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En una radio se escucha la voz del periodista Jorge Lanata, ronca, polémica, malhumorada. Alguien le pregunta por una bola de vidrio llena de dinero picado. Se enoja, despotrica, dice que es una inmoralidad. El recién llegado puede creer que habla del dinero de las drogas o de alguna otra jugarreta ilegal para movilizar dólares. En realidad, el debate es sobre arte. La dichosa pelota de vidrio que generó tanta polémica en estos días en Buenos Aires está rellena de un millón de dólares, bien picadito, tanto que apenas se identifican. De su valor inicial queda apenas el papel triturado, alguna imagen sugerida y el color verdoso apagado. No es la única. En otras, de igual tamaño y confección, hay millones de pesos argentinos. También picados y bien apretados en esferas transparentes. Son varias y están instaladas en uno de los stands de ArteBA 2014 (23ª edición), muestra realizada entre el 23 y 26 de mayo en los galpones de la Rural de Palermo, en Buenos Aires. Es la feria de arte más importante de América Latina y seguramente, una de las más concurridas del mundo, visitada por cien mil personas, con más de 80 galerías, participación de empresas y museos y miles de artistas.
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Es un paseo que permite transitar por autores consagrados, jóvenes irreverentes y la mítica Marta Minujin, que nunca falta y siempre está rodeada de curiosos y cámaras. Este año la artista pop sesentosa no faltó a la cita. Con su pelo platinado, lentes extravagantes y mucha pose, hace cosas interesantes y marquetineras, necesarias para toda feria o bienal que se precie. Construyó un nido de hornero en escala humana. Se podía entrar, apretado, claustrofóbico y ver un par de videos de pajaritos, ecologistas, de un minuto y poco. El proyecto es de hace varios años, cuando construyó uno similar con barro de Machu Pichu. Minujin es así, hace y deshace, construye y recicla, pero vende.
El que vende también es el argentino Alberto Echegaray Guevara, el de las grandes bolas transparentes llenas de dinero. La del millón de dólares a 63.000 dólares, por ejemplo. Las rellenas de pesos argentinos, más barata y en pesos, obviamente. Contado así parece una broma, de las tantas que juegan los artistas contemporáneos. Generalmente, algo hay detrás que permite considerarlos un poco más en serio. La muestra se llama “Power Spheres: the one million dollar installation”. En un cartelito aclara: “Materiales: un millón de dólares destruidos en billetes auténticos, once millones de pesos destruidos en billetes auténticos. Cristal soplado, acero y aluminio. Peso de la instalación: 410 kg”.
Es importante verlas colocadas en el lugar, sobre una gran superficie blanca a la altura del espectador y con dos enormes espejos a los costados. La gente llena el espacio y se deleita con los comentarios y dos videos donde el autor explica el proyecto y cómo hizo las bolas. La pregunta de cajón es si el dinero es de verdad. La gente se escandaliza. No puede ser. Es imposible que se gaste un millón de dólares en una obra que cuesta sesenta mil. El dinero es de verdad pero está fuera de circulación y no solo por ser picadillo. Hay que avisarle a Lanata. Aunque no deja de ser interesante que un programa político se meta con el arte y que entrevere los cables de la realidad con la ficción estética. Al final, eso generalmente hacen los artistas aunque su obra no aparente contacto ninguno con lo que se llama realidad.
Pero no todo es ficción en ArteBA. Este año se hizo hincapié en la cuestión contemporánea. Y por supuesto, la pregunta de siempre es sobre el arte, cómo apreciarlo en un mundo agotado por las vanguardias y los experimentos. Además de la oferta central donde siempre destacan maestros como el rosarino Antonio Berni o los homenajeados Xul Solar y Luis Felipe Noé, los uruguayos Joaquín Torres García, José Gurvich, Carmelo Arden Quin o los cotizados de la Nueva Figuración argentina, hoy popes con obras que van de los veinte o treinta mil dólares hasta cien mil o más, este año ArteBA presentó un par de recorridos de corte más museístico. Se trata de artistas de diferentes generaciones que ofrecen una obra jugada en relación a su tiempo, obras que hablan de cambios importantes, propuestas que abrieron caminos inexplorados en el arte latinoamericano contemporáneo. Allí aparecen nombres como Roberto Jacoby (Buenos Aires, 1944) con sus afiches intervenidos y su arte social; Alejandro Kuropatwa (Buenos Aires, 1956-2003) y sus fotografías de artistas y su registros performáticos con Liliana Maresca; las esculturas de Alicia Penalba (Buenos Aires, 1913-1982); las pinturas volumétricas de Eduardo Costa (Buenos Aires, 1940); los brasileños Vick Muniz (San Pablo, 1961) con su famosa Gioconda en montaje y Odires Mlászho (Mandirituba, 1960), con instalaciones de libros intervenidos. Se destaca en esta línea el peruano Fernando Bryce (Lima, 1965) y sus notables recreaciones de avisos de películas de los años 50. Finalmente, el premiado Lux Lindner (Buenos Aires, 1966) con su “Tratado de la realidad argentina”, construcción en proceso de pequeños dibujos en acrílico sobre tela donde recrea figuras mediáticas y otras señales del ser nacional. Ellos también se cotizan en variantes que van desde los seis mil dólares a los 55.000 de la serie de nueve cuadritos de cine de Bryce. Pero en este caso, importa mucho la calidad del aporte y el compromiso sustancial con el contexto en el que se realizó la obra. Y que sea un artista vivo, todavía en plena capacidad creativa, con premios y muestras por los mejores museos del mundo.
Otra muestra importante de la feria indaga sobre el origen del arte contemporáneo y sus diferentes variantes. Se convocaron artistas de los años 50 y 60 y en un pantallazo compacto y didáctico se recuperaron rastros sobre obras significativas de aquel momento. Desde una luz circular proyectada en el piso (otra vez la esfera) hasta una camiseta con la inscripción “Yo tengo Sida” de Roberto Jacoby o el mapa uruguayo en diferentes versiones “geográficas” de Nelbia Romero, los papeles arrugados de Liliana Porter y el arte destructivo del argentino Kenneth Kemble. Más de 60 obras de varios países latinoamericanos. Una muestra que valió el esfuerzo y la dedicación. Allí se encuentra el hacha roja incrustada en el medio de un mapa de Argentina de Horacio Zabala (“Hacha”, 1972). O el caballo gigante de metal colgado y despedazado, con su interior abierto, sus patas rotas y las piernas del jinete. O las muestras de arte postal y la famosa foto de la familia obrera en un pedestal de Oscar Bony (1941-2002).
ArteBA es una feria de galerías que intenta vender obras reconocidas o posicionar a sus artistas. Es una feria para comprar. Lo más caro, por ejemplo, un móvil de acrílicos del argentino Julio Le Parc: 290.000 euros. Y no es nada grande ni espectacular. Pero es Le Parc. De Uruguay participaron Galería Sur con obras de Berni, Torres, Gurvich y los más jóvenes Marcelo Legrand y Eduardo Cardozo. En galería Del Paseo y Xippas hay artistas más nuevos como Marco Maggi (Del Paseo) y Vick Muniz (Xippas). Lo bueno es que hay mucha obra uruguaya, de Ignacio Iturria a Dani Umpi. Brillan por su calidad y precio un par de construcciones con cartón de Ana Tiscornia en torno a los 20.000 dólares.
Como Buenos Aires no tiene Bienal, a diferencia de San Pablo, su competidora y referente indispensable, ArteBA funciona como un lugar donde se puede visualizar a los artistas emergentes que pueblan el galpón de obras novedosas y permiten apreciar (o despreciar) las nuevas rutas del arte latinoamericano contemporáneo. Y vender, claro. Es dinero bien gastado. Aunque termine picado en bolas de cristal.