Nació en 1962 en Ibahernando, un pueblo de la provincia de Cáceres, en Extremadura, pero a los cinco años sufrió el trasplante a Cataluña. Eso dice que lo hizo escritor. En 2001, el nombre de Javier Cercas explotó con Soldados de Salamina, que calzó justo en una España que creía sepultado el abismo entre republicanos y franquistas. Luego levantó mucha polvareda con El impostor. Invitado por Random House llegó a la 40º Feria del Libro y se dio el gusto de correr, por primera vez, por la rambla de Montevideo, además de comer, beber y presentar El monarca de las sombras, que trata de su tío —un héroe facha muerto a los 19 en la batalla del Ebro— y de su propia historia. El domingo habló con Búsqueda en un rincón del hotel Radisson y aunque era la primera vez, parecía que el periodista y el escritor se conocían de toda la vida.
—En casi todos tus libros, en determinado momento el lector puede decir: ¿pero este tipo qué me cuenta? En lugar de la historia me explica cómo hace la novela. ¿Eso es una forma de trabajo, una metodología?
—Sí, y eso ocurre en casi todos mis libros, en los que cuento, además de una o varias historias, el propio proceso de hacer esas historias. Cómo entrevisto a tal, cómo voy a ver a cual, mis dudas, mis perplejidades. Es tan importante o más que la propia historia. Hace poco leía una carta de Italo Calvino —que para mí fue y sigue siendo un escritor muy importante— que decía que hay libros en los que mostrar el propio proceso de cómo se hace es una obligación moral. Yo a eso he llegado por mi camino.
—¿No es un invento de Cercas?
—Si fuese un invento mío, sería malo. Lo que no es tradición es plagio; la originalidad es un invento absurdo.
—En HHhH, que es de 2010, el francés Laurent Binet hace algo muy parecido.
—Sí, pero él siempre ha dicho que se inspiró en Anatomía de un instante. Siempre lo ha dicho. Me parece muy bien. Picasso decía: la originalidad no consiste en no parecerse a nadie sino en parecerse a todo el mundo. Y probablemente es el pintor más original que ha dado la pintura. Se trata de asimilar para hacer una cosa distinta, claro. Hombre, yo espero que mis libros sean distintos, que sean propios, pero eso se hace con la tradición, combinándolos de maneras distintas.
—En una entrevista con una periodista extremeña decías que trabajas en el barrio barcelonés de Gracia, en un estudio que aparece en varias novelas.
—Vivo en la parte alta de Barcelona, como a media hora del estudio, y ahí es donde voy cada día, puntualmente, muy temprano y me paso el día escribiendo. Casi todo lo escribí allí. También tengo una casa en el campo y El impostor lo escribí allí.
—¿Cómo fue para un niño nacido en un pueblo de Extremadura el trasplante a Gerona, una cultura tan diferente, en la frontera con Francia?
—Fue decisivo para mí y tiene que ver con el hecho de que me haya convertido en escritor. Es que soy un desarraigado. Vivíamos en ese pueblo, éramos los patricios, una gran familia, muy protegidos, hasta criadas teníamos, una gran familia, primos. Y de repente me arrancan de ahí y me llevan a otro sitio. Nunca encontré mi sitio y por eso creo que soy escritor, porque un escritor es quien no encuentra su sitio y lo busca en la literatura. Este último libro (El monarca de las sombras) es un intento de ir a los orígenes, de los que yo me avergoncé mucho tiempo.
—¿Por el franquismo?
—Por el franquismo y porque era un lugar remoto, pobre.
—Claro, nunca vamos de visita a Extremadura.
—Cataluña era un lugar rico, próspero, europeo. Y allí estaban los pobres, era un lugar atrasado. La novela es un intento de entender mis orígenes personales, familiares, geográficos, sociales, políticos. No es solo vergüenza del franquismo, es vergüenza de todo. Fue un hecho decisivo en mi vida.
—Para tu madre fue seguramente un orgullo que hicieras este libro.
—Creo que para mi madre fue muy importante que hiciera este libro porque ella es la protagonista secreta, desde luego. El protagonista principal, Manuel Mena, era su primer muerto, el hombre valiente que había ido a defender la familia, la religión, la patria, todo. Pero para contestar a tu pregunta, si yo me hubiera quedado en ese pueblo nunca hubiese sido escritor.
—¿Ni siquiera uno de esos que llaman un escritor de provincias?
—No, hubiese sido veterinario como mi padre. Soy escritor porque soy un desubicado que ando buscando mi sitio.
—¿Se precisa esa anomalía?
—No sé si se precisa, en mi caso es así. Si eres una persona arraigada y feliz, ¿para qué vas a escribir? Es absurdo. No tiene ningún sentido. Hay que estar muy loco para dedicarte a esto. Tienes alguna tara que intentas curar con esto.
—La ironía y la ambigüedad, que están presentes en tu obra, también están muy presentes para abordar lo que por acá se llama historia reciente.
—Soldados de Salamina, no lo digo yo, que sería muy vanidoso, fue un desencadenante. Cristaliza una necesidad pública. La novela trata de un joven de mi generación que no quiere saber nada de la guerra civil. Nosotros queríamos ser europeos, modernos, posmodernos, Almodóvar, Tarantino, bla, bla, bla. Y un tipo de esta generación, que desprecia y considera la guerra algo tan remoto y tan ajeno como la batalla de Salamina, de golpe investiga y desentierra un pasado que creía enterrado y que efectivamente estaba enterrado. Entonces entiende que en ese pasado está lo mejor de su país y el sentido de su propia vida. De manera que hay como una reivindicación vehemente, apasionada de ese pasado republicano. Aunque tuvo traducciones, el éxito del libro en España se explica porque viene a satisfacer una necesidad pública. Se ha vendido y traducido, pero como en España, no. Eso que se produce con Soldados de Salamina, luego adquiere dimensiones que considero equivocadas. Por eso El impostor. Es una crítica a eso, a la llamada memoria histórica. Toda buena causa se puede prostituir y esa también. Toda buena causa tiene sus canallas y el canalla de la llamada memoria histórica es Enric Marco, que se aprovecha de eso.
—¿Te resistías tanto a escribir El impostor como cuenta la novela?
—Sí, porque me daba pánico meterme en el medio. Con los libros tengo unas peleas terribles, pero creo que nos pasa a todos los escritores, la diferencia es que yo lo cuento. Siempre digo que escribo novelas de aventuras sobre la aventura de escribir novelas. Si no le digo al lector todas las dudas que he tenido, algo le estoy escondiendo. En el final lo que digo y provoca, lo que me encanta, es que en este monstruo estamos un poco todos. Todos tenemos un poquito de este hombre. No gusta nada y el que más se enfada, ese es el peor impostor (se ríe a carcajadas).
—¿El Cercas de los libros es más de izquierdas o más republicano que el de las columnas que salen cada 15 días en la revista del madrileño El País?
—No es verdad. Es que así como pienso que el humor bien entendido empieza por uno mismo, la crítica bien entendida empieza por los tuyos. Yo a quien critico es a la izquierda, porque son los míos.
—Y eso a menudo no gusta.
—Porque a la gente no le gusta que les critiques.
—Algunos te reprochan, quizás sin haber leído los libros, que eliges personajes del bando contrario.
—Los que dicen eso entienden poco de literatura. Los personajes no los elijo, ellos me eligen a mí. Es como decir que Shakespeare elige siempre oligofrénicos.