se parece mucho al que conocemos: el motor a explosión aún no fue inventado y las locomotoras a vapor recorren las carreteras de todo el continente. Roberts construye de manera coherente (y atractiva, la novela es muy buena) una ucronía: un desarrollo histórico lógico, construido a partir de unos hechos posibles, pero que no sucedieron en la realidad.

    Eso es justamente lo que hace la primera serie polaca de Netflix, 1983. En ese año, cuando en la realidad el sindicato disidente Solidaridad alcanzaba el pico de popularidad, una serie de atentados en las principales ciudades polacas cambia el rumbo político y social del país. Las fuerzas democráticas son reprimidas por el Partido Comunista en el poder y, como consecuencia de ese cimbronazo, el Telón de Acero no cae. La Perestroika jamás tiene lugar y la carrera nuclear sigue su marcha hasta 2003, año en que se sitúa el presente de la serie. 1983 es también heredera de El hombre en el castillo, de Philip K. Dick, quien en esa novela imagina un mundo en donde los aliados perdieron la II Guerra Mundial y el mundo es controlado por el Eje.

    La elección del año 2003 no es casual: tras 20 años en los que Polonia se ha vuelto central dentro del sistema comunista, una parte del Ejército planea dar un golpe contra el Partido Comunista. Y es en esa encrucijada en donde se desarrolla la serie, que se podría considerar sin problemas como una historia de “política ficción”, tal como las definiera el escritor español Manuel Vázquez Montalbán: la crónica social de una realidad imaginada y alternativa. Más allá de su aire distópico, 1983 se concentra en los aspectos políticos de la ucronía antes que en los tecnológicos, que sería el camino que suele seguir la ciencia ficción más convencional.

    En la serie, las ciudades son una mezcla de la vieja arquitectura socialista con una nueva derivada de esta: cristales, superficies planas, cierta gelidez en los ambientes que parece recordarle al ciudadano su indefensión ante el Estado. Y aunque estamos en 2003, recién entonces los archivos del Estado polaco comienzan a ser digitalizados, algo coherente con una posible evolución de la informática en el viejo bloque socialista: la burocracia es por definición enemiga de la innovación y la creatividad. Los coches, por ejemplo, son todos de aire más bien retro y aun en un año tan cercano abundan los Lada soviéticos de los 80.

    En esa sociedad totalitaria, que es al mismo tiempo relativamente próspera (cualquier similitud con la China actual no es casual), son visibles también los efectos de la geopolítica resultante de la permanencia del comunismo: tras la llegada masiva de ciudadanos provenientes del Vietnam socialista, todas las ciudades polacas importantes se han convertido en una suerte de escenario tipo Blade Runner. En la Polonia de 1983, abundan los puestos de comida rápida y los arrabales de aire oriental, en medio de la sórdida arquitectura del viejo socialismo centroeuropeo. Por supuesto, también están allí las mafias orientales.

    La serie plantea también una trama más o menos romántica, en donde el protagonista debe decidir entre dos amores que son contradictorios. Pero, a diferencia de lo que haría una serie más convencional, que sería subordinar la trama general al romance, 1983 recorre el camino inverso: las fidelidades afectivas del protagonista parecen más un reflejo de su conflicto ideológico personal, de sus lealtades políticas, que una historia de amor relevante en sí misma. Cierta frialdad emocional que marca a todos los personajes parece confirmar esta dirección: sus historias están tan profundamente señaladas por los impactos políticos que dieron lugar a esa sociedad que los afectos no pueden evitar reflejarla sin autonomía. Cierto embotamiento de los afectos es la consecuencia principal y casi inevitable, parece decir la serie, de vivir en una sociedad totalitaria.

    Un tema que surge en 1983, y que debería interpelar a un público rioplatense, es el de los desaparecidos en los regímenes socialistas y la apropiación que el Estado hace de sus hijos. De hecho, la serie se encarga de hacer explícita la conexión: uno de los militares comenta que un general polaco estuvo a finales de los 70 en Argentina y que regresó a su país admirado con la solución que habían encontrado los militares golpistas argentinos al tema de los hijos de los desaparecidos: dárselos a familias adeptas al régimen, borrando cualquier rastro de memoria personal de su infancia, convirtiéndolos en adeptos al sistema que exterminó a sus padres biológicos. Muy poco se ha hablado de los desaparecidos en los regímenes socialistas y, a falta de una reflexión real sobre estos hechos reales, la serie ensaya una suerte de revisión en su mundo ucrónico: la venganza de algunos de esos niños, ya adultos en la serie, puede ser una de las respuestas.

    Con una trama compleja en su cruce de historias personales insertas en una geopolítica imaginada, 1983 es una serie rica y tensa que al mismo tiempo puede ser morosa y oscura. Su mirada se concentra en los espacios urbanos, ásperos y opresivos, mostrando también los contrastes entre la vida de los privilegiados del comunismo, jerarcas rodeados de fríos objetos de diseño, y los ciudadanos que viven bajo su férula, en los apartamentos opacos y anodinos del socialismo real que, ese sí, alguna vez existió. 1983 es un buen recordatorio de que las ideas no son buenas per se sino solo cuando resisten el contraste con la realidad. Aunque en este caso se trate de una realidad imaginada que, afortunadamente, hace tiempo no existe.

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