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    El accidente del Fairchild de Air Class

    En el programa “Santo y Seña”, de Canal 4, del miércoles 12 de los corrientes, se trató el accidente del avión Fairchild de Air Class y al escuchar una serie de disparates —por parte de los periodistas de dicho programa, así como de la jueza Mariana Mota— no pude resistir la necesidad de aclarar algunos puntos.

    En primer lugar, la investigación de un accidente aéreo tiene como finalidad última la prevención de nuevos accidentes, por las mismas causas que lo produjeron.

    Estamos hablando de evitar nuevas pérdidas de vida y de recursos materiales y financieros muy importantes, así como todos los daños colaterales que esos accidentes implican, como el cierre de una empresa y la pérdida de fuentes de trabajo.

    Por esa razón, la jueza Mota no puede tildar a la investigación de un accidente de “investigación administrativa”, porque es una investigación eminentemente técnica, muy compleja y que lleva mucho tiempo, que, además, está enmarcada dentro de las reglamentaciones de los convenios de OACI, de los que nuestro país es signatario.

    Todos los que leen mis notas saben que dediqué más de 20 años de mi carrera a la prevención e investigación de accidentes aéreos y que entre 1975 y 1996 participé en casi todas las investigaciones de accidentes ocurridos en dicho lapso, incluyendo los 5 años que fui director de Seguridad de Vuelo de la FAU. Quienes se dedican a esta tarea —muchos de los cuales fueron alumnos míos en el curso de esa especialidad en la Escuela de Comando y Estado Mayor Aéreo— están imbuidos de ese espíritu y es un insulto suponer que porque existan personas conocidas involucradas en el hecho, la investigación puede ser trucha, porque eso significaría ocultar causas que, eventualmente, podrían provocar nuevos accidentes, con todas las consecuencias que señalábamos.

    Es también un atrevimiento opinar sobre posibles causas, cuando se carece del más mínimo conocimiento en la materia y esto incluye al señor Bado, al que le reconozco toda su sapiencia en su especialidad, pero no en la investigación de accidentes aéreos.

    Es cierto que lo ideal es contar con el 100% de los restos de cualquier accidente, pero los únicos que pueden afirmar que con lo que se cuenta es suficiente, o no, para llegar a descubrir los factores causas del mismo, son los miembros de la Comisión Investigadora. Si bien dicha Comisión depende de la autoridad aeronáutica —y hace algo más de dos años a pedido de la entonces Dinacia, elaboré un proyecto para sacar a la OIPIA de dicha dependencia —por otra parte, tiene una absoluta independencia técnica, que asegura la mejor calidad de la investigación.

    Si no fuera tan lamentable, daría risa oír a la Dra. Mota hablar de las eventuales posibilidades de errores humanos y a los periodistas haciendo hipótesis sobre eventuales fallas, así como poner el énfasis en una serie de problemas de mantenimiento no resueltos.

    Sin duda Walter Rigo debe haber anotado infinidad de problemas técnicos, a los que, en muchos casos —como pasa en muchísimas empresas (especialmente las chicas y pobres)— se les da largas, si los mismos no representan un impedimento para la operación. Es bueno recordar que todos los aviones tienen una lista de equipamiento mínimo y que, de no contar con algún elemento de dicha lista, el vuelo no debe realizarse y conociendo a Rigo, como lo conocí desde alférez, estoy seguro de que no hubiera salido con alguno de esos ítems inoperativos.

    Esto no quiere decir que eso esté bien y que, eventualmente, un exceso de problemas acumulados y una política de operación de la empresa en ese sentido no puedan resultar factores contribuyentes, pero en el caso de este accidente no parece que haya incidido de manera determinante.

    Por supuesto que uno no puede dejar de especular, con la poca información disponible y algunos comentarios de oídas y, en tren de imaginar qué pudo haber sucedido, arriesgar una opinión.

    Desde el primer momento dije en el ámbito familiar y con los amigos, que el avión estaba debajo del último eco, dada la velocidad fulminante con que desapareció del radar y, también, imaginando qué falla pudo haber provocado algo tan violento y veloz, que no dio tiempo a reportar lo que estaba pasando. Luego recordé un accidente que estudiamos en la USAF, de un avión que tenía una turbina Garret, similar a la del avión accidentado. En aquel caso, el motor había explotado por una rotura de una rueda de turbina y eso es lo que se llama una falla catastrófica, la que además no da síntomas previos. Este tipo de fallas es instantánea y de unos efectos destructivos tremendos.

    Recordé luego un hecho que no fue muy comentado, acerca de que pilotos operando en Carrasco habían visto, en ese momento, dos bolas de fuego, y si pensamos que una falla del tipo que describo pudiera haber ocurrido, sin duda hubiera partido el ala y desde lejos podrían verse dos partes prendidas fuego, cayendo al mar.

    Repito, es ésta una simple especulación, basada en lo que se conoce y la experiencia de tantos años, que sería factible y si se tienen los motores (creo haberlos visto subir al barco en los informativos de la TV), allí (o en una falla de efectos similares) estaría la clave, por lo que la Comisión llegó a la conclusión de que sacar otros restos no aportaría nada significativo y el costo sería muy alto.

    Respecto a lo que la jueza dice y al desacato, quiero comentar algo que sucedió en la investigación del accidente del helicóptero Jet Ranger del Dr. Ferrere, en la costa del Río de la Plata, cerca de Libertad, para la que fui invitado a colaborar, por mi doble condición de investigador y piloto de helicópteros. El juez de dicha localidad retuvo los restos, los que fueron movidos y trasladados por su orden sin ningún tipo de precaución, con la consiguiente contaminación, y luego dispuso que quedaran en custodia en la Prefectura, al aire libre, completando el deterioro de manera más que lamentable.

    Interferir en la investigación de un accidente aéreo, lo único que puede producir es un impedimento para descubrir las verdaderas causas que lo provocaron y, con ello, generar la posibilidad de que se repita nuevamente. Por esto, tanto la jueza como los periodistas, en lugar de preocuparse tanto por los DDHH de los que lamentablemente fallecieron —y esto no quiere decir que no se extremen los esfuerzos para descubrir las causas— deben pensar en que lo más importante es prevenir, que es ese el verdadero fin de la investigación.

    Podríamos escribir un libro acerca de esto, pero creo que —como dice el “Nacho” Álvarez en su programa radial— con esto ponemos las cosas en su sitio.

    Cnel. (Av.) Ego Correa Luna