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    El espectáculo de la muerte

    Hay una gran fiesta en un campo de Soriano. Hay asado con cuero para los que se quieran ir arrimando. Hay una larga caravana de gente que llega desde Mercedes para no perderse el evento. Hay baile, campeonato de taba, carreras, clima de celebración. Y también hay un tipo que irremediablemente va a morir fusilado. Todos están ahí para verlo. Para no perderse cómo cae de rodillas al piso polvoriento después que las balas le abran el pecho. Para ver cómo se desangra. Es el plato principal; después seguirá la fiesta.

    Lo mismo ocurre en Montevideo. Acaso con menos parafernalia campestre pero con el mismo morbo latiendo. Pasa en la plaza hoy conocida como Matriz, en pleno centro poblado, donde se ubica una intimidatoria horca lista para ajusticiar a “cualquier malvado o malhechor” que justifique su uso. La estructura de la horca, ese instrumento construido para matar legalmente, está ahí como una amenaza permanente para los que pasen por su costado. En las jornadas de ejecuciones, la plaza se llena de curiosos con una mezcla de horror y ansiedad en sus rostros.

    Un día, después de 38 años, las autoridades del momento deciden sacar la horca de la plaza. Los forcejeos entre los condenados y los verdugos, los últimos estertores de la víctima colgada comenzaban a ser demasiado, a traspasar el umbral de violencia tolerable para una sociedad que buscaba ser más civilizada. También eliminan el uso del garrote vil, un collar de hierro que rodeaba la garganta de la víctima y ejercía presión hasta romperle el cuello.

    Pero cuando quitan la horca y el garrote del paisaje urbano empiezan los fusilamientos al aire libre. Hay unas 25.000 personas que deciden ir a ver cómo matan a balazos a cuatro reos en la plaza Artola, la que hoy se llama Plaza de los Treinta y Tres Orientales, enfrente del cuartel de Bomberos. Nadie se quiere perder el espectáculo de la muerte. Y si hubiera algún distraído, suenan las campanas de los templos de Montevideo para anunciar la hora de los fusilamientos. Cuando todo termina, varios de los asistentes se abalanzan para mojar sus pañuelos en la sangre de los ejecutados, un pequeño souvenir.

    Las escenas pertenecen a un Uruguay que ya no existe. Pero que existió hace no muchos años. El periodista Sebastián Panzl las retrata con rigor y buen pulso en su segundo libro Fusilados y verdugos. Historia de la pena de muerte en Uruguay (Editorial Planeta, 2016). Panzl nos pone contexto de aquel Uruguay de fines del siglo XIX y principios del XX, demasiado habituado a convivir con violencia salvaje en sus calles. Cuenta, por ejemplo, cuando fueron asesinados en el mismo día el caudillo colorado Venancio Flores y el blanco Bernardo Berro. Dos líderes políticos que terminaron acribillados y acuchillados en pleno día, a la vista de todos.

    Las continuas guerras civiles habían acostumbrado a los uruguayos a codearse con la muerte, que en el caso de la pena capital era exhibida por el propio Estado para demostrar su método de dominio. Una cultura bárbara festejada por la sociedad. “Nadie se espantaba por haber presenciado un fusilamiento. Pero es que eran otros tiempos, con otros códigos. Recién comenzaba el siglo XX y la sangre derramada sobre la Banda Oriental en el violento siglo XIX aún estaba fresca”, escribe el autor.

    El minucioso trabajo periodístico no se detiene solo en las ejecuciones. También reconstruye varios de los asesinatos que merecieron sentencia de muerte. Ahí nuevamente surge un relato sobre otro Uruguay. Con campañas despobladas a merced de “hombres sueltos” capaces de degollar a una familia entera por un poco de oro, con esclavos que mataban a sus amos con hachas, con incontables muertes a sangre fría.

    Apoyado en un buen archivo documental, Panzl se sumerge en el largo debate final entre los que defendían la pena de muerte y los abolicionistas. Nos muestra un collar de argumentos de políticos, abogados, periodistas y miembros de la Iglesia que fogoneaban sus posturas desde las tribunas de los diarios y periódicos de la época. “Del circo romano, las ejecuciones han pasado a la plaza pública y de la plaza pública a los patios de las cárceles, donde cada día se les rodea de mayor misterio. Es que la pena de muerte se avergüenza de sí misma. Es que empieza a mirarse como corruptora y desmoralizadora”, escribía a comienzos del siglo XX el entonces presidente José Batlle y Ordóñez. “La vida es, en efecto, lo que el hombre más ama, y su privación debe ser correlativamente lo que más terror le inspire. Así es para todo el mundo menos para los abolicionistas”, escribía el abogado José Irureta Goyena.

    El libro recoge con pericia estos debates sin esconder la admiración por una época de oro de la prensa, que servía de canal privilegiado para tratar los grandes temas. También hay ahí un relato de un Uruguay que ya no existe.