Pero al llegar los sesenta y agudizarse la crisis económica que se venía arrastrando, el Uruguay se quebró y surgieron dos concepciones distintas de país. La guerra de Vietnam, la revolución cubana y el mayo del 68 francés, se instalaron ocupando espacios importantes en la ideología de los movimientos revolucionarios que fueron surgiendo. A fines de esta década ingresé a la Universidad.
El país estaba radicalizado y la facultad donde concurría estaba dominada por la intolerancia y la lucha de facciones, donde al discrepante, se lo veía como un enemigo al que había que someter.
El FER (anarquistas), las Agrupaciones Rojas (maoístas), el TER trostkistas y el MLN-Tupamaros —entre otros grupos— se afianzaron y protegidos por la autonomía, pugnaban por obtener el dominio de la facultad oponiéndose fuertemente no solamente al gobierno, sino también al Partido Comunista. Soy consciente que esto no sucedía en todas las facultades, pero Humanidades y Ciencias era un cóctel peligroso, donde a veces las diferencias se dirimían violentamente entre fundamentalistas de veinte años.
Personalmente, no entendía a aquellos que clamando por libertad, cercenaban la de otros y no tenían pruritos en callar de distintas formas, al que pensaba distinto. En esos tiempos la democracia había dejado de ser la mejor opción política. Según se decía estaba en poder de la burguesía que explotaba a los obreros y había que eliminarla. Surgieron los iluminados y me convertí en un observador. Era simpatizante de Wilson, pero nunca lo dije. Está de más decir que no fui el único que tomó esa decisión. Tenía compañeros cuyo objetivo —como el mío— era estudiar y recibirse. El no te metás, era lo más lógico si uno quería evitar ser estigmatizado.
La ideología se había colado, algunas materias estaban contaminadas políticamente y en muchas ni siquiera existían profesores. Debido a esto y a pesar de lo que se dijo después, la enseñanza era pobre y manipulada. Se ignoraba lo que era el hombre en su esencia y se soñaba con la utopía del hombre nuevo. A los dieciséis años empecé a trabajar y luego de haber terminado Preparatorio nocturno, elegí la licenciatura de psicología por descarte, ya que era una de las pocas que tenía cursos de noche. Cinco años después, al haber terminado los cuatro años curriculares y quedándome sólo unos pocos exámenes, llegó la dictadura que me impidió recibirme. Tuve la posibilidad de emigrar pero me negaron los certificados de estudio. Los nuevos dueños de la verdad cerraron la facultad y reabrieron —algo parecido— siete años después. Muchos de los exámenes que había aprobado ya no existían y se había cambiado el plan de estudios. La Licenciatura se había convertido en Escuela Universitaria y me encontré con la sorpresa de que tenía que cursar tercer año y debía materias de primero. Está de más decir que no me reenganché. Por supuesto que durante todos esos años no había permanecido de brazos cruzados. Había decidido que no iba a ser empleado el resto de mi vida. No podría soportarlo, el aburrimiento y la rutina me hubieran arruinado la vida.
Con un amigo médico, quien estaba proscripto por haber firmado por el Frente Amplio el acta de una mesa en las elecciones del 71, abrimos un pequeño emprendimiento, prácticamente sin capital. Tiempo después me vendió su parte y seguí solo. Gracias a los cimientos que me habían inculcado, con sacrificio y responsabilidad me convertí luego de luchar por años, en un empresario que incursionó, con el transcurrir del tiempo, en otros emprendimiento productivos.
Debo confesar que no lo hice solamente por el lucro, sino por el entusiasmo y la adrenalina que trae aparejado iniciar algo nuevo. Aprender cosas diferentes y encarar nuevos desafíos, fueron experiencias únicas. Esto trajo aparejado que creé muchos puestos de trabajo genuinos, sin haber tenido mayores problemas con los trabajadores. Pero claro no soy ingenuo, hay empresarios y empresarios. Hoy a los ojos de la masa estamos todos en la misma bolsa.
Hace cincuenta años hubiera sido un referente, porque habiendo empezado de abajo y sin haber heredado un peso, pude levantar cabeza en base al trabajo y sobre todo a la iniciativa y al riesgo.
Pero las cabezas fueron cambiando debido a una permanente evangelización política y me convertí a los ojos de muchos en un empresario, es decir: en un insensible burgués capitalista.
Con el tiempo presencié estupefacto cómo los delincuentes, de ser inadaptados se convirtieron en víctimas sociales, que por justicia tenían el derecho a robar a una población que era responsable de la pobreza e indigencia que se fue instalando. Me viene a la memoria aquellos vecinos míos que siendo inmigrantes, obreros y gente trabajadora, murieron orgullosos por haber vivido honestamente y por las oportunidades que les dieron a sus hijos.
Hoy el trabajo no dignifica y para vastos sectores de la población es una carga que hay que soportar. La hormiga se fue desprestigiando y la cigarra pasó a ser la heroína. Para la mayoría de los jóvenes la máxima aspiración es obtener un empleo público y vivir del Estado. A otros les estamos enseñando que el crimen paga.
¿Cómo encauzar a gente que siente desprecio por el trabajo y el trabajador? ¿Cómo convencer a un adolescente que es mejor trabajar que robar sin consecuencias, si en cinco minutos accede a tener robando, lo que puede demorar meses en obtener trabajando?
Los delincuentes son defendidos y justificados, y hoy están instalados, protegidos por leyes de aquel otro país y conviven sin problemas mezclados en la sociedad.
Los derechos humanos son exigidos y proclamados siempre y cuando no hayan sido pisoteados por dictaduras o semidictaduras de izquierda. Las cosas se confunden porque no existen reglas claras, el fin justifica los medios. Todo se acomoda según la conveniencia. Lo que ayer era corrupción hoy son equivocaciones o descuidos. Al rebaño se lo lleva de la nariz. Para muchos la política es una religión, todo es una cuestión de fe y no se permite dudar. Muchas consignas irrenunciables se dejaron de lado y lo que hasta hace poco tiempo era inadmisible hoy es bueno para el país y la claque aplaude.
La educación y la cultura no sirven. No conviene que la gente se informe y piense. La historia se distorsiona y las mentiras se convierten en realidad con el silencio cómplice de los responsables. El marketing funciona a las mil maravillas porque tenemos un magnífico viento de cola.
Se compran voluntades con plata sin contraprestaciones. Lo peor es que con la ayuda económica anclamos a los sumergidos en la pobreza. No conviene subir un escalón porque se pierde el dinero que se obtiene sin esfuerzo.
La ayuda social es imprescindible, pero para ser invertida en la niñez marginada. En escuelas de tiempo completo obligatorias, donde además de instruirse, aprendan hábitos de higiene y alimentación, y ejerciten deportes, para darles la posibilidad de saber que hay otra vida. Hay que cortar el ciclo perverso salvando a los niños.
Por otro lado la dignidad frente a los prepotentes y corruptos se perdió. Nos toman el pelo y seguimos con el argumento de que no hay que pelearse con el vecino aunque nos tiren la basura en el jardín. Nos tiran piedras y devolvemos bombones y lo peor es que haciéndonos los “nabos” logramos migajas. Nos obligan a apoyar lo que no estamos de acuerdo y seguimos soñando con la patria grande. No hay peor ciego que el que no quiere ver.
Los sindicatos cobraron en los últimos años un papel preponderante y extorsionan con demandas muchas veces desmedidas privilegios corporativos. Hoy tienen de rehén al gobierno y a la gente y están —en muchos casos— en manos de algunos que no se han dado cuenta que el mundo al que apostaron se derrumbó pero igual codean espacios para hacer carrera política. También ignoran —o no— que para repartir riqueza hay que generarla.
Lamentablemente hoy tengo más certezas que incertidumbres y se me acabaron las cartas de crédito. En la política se es buen gobernante cuando los vientos son favorables y hay plata para repartir y regalar, pero lamentablemente esto no depende de nosotros sino del contexto externo. Hay que ligar para ser aprobado.
Según las encuestas el expresidente que ganaría hoy las elecciones, fue el mismo que impulsó la ley de enseñanza que es manejada por los sindicatos e impiden todo cambio. Asoció a Pluna con los resultados a la vista. Es responsable de nepotismo. Arruinó la atención en las mutualistas y Asse está como está, a pesar del dinero que percibe. La inseguridad vino para quedarse y crecer. Se crearon el IRPF y el IAS, con la promesa incumplida de bajar el IVA. La clase media no tiene acceso a la vivienda y los alquileres multiplicaron su valor. Y todo esto en el mejor momento económico del país.
Somos un país con precios de primer mundo, con sueldos de cuarta. Estamos en el tope de la presión tributaria para repartir lo que se recauda entre los que no hacen. Tenemos las contribuciones inmobiliarias, las patentes, la nafta y la energía más caras de la región y en algunos casos del mundo. El Estado paquidérmico sangra a los que producen para mantener una burocracia que sigue creciendo.
No existen políticas económicas anticíclicas y se gasta todo lo que entra, ignorando que el bienestar no dura para siempre. Evidentemente algunos no tienen memoria o quieren tirar la pelota para adelante.
En lo que refiere a la cultura, la ignorancia contaminó al arte. Se produce lo que vende sin importar la calidad. Se rompió con todo sin aportar nada. El entretenimiento y la transgresión están de moda y se dejó de lado la capacidad de emocionar y pensar. Casi todo se da masticado para ser digerido fácilmente. Los mercaderes marcan la pauta de lo que se debe consumir y hacen su agosto. Sucede con todas las ramas del arte en todo el mundo.
Pero voy a tratar de describir lo que sucede con el que más me gusta: la literatura.
En el país hoy se venden libros de horóscopos, autoayuda y otros que buscan promover el culto a la personalidad. Muchas de las historias que se narran son hemipléjicas buscando incidir en la cabeza de los jóvenes. También hay lugar para periodistas que exaltan el fútbol heroico que tanta confusión nos aportó. La novela nacional de ficción prácticamente no existe porque dejó de importar.
Una buena parte de los libros son importados y vienen precedidos de un importante marketing. Muchas veces injustificado. Claro, la economía de escala lo explica.
Por supuesto que hay excepciones, pero son solamente eso: excepciones.
Por otro lado, el lenguaje se viene empobreciendo con cada generación. La ortografía y la gramática tienden a desaparecer. Queríamos ser parte de la América mítica y allí estamos.
En el nicho de la buena literatura cada vez hay más cadáveres y el espacio se va reduciendo. En nuestro país los escritores que valen la pena, si no son conocidos y quieren ser editados, deben pagar altos costos —si pueden— y generalmente mueren sin ser leídos. Esto no sucede en las grandes editoriales, pero no los publican. No son parte del negocio.
Hace poco tiempo una editorial pequeña me convenció de editar una de mis novelas y como era previsible no tuvo oportunidades. No se ve, ni se va a ver en las librerías. Morirá en algún estante del fondo. Las distribuidoras fuertes y el marketing, mandan. No me sorprendió, conozco las reglas de juego pero logré mi objetivo, algunos ejemplares llegaron adonde quise que llegaran.
La masificación distorsionó lo que considero es el verdadero arte en todas sus formas y hoy se confunde—como dice Vargas Llosa— valor con precio.
Por último y a pesar de todo, quiero decir que no voy a bajar los brazos. Provengo de otro mundo y sigo haciendo esfuerzos denodados por insertarme en éste que cada día se hace más diferente.
J.P.D.