Nº 2184 - 28 de Julio al 3 de Agosto de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa charla política en este país se caracteriza por fundirse y confundirse con el debate partidario. Esto es: que la inmensa mayoría de los asuntos públicos se tratan como si fuera una guerra con trincheras predefinidas, como una batalla sobre un plano al que se le aplica una retícula predeterminada y a partir de ella se definen las posiciones en el terreno. Antes de pisar siquiera la superficie del problema en cuestión, las militancias partidarias ya están derramando sobre la sociedad cuál “debe ser” la perspectiva sobre el asunto.
Esto puede ser problemático, especialmente cuando los asuntos tratados tienen ángulos que no se adaptan a esa retícula predeterminada y, por ende, aspectos que no pueden ser resueltos exclusivamente desde la perspectiva partidaria. Problemas de largo alcance, cuya solución no sea posible en un solo período de gobierno, acuerdos intergeneracionales como una reforma de la seguridad social, etc.
En ocasiones, sin embargo, existe alguna clase de acuerdo interpartidario en algunos de esos asuntos. Es decir, más allá de que ese acuerdo se haga o no explicito desde tiendas partidarias, los hechos nos dicen que sobre esos temas, gobierne quien gobierne, se caminará en cierta dirección. Desde estas columnas se ha criticado y mucho que en Uruguay, estos acuerdos suelan ser de facto y no acuerdos en regla, con lo que muchas veces se pierde un tiempo valioso rediscutiendo esos temas como si ese acuerdo base no existiera. Como si todos los temas debieran ser tratados desde el arranque.
Es el caso del futuro tratado de libre comercio con China un ejemplo perfecto de cómo un tema (los acuerdos de libre comercio con otros países o con entidades supranacionales) sobre el que todos los gobiernos uruguayos han venido trabajando más o menos en la misma dirección por lo menos desde 1988, se plantea como si no existieran antecedentes. Es decir, un tema sobre el que ya sería hora de tener lista alguna clase de hoja de ruta que no retrotraiga la charla siempre al punto de partida.
En todos sus aspectos, el de los tratados de libre comercio es un tema nacional, no partidario. Por supuesto, los partidos sacan pecho cuando uno de estos acuerdos se firma bajo su batuta. Pero los impactos y las implicaciones de los mismos van mucho más allá de lo partidario y de los próximos cinco años. Que en nuestro presente nacional actual son solo dos años. De ahí que sea deseable contar al respecto con algo más que un acuerdo de facto.
El problema es que quien está en el gobierno carece de incentivos para buscar un acuerdo de ese tipo, mientras tenga las mayorías que se necesitan para sacarlo adelante. ¿Para qué meterse en el pantano de negociar con una oposición que arranca siempre matizando a la baja lo que se hace, cuando no se la necesita para seguir adelante? Y desde la oposición (no importa quiénes sean gobierno y oposición, el mecanismo opera de la misma manera) ocurre algo especular: ¿para qué le voy a dar una mano al gobierno cuando sé que los porotos, si caen, se los van a anotar ellos y eso podría dificultar nuestro regreso al poder?
En el caso de China ha sido abiertamente así. Cuando gobernaba el Frente Amplio, allá por 2016, y el tratado con China parecía un hecho, fue la oposición tradicional la que se puso a enumerar los posibles riesgos y perdedores de un acuerdo de esa naturaleza. Ahora que gobierna la coalición multicolor y son sus miembros quienes se entusiasman con los eventuales logros de su inminente acuerdo, es el Frente Amplio el que señala toda clase de posibles problemas a futuro. Si uno no supiera que es toda gente grande, se diría que parecen adolescentes en un picado, amenazando con llevarse la pelota si no les dejan meter gol con la mano.
Este caso en particular es interesante también para ver que, a pesar de tratarse de la República Popular China, un régimen dictatorial de partido único, es el pragmatismo lo que reina a la hora de hacer cálculos y cuentas. Y está bien que así sea: hace ya muchos años que los procesos de internacionalización de la economía mundial provocan que se comercie con países con los que no se tiene afinidad ideológica en un momento dado. Y la interdependencia económica que existe actualmente es muy grande como para que pensar que se pueden producir cambios en ese sentido.
También es interesante la perspectiva china sobre el asunto: mientras a Uruguay le interesa el inmenso mercado chino como destino de sus exportaciones, a China el mercado uruguayo le interesa tanto como el de un barrio de una ciudad china mediana. Es muy probable que la motivación china pertenezca mucho más al ámbito de la estrategia geopolítica que a la economía. Para China, firmar un acuerdo de libre comercio con Uruguay significa plantar una bandera en un punto clave de Sudamérica, un subcontinente considerado por los Estados Unidos como parte de su zona de influencia “natural”. Y de paso, hacer un acuerdo de “libre comercio” con un país rodeado por dos de las economías más proteccionistas del orbe.
En una entrevista reciente, el economista Marcel Vaillant, experto en comercio internacional, señalaba que más allá de terminar con los aranceles que Uruguay paga para exportar a China (y que son casi 300 millones de dólares), lo más importante del acuerdo sería la reforma comercial amplia que implica. Esto es, que el tratado por sus características, nos obligue a modernizar y actualizar nuestro modelo de comercio y de apertura a los mercados del mundo, algo que implica no quedarse solo con China (Vaillant advertía de la necesidad de evitar ser “China dependendiente”) y pensar una política comercial exterior a largo plazo.
Hablando en cifras, la posibilidad de una “China dependencia” no parece exagerada. Si antes la mayor parte de nuestro comercio exterior se concentraba en la región, actualmente China representa el 27% del comercio de bienes de Uruguay, una cifra más alta que la de todo el Mercosur combinado. Al mismo tiempo, Vaillant recordaba que de acuerdo con el tamaño de su economía y con su ingreso per cápita, Uruguay debería tener un índice de apertura comercial del 80%. Y que, sin embargo, ese valor actualmente está en el 40%. El economista recordaba que las restricciones que existen en el Mercosur respecto a negociaciones con terceros son reflejo del proteccionismo que aún existe en las economías de Brasil y Argentina. Y concluía: “el desempeño del Mercosur es un subproducto de eso”.
Viendo los magros resultados que ha ofrecido el Mercosur como “acuerdo de facto”, según definición de Vaillant, uno podría pensar que ese no es el camino a seguir por Uruguay, si quiere desarrollar y aggiornar su política comercial internacional. El tratado de libre comercio con China podría funcionar, si los negociadores se ponen las pilas y el sistema político los acompaña, como disparador de esos cambios estructurales que el país necesita. Ya que los partidos por sí mismos no parecen encontrar incentivos para hacer esta clase de acuerdos, ojalá sea el comercio internacional el que logre que estos ocurran. Y que lo que ocurre de facto ocurra, por el bien del país, como resultado de un acuerdo explícito.