N° 1844 - 03 al 09 de Diciembre de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAquellos agricultores que plantaron trigo están teniendo en general serios problemas para vender su producto en el mercado interno. Cuando llegan los camiones a los puntos de recibo empiezan los puntos oscuros respecto de la calidad. Y ahí empiezan los descuentos casi por todo motivo imaginable. Es decir, se buscan excusas más o menos respaldadas técnicamente como para tirar abajo el precio en un año donde estos no son nada buenos y la oferta local resulta que es mayor a lo previsto.
Existen dos formas de ver el tema de la calidad. Desde una óptica extremadamente liberal uno podría decir que el mercado todo lo ajusta. Bajo esta lógica, que se salve el que pueda. Los compradores van a tener que pujar por la calidad (cuando esta exista) y los vendedores solo proveerán la calidad cuando el mercado reconozca el mayor costo de producir ese activo específico. Pero ocurre que en el caso de los alimentos, señalizar claramente la calidad es un atributo deseable para toda la sociedad. Cuando hablamos de calidad hablamos de un conjunto de atributos que hacen al producto que van desde las características propias del producto en sus usos industriales hasta la inocuidad. Debería ser pues una política de Estado porque involucra el largo plazo. Como país deberíamos ser capaces de señalizar claramente lo que queremos y no tolerar todo aquello que no queremos.
En el caso del trigo, los compradores hacen casi lo que quieren. Y Uruguay ya pagó con sangre en el pasado el exportar trigo de calidad deficiente a Brasil. En el caso de la cebada, por ejemplo, no pasa lo mismo, ya que los agricultores están en conocimiento de lo que se espera del producto y las características que tiene que tener. El producto a vender fuerza que las cosas sean así.
La transición de hacer que Uruguay pase de exportar commodities a productos diferenciados arranca en el punto donde sabemos exactamente lo que producimos, qué calidad tiene y cómo se señaliza correctamente esa calidad a todos los actores de la cadena agoindustrial. Si no se hace así, quien tenga más poder en la cadena es el que va a ganar siempre. Entonces, el primer paso es definir a dónde queremos ir como país, y ver cómo hacemos para que la calidad de nuestros productos sea destacada y señalizada correctamente. Eso requiere compromiso político y sobre todo liderazgo para hacerse cargo de que cambiar el esquema actual implica pisarles los pies a algunos poderosos en pos de hacer el futuro más justo y transparente. Sería un gesto de inteligencia y de visión de futuro. Pero nada de eso ha ocurrido en Uruguay.
Lamentablemente, tenemos la tendencia a llenarnos la boca con argumentos que suenan bien pero de los cuales no tenemos mucho sustento económico para validarlos. Por ejemplo, la trazabilidad del ganado. Somos el único país del mundo que tiene esa tecnología, ahora bien: ¿cuál es la relación costo-beneficio de ese sistema? Cuando hablamos del plan de manejo y uso de suelos, ¿quién estudió la relación costo-beneficio que tiene para el conjunto de la sociedad? Y con la calidad lo mismo: ¿queremos ser productores de calidad o es mejor ser productor de grandes cantidades de alimentos baratos? Y qué rol quiere jugar el Estado nacional en este tema son incógnitas de las cuales sabemos poco.
Mientras tanto, esperamos que se aglutinen los actores en torno a una agenda común; queda poco más que resignarse cuando uno manda un camión a un molino o a la exportación. Naturalmente no son todos iguales, hay honrosas excepciones, pero en general es una cancha complicada y con reglas que se cambian según el año. Normas claras y estables, eso es lo que debemos generar pensando en el futuro.
(*) El autor es ingeniero agrónomo (Dr.), asesor privado y profesor de Agronegocios en la Facultad de Agronomía de la Universidad de la República y de la Universidad ORT