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    El culto al buen salvaje

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2274 - 2 al 8 de Mayo de 2024

    La materia más interesante en el primer año de la carrera de Sociología, que arranqué allá por 1988, era Historia de las Ideas. Por un lado, porque permitía establecer una secuencia dentro del pensamiento occidental, es decir, entender con quién discutían los autores, de dónde partían para estructurar sus ideas. Por otro, porque permitía darse cuenta de que muchas de las ideas que forman parte de nuestro “sentido común” fueron pensadas y expuestas hace muchísimo tiempo por algún autor, de manera compleja y sofisticada. Muchas veces, además, en contra de lo que era el “sentido común” de entonces.

    Una de esas ideas era la del buen salvaje, que viene por lo menos desde la Grecia Antigua, aunque adquirió su forma más reciente en los textos de Juan Jacobo Rousseau. Este escribió allá por 1755: “Algunos se han apresurado a concluir que el hombre es naturalmente cruel y que hay necesidad de organización para dulcificarlo, cuando nada hay tan dulce como él en su estado primitivo”, y sentenciaba: “El hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe”. Esa es la idea que late detrás del hippismo de los sesenta y del neohippismocool de hoy: si nos dejan libres, si el sistema no nos condiciona, todos seremos libres, sanos y pacíficos. Todos los males que vivimos son exógenos, ajenos a nuestra pureza interior. Es también la idea que late detrás de muchos revolucionarios, la convicción de que sin cadenas impuestas, el hombre puede ejercer libre su bondad.

    Por supuesto, la historia de la humanidad puede leerse también en el sentido opuesto: cada vez que fuimos libres exterminamos al vecino e incendiamos una selva. El cultor de la idea del buen salvaje nos dirá que eso se debe justamente a que fuimos educados y formateados por la sociedad, que, de esa forma, vuelve a ser responsable de todos los males. Donde dice “sociedad” puede decir religión, nación o sistema de ideas, como si estos existieran ajenos por completo a los designios de cada individuo, no fueran creaciones suyas y simplemente nos fueran impuestas desde el exterior por unos malvados en las sombras.

    Siguiendo el rumbo que propone esta idea del buen salvaje, el siguiente paso lógico era el culto a la juventud. Si los adultos somos seres que hemos sido corrompidos por nuestras sociedades, ¿quién puede representar mejor la esperanza de cambio que aquellos que aún no han sido secuestrados por esas ideas malvadas que se nos imponen? Los jóvenes son los portadores de esa posibilidad de liberación porque aún son inocentes, aunque están en vías de corromperse a través de mecanismos como la educación, el control de los medios masivos y la presión de las grandes corporaciones. De ahí que una de las jóvenes estelares de la actual búsqueda de la pureza neohippie sea justamente una muchacha que abandonó el liceo, pero que tiene la enjundia de reprocharle a la sociedad adulta sus macanas.

    Es así que la joven activista sueca Greta Thunberg se convirtió hace unos años en la portavoz no solo de una generación que cuestiona el modelo desarrollista de sus padres, sino también en portadora de la esperanza de la pureza, del regreso al estado natural, ese en el que desaparecen la codicia, la competencia, la violencia y otros males sociales. En esta mirada poco importa que el proceso de cambiar la matriz económica depredadora que nos hemos dado sea una tarea muy compleja, difícil de coordinar entre países y que tomará tiempo. Importa la pureza y la radicalidad del reclamo. De las medidas concretas, en caso de llegar a ellas, ya se encargarán otros.

    Es interesante ver que en tiempos tan recientes como 1950 no existía lo que hoy conocemos como “moda juvenil”, esto es, la ropa que usan los jóvenes. Hace 70 años, por ejemplo, los niños varones usaban ropa que en esencia era igual a la de los adultos, solo que con pantalón corto. Al alcanzar cierta edad el pantalón se estiraba hasta los tobillos y eso era todo. La moda juvenil tal como la conocemos hoy, un tiempo en que su uso se ha extendido a todas las edades y generaciones, aparece como tal en la década del 60 en Estados Unidos, de la mano del hippismo, la lucha por los derechos civiles y la oposición a la guerra de Vietnam. Y es ahí cuando la apelación a lo joven como mecanismo de solución de los males sociales se hace presente. Desde allí hemos venido extendiendo el culto a lo joven per se, hasta el punto que los medios le dedican muchísima más atención a lo que sea que grite alguien joven frente a una cámara que a la reflexión serena de un aburrido experto de mediana o larga edad.

    Esto se debe, aventuro, a que no solo desarrollamos un culto a la pureza juvenil, sino que lo extendimos a las maneras estridentes y poco rigurosas de conversar las cosas que, cualquiera que recuerde su juventud lo sabe, discuten y charlan los jóvenes con las hormonas al vuelo. Obviamente el problema no son los jóvenes y sus formas sino la consecuente infantilización del adulto al que este culto nos ha arrastrado. Los adultos no solo somos peligrosos porque fuimos formateados por la sociedad. Ese formateo nos ha vuelto, además, seres incapaces de tomar buenas decisiones para nosotros y para los demás. De ahí que surjan cada vez más prohibiciones (la semana pasada escribí sobre eso) en las que se desempodera al adulto y se lo trata como alguien incapacitado moralmente. Alguien que debe ser protegido de sí mismo por el Estado. Un Estado manejado por adultos que, en apariencia, sí son capaces de tomar buenas decisiones. Unos adultos, esos que ocupan el Estado, que uno supone se ven a sí mismos como gente que alcanzó el grado de “buen salvaje máximo oficial” y decide imponerlo al resto.

    Es verdad que muchas veces son los jóvenes quienes plantean una mirada alternativa en un debate. Y que muchas veces esa mirada alternativa incluye alguna clase de solución a determinado conflicto. Pero esta virtud no equivale a decir que esa mirada es naturalmente mejor por el hecho de ser joven. Dependerá del conflicto en particular o del área que se esté discutiendo. Por ejemplo, un joven será mucho más ducho en el manejo de nuevas tecnologías que un veterano. Su opinión en la materia será más informada que la de quien, por una cuestión generacional, no las maneja. Ahora, cuando se trate de un asunto que involucre tener cierta experiencia en la vida (el manejo de los afectos, las relaciones, etc.) quizá sea más informada o profunda la mirada de alguien más viejo. En todo caso, siempre se trata de expertise y no de edad.

    Tratar al adulto como alguien que debe ser limitado en contra de su voluntad es contradictorio con la prédica de la ampliación de derechos. Es contradictorio en particular con la idea de que el adulto es alguien autónomo y responsable. Tan responsable que vota gobiernos para sí y para los demás. Es una fantasía heredada de una vieja idea el creer que somos mejores cuando somos jóvenes porque aún no hemos sido corrompidos. Por supuesto, el cambio y el querer mejorar son un impulso humano, como lo son también la curiosidad y el afán de entender. El culto al buen salvaje implica siempre un descontento con el estado de las cosas, pero es discutible que sea un buen camino para mejorarlas.

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