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El acto realizado el pasado 18 de mayo en recordación del asesinato de cuatro soldados en Avda. Italia y Abacú en 1972 ha marcado un punto de inflexión que trastorna crucialmente esa jornada evocativa de tan funesto recuerdo a 40 años de ocurrido el hecho. Eso es consecuencia de un cúmulo de desaciertos que enmarcan, desde la desconsideración a la falta de respeto lisa y llana por la memoria de humildes servidores de la patria muertos sin razón y sin opción (tal como lo expresara el difunto teniente general Juan C. Curutchet, a la sazón comandante en jefe del Ejército, en su discurso del 18 de mayo de 1995 en la plaza del Ejército).
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Tratando de entender lo inexplicable, empezaré por citar expresiones del propio presidente de la República, quien afirmó: “Habrá un discurso del comandante en jefe del Ejército autorizado por el presidente de la República, porque el contenido de lo que va a decir nos parece favorable a una afirmación de la institucionalidad y de la buena marcha general del país. Va a dar la línea y hay que recordar que el comandante en jefe es el jefe de todos, porque los que están jubilados integran la reserva”. (Búsqueda N° 1.662, de fecha 17 de mayo 2012). Tales manifestaciones reflejan una compulsión ponderada con específicas finalidades, pues cuando se habla de “va a dar la línea”, supongo se está compeliendo a expresarse en absoluta sintonía con directivas previamente establecidas y ordenadas; y, por otra parte, cuando se menciona que el comandante en jefe “es el jefe de todos, porque los que están jubilados integran la reserva”, se está alertando a la totalidad de retirados militares (y no jubilados como se cita) sobre el derecho que el comandante posee para hablar en su nombre y, de paso, conminando a reconocer tal facultad.
Al respecto es bueno recordar lo que la Ley Orgánica de las FFAA 14.157 establece en su artículo 184: “El militar en retiro podrá ser reincorporado a la situación de actividad en los casos de movilización total o parcial de las Fuerzas Armadas, recuperando únicamente en estas circunstancias todos los derechos y deberes propios de dicha situación, hasta que se resuelva la desmovilización”, lo que significa claramente la inexistencia de subordinación del militar retirado a algún mando pues, en situación de retiro, las únicas obligaciones legales dispuestas son: el “sometimiento a la jurisdicción de los Tribunales de Honor de las Fuerzas Armadas, en el caso de los Oficiales” y el “deber de secreto profesional militar” (artículo 61 incisos F y G respectivamente); excluyéndose por tanto a título expreso (art. 61 inc A) el “deber de obediencia, respeto y subordinación al superior en toda circunstancia de tiempo y lugar, de acuerdo a las leyes y reglamentaciones en vigencia”. Cabe aquí aclarar que, no obstante lo dispuesto, nuestra formación profesional proyecta desde su inicio y logra se conserve por siempre implícitos el respeto, la deferencia y la consideración hacia todas las jerarquías del personal en actividad.
Luego, el presidente, en un intento de contestar o justificarse ante organizaciones que cuestionaron con vehemencia la participación oficial del Ejército en el acto referido considerando que “la misma es una injerencia indebida e inadmisible en la vida política de nuestro país” (Búsqueda, en la misma edición), completa sus pensamientos reafirmando: “Es más inteligente que (Aguerre) salga y diga lo que piensa y que no lo hagan los retirados”. Tales expresiones por lo menos presumen que los retirados militares no poseemos ningún pensamiento común con los que revistan en actividad. Esto no refleja la realidad pues, más allá de las circunstancias que a unos y a otros les ha tocado vivir, se diferencian únicamente —y nada más y nada menos— en que los retirados recién después de pasar a tal situación encuentran como cualquier otro ciudadano el espacio de libertad para expresarse sin los condicionamientos legales que limitan las manifestaciones públicas del personal activo.
Tomando otros aspectos con la intención de descifrar este desaguisado, aparece el tema del uniforme. Para ello es preciso aclarar lo que la citada ley —que, refiriéndose al Estado Militar como “el que se adquiere al ingresar a las Fuerzas Armadas y se pierde por baja”— establece en su artículo 62: “Son derechos inherentes al Estado Militar: A) Uso del uniforme”. Para el programa del acto recordatorio referido y en el que tomó parte un colectivo militar, tiene lugar contradecir el conocido refrán y afirmar: “el hábito hace al monje”, pues una actividad que se suponía autorizada y dispuesta originalmente por el presidente de la República, no cabe luego imaginarse llevarla a cabo vestido de civil. ¿Por qué?, puede preguntarse con duda lógica cualquier persona distante de la vida castrense. Para intentar explicarlo resulta —en principio— imposible desarraigar del protocolo los sentimientos atesorados en el “ser militar” del hombre o mujer que a lo largo de los años y por pura vocación ingresó a la carrera de las armas; el uniforme es para el soldado un símbolo que, como emblema, lo identifica y condiciona. Con indumentaria de paisano se viste el soldado en innumerables ocasiones de convivencia ciudadana y propias, pero no en oportunidades de silenciosos testimonio y ofrenda. Entonces, en una ceremonia de estas características, donde se reverenciaba a cuatro servidores que murieron con su uniforme puesto, no se debe menos que respetuosamente hermanar ese común atributo al presentarse ante su estela.
Para terminar, rescato y menciono las respetuosas y comprometidas afirmaciones del actual ministro de Defensa Nacional que, sin poner condiciones, determinar circunstancias o designar oradores, expresó (Búsqueda N° 1.662): “Tienen todo el derecho del mundo a honrar a sus caídos. Son cuatro soldados caídos. Tenemos que acostumbrarnos a respetar a los demás. No hay dolores de primera ni de segunda, como tampoco hay muertos de primera y de segunda”. La reiteración de estas actitudes de tolerancia de un lado, del otro lado y de todos los lados, son las únicas que pueden adoquinar un sendero de entendimiento y aceptación sanas entre uruguayos.