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Reflexiones sobre el Papa, la Iglesia, los medios y la opinión pública. Cada vez que en la Iglesia se elige un nuevo Papa, la prensa y la opinión pública en general, hacen apuestas sobre quién será. Se especula hasta el cansancio, se habla de supuestos “favoritos”, se comenta la conveniencia de que sea tal o cual por su lugar de origen, etc., etc. Hasta que sale la “fumata bianca”, anunciando la elección de un nuevo Vicario de Cristo. Cuando el elegido sale al balcón, en el 99,9% de los casos echa por tierra las previsiones de los expertos: nunca es el “favorito” de la prensa, de las apuestas, de la opinión pública. ¡Ni siquiera de los “vaticanólogos”! Y elección tras elección se confirma aquel viejo dicho: “el que entra Papa, sale cardenal”.
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Es un hecho que el Papa es electo de entre los cardenales y por los cardenales. Pero —al menos para los creyentes— la cosa no termina ahí: hay un dato no menor que con mucha frecuencia se olvida y es que a los cardenales los inspira el Espíritu Santo. Esto es obviado —y tiene su lógica— por la prensa pagana. Lo curioso es que algunos católicos, olvidando las enseñanzas de la Iglesia a la que pertenecen, no reparen en un hecho tan fundamental y decisivo. Lo mismo que ocurrió en el Siglo I y en el Siglo XII, ocurre en el Siglo XXI: Jesús fue muy claro al decir: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16,18). Sólo así se explica que la Iglesia, pese a estar integrada por pecadores, haya cumplido XXI siglos de existencia.
Si creemos de veras en esta promesa, la probabilidad de que la “barca de Pedro” se vaya a pique, será nula. Al menos hasta el Apocalipsis, que algún día llegará. La razón es muy sencilla: la Iglesia no es una ONG humana, fundada por humanos, con fines humanos. Es una institución divina, que si bien está integrada y dirigida por seres humanos, cuenta con una especial asistencia de parte de su fundador: el mismísimo Dios, en persona. Concretamente, en la persona del Espíritu Santo. Es Él quien elige al Papa y es Él quien le ayuda en su debilidad.
De ahí que el Papa, sea quien sea, deba ser recibido con un inmenso cariño y afecto por todos los católicos: es el Vicario de Cristo. Independientemente de donde venga. Independientemente de su forma peculiar de vivir la pobreza, de expresar la caridad, de manifestar la fe y la esperanza. Todos y cada uno son “Pedro”. Todos y cada uno son queridos por Dios en un momento peculiar de la Historia, que los hace necesarios por sus personales características, talentos y virtudes. Cada Papa da su impronta personal al Papado en materia opinable (desde la forma de vestir hasta la forma de expresarse), al tiempo que preserva y defiende el depósito de la fe con tanto o más celo que sus predecesores. Lo que no era negociable para Inocencio III, Pío X, Pablo VI y Benedicto XVI, no será negociable para el Papa Francisco.
Elección a elección, los medios expresan también su “esperanza” de que el nuevo Papa sea un “renovador”, alguien que promueva un “aggiornamiento” de la Iglesia. Y elección a elección, sus esperanzas se ven frustradas, porque la “renovación” y el “aggiornamiento” que muchos esperan, no pasa por el uso del Twitter, sino por la traición al depósito de la fe de que hablábamos antes. Olvidan aquí, no sólo la asistencia del Espíritu Santo, sino también —y no es un tema menor— que los cardenales son nombrados tales por el Papa “en ejercicio”. Por tanto, tendría que errar muy feo un Papa “conservador” (léase “fiel a lo que la Iglesia siempre dijo”), para nombrar cardenal a un papable “transgresor”. Pueden haber clérigos “transgresores” y de hecho los hay. Pero de ahí a que lleguen a ser cardenales, hay una gran distancia.
En síntesis, el olvido de lo obvio —el carácter sobrenatural de la Iglesia como institución y de la asistencia del Espíritu Santo en la elección del Papa y en su magisterio— lleva a que la prensa secular en particular y la opinión pública en general —incluidos muchos católicos— equivoquen con frecuencia sus juicios. Desde posturas seculares o secularizadas, es muy difícil entender a la Iglesia. Para decirlo con un ejemplo que rompe los ojos: nadie puede escribir un buen libro sobre “historia de la literatura”, si su especialidad es la “física cuántica”.