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    miércoles 05 de junio de 2024

    El ataque final, último libro de Ruperto Long

    Épica blanca del siglo XXI

    Fueron tres tomitos. En la década de 1980, a la salida de la dictadura (1973-1985), Eleuterio Fernández Huidobro escribió su Historia de los tupamaros. La tirada original del sello TAE permaneció meses en la lista de los libros más vendidos y años después fue reeditado por Banda Oriental. A partir de entonces comenzó un boom editorial sobre la guerrilla y eso ayudó a construir una imagen que, sumada a la personalidad y al trabajo político y pacífico de José Pepe Mujica, colocó a un tupamaro en el principal despacho de la Torre Ejecutiva durante cinco años.

    Además de la producción de historiadores y periodistas, la llamada historia reciente tuvo en los libros del expresidente Julio Sanguinetti y otros una esperada mirada desde fuera de la izquierda. Aunque se han publicado varios títulos sobre Wilson Ferreira Aldunate, los blancos, en general, continuaron basando casi toda su narrativa en la épica de Aparicio Saravia y de los movimientos revolucionarios del siglo XIX.

    El último libro de Ruperto Long, El ataque final. La trama detrás de la muerte de Cecilia Heber y otros crímenes políticos que conmovieron al mundo (1975-1978), editado el mes pasado por Aguilar, reivindica, de modo ficcional, el papel del Partido Nacional ya no en los lejanos combates de “la heroica Paysandú”, donde ejecutaron al general Leandro Gómez, ni en la batalla de Masoller, en la que, casi 40 años después, en 1904, cayó Aparicio Saravia, sino en Buenos Aires y Montevideo, en 1976 y 1978, cuando fueron asesinados Héctor Gutiérrez Ruiz y Cecilia Fontana, respectivamente, por resistir, sin armas, a la dictadura.

    El valor de Wilson

    El autor reconstruye, aportando nuevos detalles, hechos ya conocidos, como el secuestro y asesinato de Gutiérrez Ruiz —junto con Zelmar Michelini y otros tres compatriotas— en la capital argentina, aterrorizada por bandas paramilitares, y su entierro en el Cementerio del Buceo el 25 de mayo de 1976.

    Acerca de lo que llama la tragedia de Buenos Aires, Long suma aspectos que muestran el valor, entre otros, del caudillo blanco Wilson Ferreira, quien a pesar de ser uno de los objetivos de los comandos, antes de pasar unos días a monte y luego de refugiarse en la Embajada de Austria, se presentó en el velorio de su amigo asesinado.

    El coraje de Wilson y de quienes lo ayudaron de muchas formas contrasta con la actitud del oficial de la Guardia de Coraceros Gervasio Somma, quien, unos días después, en Montevideo, pretendió quitar la bandera uruguaya del féretro del Toba Gutiérrez y ordenó a los policías reprimir a caballo en medio de las tumbas, recibiendo luego felicitaciones por escrito del dictador Juan María Bordaberry.

    La narración se detiene con precisión en lo que hicieron, durante ese histórico entierro, el político blanco Mario Heber y su esposa, Cecilia Fontana, padres del actual ministro del Interior Luis Alberto Heber (ver recuadro). En la refriega dentro del camposanto, Fontana, una mujer más bien menuda, logró arrebatar la fusta empuñada, con más histeria que firmeza, por el mayor de Coraceros y arrojarla lejos, al tiempo que los policías a caballo desobedecían las órdenes demenciales.

    Heber, hermano del expresidente del Consejo de Gobierno Alberto Titito Heber, terminó preso esa mañana y todo indicaba que la Justicia militar lo iba a procesar, pero sufrió un ataque cardíaco y finalmente quedó libre. Para Heber y Fontana comenzaron entonces unos años muy duros, aunque redoblaron la solidaridad y la militancia clandestina que también desplegaron con Matilde Rodríguez, la joven viuda del expresidente de la Cámara de Diputados.

    Dos años después, casi como en una macabra ruleta, Fontana se convirtió en la única víctima de un extraño y nunca aclarado crimen al beber, apenas un sorbo, de una botella de vino envenenado, que también llegó a la casa del luego presidente Luis Alberto Lacalle y del senador Carlos Julio Pereyra y que pudo haber terminado con la vida de muchas personas, vinculadas o no a la resistencia a la dictadura.

    Heber, Pereyra y Dardo Ortiz integraban desde 1976 el triunvirato que conducía al Partido Nacional en la clandestinidad. Como se supone que quienes entregaron el paquete con los vinos, a los que habían inyectado un fortísimo veneno, no querían ser vistos por los respectivos porteros de los edificios donde residían los tres políticos blancos, lo dejaron en la casa de Lacalle, en Pocitos, que actuaba como secretario del triunvirato, y no se lo enviaron a Ortiz.

    Contrarrestarlos, neutralizarlos

    Long, además de resaltar la gravedad de los crímenes de Buenos Aires y Montevideo, y lo que pudo pasar en Nueva York, Londres y París, busca explicaciones.

    Una de las explicaciones para los asesinatos de figuras blancas, incluido dos o tres intentos contra el propio Wilson, en Buenos Aires y Europa, la habría dado un veterano agente de la Agencia Central de Inteligencia estadounidense (CIA) durante una reunión informal en Montevideo.

    “He visto muchas veces esto. Y es cierto, al final terminan volviendo los mismos de siempre. Pero para ustedes lo importante es ganar tiempo. Demorar las cosas (…). No van a tener más remedio que counteract, neutralize them (contrarrestarlos, neutralizarlos)”, opinó ante un grupo de los más “pesados” represores que actuaron en la dictadura.

    Long relata que, además de Wilson, quien debido a su activa campaña de denuncia en el exterior se había ganado el odio de la mayoría de los generales que gobernaban el país y de blancos con simpatías nazis, hubo otros posibles objetivos de los uruguayos para los comandos del Plan Cóndor: el dirigente del Partido para la Victoria del Pueblo, Hugo Cores, asilado en París, Edy Kaufman, entonces director de Amnistía Internacional en Londres, y el senador estadounidense Edward Koch, que encabezó la campaña para cortar la ayuda militar a Uruguay por las violaciones a los derechos humanos.

    La Academia

    La narración, además de los horrendos crímenes, cuenta gestos de grandeza y anécdotas simpáticas. “Voy a tomar una Coca-Cola con un amigo”, había dicho a su madre Luis Alberto Heber. “Me voy a encontrar con Carlitos Arraga en un café acá cerca”, había anunciado el padre.

    En Nicaragua y Minas, en los altos de un boliche, funcionaba La Academia, un salón donde se juntaban los blancos en la clandestinidad. En medio del salón, Mario se topó con uno de sus hijos: “Pero, Luis Alberto, le mentiste a mamá”, fue la primera reacción del padre. “Y vos también”, respondió él, antes de que ambos militantes clandestinos largaran la risa.

    En varias partes del libro, Long trata de encontrar una lógica al comportamiento de las dos facciones más fuertes que operaban en la interna militar: los ultranacionalistas de los Tenientes de Artigas y los seguidores de Gregorio Álvarez. Por ejemplo, reconstruye una reunión del teniente coronel José Gavazzo con los generales Amaury Prantl (director del Servicio de Información de Defensa) y Alberto Ballestrino, cabecillas del sector duro, para ejecutar un golpe de mano contra Álvarez, cuando era comandante en jefe, y así frenar sus ambiciones de poder “confabulado con los viejos políticos corruptos y la embajada estadounidense”.

    Prantl fue dado de baja y Álvarez, antes de sacar a Gavazzo del Ejército, hizo una demostración de fuerza entregándole un subfusil para ver si era capaz de dispararle.

    Acerca de la muerte de Fontana, Long no avanza mucho más que lo expuesto por Álvaro Alfonso en El vino de la muerte, editado por Fin de Siglo en 2002, donde se deja en claro que la hipótesis más probable es que fue un atentado de derecha y que las mayores sospechas apuntan a integrantes del desaparecido semanario Azul y Blanco, cuya actuación resultaba funcional al sector más ultra del Ejército y que la Justicia no investigó a fondo.

    Si en el caso del paramilitar argentino Aníbal Gordon, que dirigió los secuestros de mayo de 1976 en Buenos Aires, existía un vínculo funcional con el Ejército de su país, a través del general Otto Paladino, entonces director de la SIDE (Inteligencia del Estado), no ocurrió lo mismo con los presuntos autores del asesinato de Fontana y el Ejército uruguayo, o al menos no fue probado.

    El libro mantiene conexiones con el presente: el médico Martín Gutiérrez, principal referente del grupo del desaparecido semanario Azul y Blanco, integró la misma lista en la interna del Partido Nacional en 1982 (BAZ) que el presidente de Cabildo Abierto, Guillermo Domenech. A su vez, este 20 de mayo, fecha de los asesinatos en Buenos Aires, el Partido Nacional emitió un video en el que adopta una postura firme contra el terrorismo de Estado.

    El relato del ingeniero Long tiene mucha información de primera mano y un ritmo que mantiene prendido al lector. Sin embargo, igual que ocurre con otras obras con marcado sello partidario, solo cuenta las bondades de los blancos, a los que prodiga con dulces adjetivos, y lima u omite sus diferencias.

    Brazaletes negros

    El ministro del Interior Luis Alberto Heber fue uno de los presentadores de El ataque final el pasado 8 de mayo en el Teatro Solís, junto con Matilde Rodríguez Larreta, viuda de Héctor Gutiérrez Ruiz, y la periodista Mónica Bottero.

    Heber habló de sus emociones al leer el libro y también de algo que olvidó contarle al autor durante la investigación. Relató que cinco días después de la muerte de su madre, durante un acto de homenaje y resistencia frente al monumento a Aparicio Saravia, llegó un ómnibus con una delegación de Rivera. Todos portaban brazaletes negros en homenaje a la señora de Heber. Es que Mario había sido electo por la Lista 15 del Partido Nacional en ese departamento y la llegada de esos correligionarios aportó al clima de gran emoción, que luego terminó en represión policial.

    Vida Cultural
    2023-05-24T18:42:00