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    El crítico que construyó un público

    “América es un continente de apologistas, no de críticos. En medio de este espectáculo de gentes genuflexas que se prenden medallas las unas a las otras, se hace sentir, casi dolorosamente, la necesidad de la crítica.”. La cita no es del uruguayo Ángel Rama, sino de su segunda esposa, la argentino colombiana Marta Traba, pero calza bien con este representante de la llamada Generación del 45.

    La enorme labor intelectual de Rama, que murió junto a Traba en un accidente de aviación hace casi 40 años, ha sido motivo de numerosos reconocimientos y trabajos académicos, pero recién a fines del año pasado se publicó en Montevideo una vasta selección de la correspondencia producida por él entre 1944 y 1983.

    En 2010, para una exposición sobre su vida en el Centro Cultural de España fueron publicadas algunas cartas en el libro Ángel Rama. Explorador de la cultura.

    La difusión, en un voluminoso libro, de algunas de las cartas que envió el profesor, crítico y editor a decenas de personalidades de la cultura latinoamericana puede parecer un esfuerzo desmesurado y anacrónico o un trabajo arqueológico destinado a especialistas, sobre todo a lectores acostumbrados al correo electrónico u otros recursos tecnológicos aún más veloces y fugaces.

    Sin embargo, estos documentos, que van desde cuando su autor era un estudiante de 18 años con berretines de novelista, hasta horas antes de su muerte, convertido ya en uno de los mayores ensayistas y críticos latinoamericanos, es un material rico que pinta no solo a Rama sino a su generación, provincial y continental, en especial a quienes se ilusionaron, aun en forma crítica, con la Revolución Cubana.

    Marcha, Arca, Humanidades e ainda mais

    Rama nació en 1926 en Montevideo en una familia de inmigrantes gallegos. En el extenso y documentado prólogo del libro realizado por la crítica Rosario Peyrou, en el que trabajaron también Amparo Rama y Beatriz Sarlo, se incluye una cita que el propio autor de las epístolas formuló cuando ya estaba en el exilio. Es presentado como alguien típico del Uruguay de su época: “modelado por su inteligente educación” e “impregnado de su sentimiento democrático de igualdad”.

    Antes de fundar editorial Arca (pionera en el país junto a Alfa y Banda Oriental), dirigir las páginas literarias del semanario Marcha, el departamento de literatura hispanoamericana en la Facultad de Humanidades y trabajar en la Biblioteca Nacional, el inquieto y muy autodidacta Ángel (hermano de Carlos y Germán) probó ser actor de teatro, escritor de novelas, traductor y editor.

    En Humanidades encontró a su maestro, el exiliado republicano español José Bergamín. Allí y en otros cenáculos montevideanos a sus amigos, los jóvenes intelectuales Ida Vitale (primera esposa y madre de sus dos hijos Amparo y Claudio), Carlos Maggi, María Inés Silva Vila, Manuel Flores Mora, José Pedro Díaz y Amanda Berenguer, entre otros.

    Cartas marcadas

    Bien escritas, llenas de humor, pero cargadas de sagaz contenido, las cartas a Díaz y Berenguer, entonces becados en París (ver el documental El filmador, de Aldo Garay), muestran al lector cómo era la vida de este joven intelectual que malvivía del sueldo de la biblioteca y trabajaba duro en un mundillo lleno de zancadillas y tropiezos propios: el de la creación literaria, el periodismo cultural y la edición.

    “Empiezo dando tres hurras por el que inventó el género epistolar (…) porque es el mejor sistema de llenar el tiempo que te queda libre cuando estás deseando charlar con alguien” escribió en abril de 1944 a su amigo Díaz, que aún no había publicado su obra más reconocida, Los fuegos de San Telmo, y se empeñaba en una novela sobre la ciudad de Migues, que nunca terminó.

    El trabajo de apasionado investigador, crítico y editor lo llevó a mantener correspondencia con otros académicos y con escritores latinoamericanos como Mario Vargas Llosa, Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti, Idea Vilariño, Juan Rulfo, Julio Cortázar, Augusto Roa Bastos, Roberto Fernández Retamar, Haydée Santamaría, Carlos Fuentes, José María Arguedas y muchos otros.

    La lectura de las cartas de Rama, en las que hay siempre quejas contra el servicio de correos, ayuda a conocer el pensamiento verdadero del crítico que integró el consejo editor de la revista Casa de las Américas, hasta que se distanció de Cuba en 1971 luego del caso Padilla, que se mantuvo de izquierda residiendo en el exterior, en San Juan de Puerto Rico y Caracas, donde, ya exiliado, encabezó el ambicioso proyecto de la Biblioteca Ayacucho, con un ojo puesto en Montevideo.

    Peyrou sostiene en el prólogo que Rama puso énfasis en la construcción de cosas “con una formidable energía que era el rasgo más visible de su carácter” y fue “a la vez que un teórico cultural, un hombre de acción” empeñado en la formación de un público.

    Además de referencias a la conocida polémica con su antecesor en Marcha y eterno rival, Emir Rodríguez Monegal, el libro contiene decenas de piezas escritas casi siempre con ironía y franca crudeza en las que se incluyen críticas a la idiosincrasia uruguaya y a los propios proyectos que ayudó a crecer: la izquierda, la Universidad, Marcha o el teatro El Galpón.

    Muchas de las cartas no aluden a grandes problemas teóricos, que también encaró, sino a cuestiones prácticas, como el pago de un artículo en una revista literaria.

    Una de las misivas más duras fue enviada al poeta uruguayo Ricardo Paseyro a propósito del reclamo de este por sus colaboraciones en la revista que dirigía la poeta y mecenas Susana Soca (también fallecida en un accidente aéreo) y en la que Rama era secretario de redacción. “Ricardito, baja por un momento del Olimpo de tu egolatría, recupera la sensatez, la mínima inteligencia necesaria para reconocer tus disparates”, le escribió en junio de 1955.

    Rama no solía esconder sus opiniones; la única carta contenida en el libro que no fue enviada corresponde a la que escribió a Santamaría, el 27 de mayo de 1971 desde Montevideo, para renunciar al comité editor de la revista Casa de las Américas en protesta por el rumbo de Cuba en materia cultural, expresado de forma paradigmática en la persecución al escritor Heriberto Padilla.

    “Con el aprecio de siempre le escribo esta para informarla de mi total discrepancia con la nueva línea cultural cubana, que sustituye a la que instauraran en 1961 las Palabras a los intelectuales, de Fidel Castro”, escribió Rama, quien ya había tenido diferencias fuertes con La Habana en 1968 a raíz del apoyo de Cuba a la invasión de Checoslovaquia por la Unión Soviética y tropas del Pacto de Varsovia.

    “Pienso que el fracaso que patentiza esta nueva línea cultural es indicador del otro fracaso –sin duda temporario– en el desarrollo acelerado del socialismo cubano” sostuvo Rama, aunque al final anunció que seguiría “colaborando para luchar contra el criminal bloqueo”, a pesar de que Cuba “se equivoque gravemente respecto al funcionamiento crítico de la democracia socialista con respecto a la creación estética”.

    A pesar de una fuerte mirada continental, Uruguay se mantuvo entre sus preocupaciones. El 31 de enero de 1979, en carta a Alberto Beto Oreggioni, sostén de Arca durante la dictadura, habló de su nostalgia: “Sé bien que desde el interior, la situación de los que estamos fuera parece envidiable. Y sin duda lo es en muchos aspectos. Pero en mi caso ello ha venido acompañado de tantas amarguras, de tanta pérdida de identidad, de tantas desérticas zonas interiores, que te aseguro que si mañana me fuera posible contar con la seguridad de volver al país, sea cual fuere su régimen político, y poder ganarme la vida con un trabajo apacible y hasta rutinario, lo haría”.

    Poco antes de su muerte, en noviembre de 1983, escribió a Carlos Maggi que, “entre jubiloso y aterrado” soñaba con pisar otra vez Montevideo, que entonces vivía su “río de libertad”.

    Ángel Rama. Una vida en cartas. Correspondencia 1944-1983, Estuario Editora, 2022, 880 págs. $ 1.390.

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