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    El espejo de Calibán

    Columnista de Búsqueda

    N° 1772 - 10 al 16 de Julio de 2014

    La rabia de Calibán recogiendo su rostro en el espejo. Así caracterizó Oscar Wilde el siglo que lo vio nacer con tantos auspicios y morir con tantos dolores, fiebres y desmedidas abominaciones. La novela, género preferente de ese tiempo, cumplió la misma función que el espejo de Calibán: en su atiborrada épica de circunspecciones, temores y prejuicios, en su juego de héroes morigerados por las formalidades sociales y arrinconados por ambiciones extremas o renunciamientos generosos, la novela decimonónica acabó por contarnos el viejo cuento de los sueños perdidos, de las ilusiones defraudadas. No hubo filósofo, por extremo que hubiera querido ser —llámese Kierkegaard, Nietzsche o Marx— que consiguiera denunciar las debilidades de la recién estrenada sociedad industrial y de las ridículas contradicciones de la nueva burguesía en su imposible lucha por conservar trazas de un orden que paradójicamente estaba destruyendo, como lo hizo con eficacia y con luz la literatura narrativa. Las novelas, más que los diarios y las memorias de época, fueron los testigos más leales y menos piadosos de su tiempo.

    No quisiera ser injusto con la poesía, especialmente con la poesía francesa de la época, con Baudelaire, con Nerval, con Rimbaud o Mallarmé, que pusieron la mirada y el alma en la incomprensión de un mundo taylorista, organizado para funcionar como funcionan las máquinas y no las personas, que son susceptibles de amor, de inocencia, de ciertas purezas que nadie debería tener el derecho de combatir. La novela, por su propia naturaleza, consiguió ahondar y tratar más el desaliento y formular directamente unas cuantas críticas acerca de la famosa máladie du siècle, que la poesía, tentada por su misión de rescate de la soledad, del pavoroso señorío de la indiferencia.

    Mi lista de novelas que ilustran ese malestar no es ni quiere ser taxativa, y además está fuertemente sesgada por la empatía y por la memoria agradecida; son obras en cuya compañía alcancé distintos grados de felicidad. Siempre pensé que la lectura es una variante no escrita del género autobiográfico: la lectura nos define y a la vez nos modela, nos marca y termina por contaminar la sensibilidad y las ideas; el que lee se está forjando, por ese simple acto establece una perspectiva singular en el mundo, un lugar, una obligación; leer es un acto radicalmente ontológico, es tan Ser como amar, como crear, como darse a lo desconocido. Es una construcción.

    Desde ese arbitrario espacio propongo, entonces, los títulos que siguen como ejemplos perfectos de adivinación certera del destino de una época fundacional del mundo moderno a partir de la observación minuciosa, sentimental y caprichosa de la sociedad europea desde las atrevidas insinuaciones de Jane Austen hasta la rezagada muerte de Victoria, reina que prestó su nombre a una serie de coartadas sociológicas y mentales que nada tuvieron que ver con su voluntad. Lo que tienen en común estos textos que elegí es que el tema dominante es el matrimonio conveniente asumido como cúspide de la obediencia social y a la vez como signo emergente de las transformaciones económicas que definen el desplazamiento del cerrado mundo agrario hacia el orden industrial. Las tres novelas que inician cronológica y estéticamente este arqueo son “Sentido y sensibilidad”, “Mansfield Park” y con toda efusión y buen humor “Orgullo y prejuicio”, de la mencionada señorita Austen, excelentes por su retrato augural de la emotividad reprimida y de la ansiedad callada en las mujeres del ambiente rural inglés. A ellas les ha de seguir muy de cerca “La Feria de las Vanidades”, de William Makepeace Thackeray, que nos habla de sueños quebrados y heroicas abnegaciones que enternecen hasta la indignación del narrador, cruel y fino comentarista de los hechos. Las vacuas tribulaciones y la ininteligible transgresión de Emma Bovary tienen su lugar de privilegio en la lista, lo mismo que los vicarios, los scons, las mermeladas, los burgueses complacientes, las teteras de porcelana, los cubiertos de plata y los nuevos ambiciosos de Anthony Trollope, que pueblan tanto su obra maestra de impiadosa sátira “El mundo en que vivimos”, como los deliciosos cuentos que componen “Las Torres de Barchester”. Un merecido lugar corresponde a las dos magníficas novelas de Tolstoi en las que disecciona el matrimonio; cualquiera de ellas poblada de severos apuntes: “Ana Karenina” y “La Sonata a Kreutzer”. Cierro la lista con mis dos novelas preferidas, las que, junto a la de Thackeray, rematan el trío de las más interesantes y completas en sus intenciones y en la compleja elaboración de su universo de sensibilidades: la siempre asombrosa “Middlemarch”, de George Eliot, y casi con obviedad “Los Buddenbrook”, de Thomas Mann.

    Sobre esas tres piezas magistrales —y quizá sobre ciertos sesgos de Jane Austen y de Tolstoi— compartiré las próximas cuatro o cinco columnas.