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    El certero arte de escribir

    Aunque parezca extraño, el periodista César di Candia (Florida, 1924) comenzó su oficio redactando horóscopos. “Tenés que escribir cuatro líneas por signo. Poné lo que se te ocurra, que la gente igual se lo cree”, le dijo uno de sus primeros jefes y consejeros en el diario “El País”. Desde aquellos años a mediados de los 50 —cuando los periodistas se formaban en las redacciones y en la calle— hasta ahora, Di Candia pasó por varios diarios, semanarios y revistas, y se convirtió en un cronista de mirada aguda, en un hurgador de historias y en uno de los grandes cultores de la entrevista.

    Con un pulso narrativo ágil, preciso y a veces irónico, Di Candia escribió extensos reportajes, muchos de ellos publicados en la revista “Repórter” a comienzos de los 60,  en el diario “El País” o, durante quince años, en Búsqueda. Sus protagonistas fueron figuras célebres del ámbito nacional, pero también seres casi anónimos, de esos que se encuentran en los rincones a los que pocos llegan. De unos y otros descubrió glorias, miserias y confesiones inesperadas. Para lograrlo, se ganaba primero la confianza de sus entrevistados, respetaba sus silencios, su intimidad y sus confidencias off the record: después llegaban las preguntas complicadas. Un arte fácil de enunciar pero no tan sencillo de llevar a la práctica.

    En Oficio de periodista, Di Candia reunió un conjunto de historias que tienen como punto de partida algunas de las entrevistas o investigaciones que hizo en buena parte del siglo XX. Lo atractivo del libro no está solo en los testimonios de los entrevistados y en su valor de registro histórico, sino en su nuevo enfoque narrativo. Aunque suene paradójico, la distancia en el tiempo le permitió revivir aquellos acontecimientos sin tomar distancia. Es que en estas crónicas, el autor no oculta sus emociones ni sus dudas, y tampoco alguno de sus errores. Por el contrario, deja al descubierto el otro lado del trabajo periodístico: la antipatía o simpatía que despierta el entrevistado y el ánimo del periodista antes, durante y después del trabajo, incluidos sus temores.

    Algunas historias no hacen más que confirmar lo valioso de la entrevista que les dio origen. Es el caso de “La voz que clamó en el desierto”, que tiene como escenario el Uruguay profundo y como protagonista a la doctora María Mirandette. Ella había llegado a Curtina para encargarse de una policlínica de Salud Pública en un local abandonado. La doctora sufrió el recelo y el rechazo del pueblo, pero lo más terrible fue su destitución, luego de haber declarado en una entrevista a Di Candia que en el pueblo se ejercía la prostitución infantil. Lo que dijo en 1994 se confirmó en 2011, cuando se descubrió una red de prostitución infantil en Curtina, pero la doctora Mirandette ya no quería hacer más declaraciones. Que su historia sea la que abre Oficio de periodista no repara la injusticia, pero reivindica a su protagonista.

    Otro escenario es La Paloma, balneario en el que se crió Di Candia y que inspiró varios de sus relatos recopilados en “Olor a mar”. Allí conoció a Jorge Batlle cuando ambos eran adolescentes. Ya entonces, el ex presidente acostumbraba a decir “¿vio?” cuando terminaba una frase, y también ya mostraba su talante altivo. Todo lo volvió a comprobar Di Candia en una entrevista que le hizo a Batlle en 1987 cuando era senador: “Lo más importante que me dijo en aquella ocasión pasó desapercibido, hasta que se confirmó trece años después, siendo ya presidente de la República: ‘Lo que me pasa a mí es que no sé disimular ni me preocupa disimular. Si estoy enojado, salgo enojado y si estoy triste, salgo triste. La familia Batlle es emotiva y llorona. Soy terriblemente imprudente y no tengo arreglo’”.

    En este libro no podía faltar la figura de Zelmar Michelini, con quien Di Candia mantuvo una amistad profunda. “La entrevista culpable” tiene como trasfondo la tragedia de un hombre y de un momento histórico, pero el centro es el error que cometió el periodista. “No debí haber violado uno de los más importantes deberes del periodismo, pero lo hice y me golpeo el pecho: yo pecador, yo pecador”, escribe Di Candia cuando recuerda la entrevista “digitada” que le hizo a Michelini en 1962 para que pudiera romper con Luis Batlle sin ofenderlo. Aquella “cocina” no tuvo el efecto esperado. Sin embargo, su relato tendría que estudiarse en las clases de periodismo.

    Y junto a las lágrimas de Zelmar poco antes de su asesinato, llega el llanto de China Zorrilla, la triste sonrisa de Wilson Ferreira Aldunate, el fundamentalismo “cercano al misticismo” de Juan María Bordaberry, la historia del dedo meñique de Timoteo Aparicio, el mal humor del poeta minuano Wenceslao Varela o la sordidez de la cárcel y de los hospitales para enfermos psiquiátricos. Son historias llenas de imágenes poderosas que transportan al lugar de los hechos.

    El reportaje requiere “un dominio certero del arte de escribir”, dijo en un discurso Gabriel García Márquez, un maestro de este género al que considera la “estrella” del periodismo. Ese dominio y arte lo ha desarrollado Di Candia. Y su último libro es un ejemplo.

    “Oficio de periodista”, de César di Candia. Fin de Siglo, 2012, $ 240, 165 páginas.

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